Por Patricio Silva Delgado
Mientras camino por la noche comprendo que el país ya no es el de ayer. No porque haya cambiado el asfalto ni los edificios, sino porque se ha modificado algo más hondo: la relación entre nosotros y lo público. Fuimos “isla de paz”; hoy somos noticia por violencia. Antes la indignación tumbaba gobiernos; ahora la costumbre administra el miedo. No es metáfora. Es Ecuador.
Sucedió ayer, un auto se estaciona sobre el paso cebra. El conductor mira el semáforo, calcula, cruza en rojo. Otro auto se detiene mal, bloquea la vía, enciende las luces de parqueo, un chico baja, compra pan, regresa. Más allá, otro vehículo ocupa la vereda mientras prueba parlantes a alto volumen. La sirena de una ambulancia intenta abrirse paso, pero nadie cede. No hay maldad visible; hay indiferencia normalizada. Horas antes hubo una manifestación por un alcalde detenido —según sus partidarios— sin debido proceso. A las cinco de la tarde se escuchan disparos. Más tarde, las redes viralizan el enfrentamiento entre agentes del orden y sicarios. Recuerdo que el Presidente, Daniel Noboa, afirmó: “estamos mejor que ayer y peor solo peor que el mañana” (2024). Como siempre, ambiguo e impreciso. Y uno sigue caminando.
En esas acciones cotidianas cabe una teoría completa de la crisis democrática, enfocada desde la historia política, la institucionalidad, la confrontación narrativa, la posverdad y las trincheras ideológicas.
La historiadora Heather Cox Richardson ha insistido en que las democracias no mueren de un día para otro; se erosionan cuando dejan de reconocerse en su propio relato. La crisis no comienza con el colapso institucional, sino con la pérdida de un “nosotros” compartido. En Ecuador, ese “nosotros” se ha vuelto frágil. La Constitución prometió un horizonte común, pero el pacto del “buen vivir” fue leído como victoria de unos sobre otros. Desde entonces, la política no se vive como competencia legítima, sino como amenaza existencial.
Sin relato compartido, cada evento se convierte en munición narrativa para atomizar una sociedad débil en su concepción cívico política. El alcalde es víctima o culpable según la trinchera (correismo-noboismo). La balacera es prueba de firmeza o evidencia de fracaso. La frase presidencial es esperanza o consigna vacía. Aquí entra lo que el filósofo Lee McIntyre llama la erosión del consenso factual: cuando los hechos dejan de ser punto de partida y se transforman en instrumentos identitarios, la democracia pierde su suelo común. No es que falte información; es que sobra emoción. La verdad compite con la viralidad, somo sujetos del meme, la racionalidad política se divide en varias aristas. Cabe una pregunta: quién ostenta la verdad? No solo se legitima la mentira, se posicionan “verdades” carentes de evidencia.
Pero hay algo más profundo. La escena del padre que se estaciona mal no es solo una infracción; es una pedagogía. El hijo aprende que la norma es negociable, que el interés inmediato prevalece, que el espacio público es tierra de nadie. Nadie le explicó esa teoría; la vio en acto. Y así, gesto tras gesto, se transmite un anti-valor político: la desvinculación. Cada una de esas acciones matan lentamente al sujeto político.
Sociedad agotada
Para Antonio Gramsci, el poder no se sostiene únicamente en el Estado; se consolida en la sociedad civil, en el sentido común. La hegemonía no grita consignas; sedimenta hábitos. Cuando el incumplimiento se vuelve rutina y la resignación prudencia, las trincheras ideológicas ya están levantadas. No son barricadas visibles, sino disposiciones interiores. Para qué el sujeto político si: “Nada cambia”, “todos son iguales”, “la corrupción esta en todo lado”, “mejor no meterse”: esas frases son más eficaces que cualquier decreto.
Y, sin embargo, esta no es una sociedad fanatizada; es una sociedad agotada. Aquí resuena la lectura de Byung-Chul Han sobre el sujeto contemporáneo: cansado, saturado, hiperconectado, permanentemente expuesto a estímulos que lo indignan y lo paralizan a la vez. El ciudadano no está necesariamente dormido; está exhausto. Y el cansancio prolongado reduce la intensidad ética. Cuando la energía se concentra en sobrevivir, la participación pública parece lujo.
La combinación es peligrosa: relato fracturado, verdad disputada, subjetividad fatigada. El poder real —económico, criminal o político— no necesita imponerse con violencia constante; le basta administrar fragmentos, memes y unos cuantos lacayos de los mass media. Si la sociedad se percibe como suma de intereses individuales desconectados, la hegemonía se vuelve casi invisible pero evidentemente efectiva.
La ambulancia que no avanza es la metáfora perfecta. La norma existe, la urgencia es evidente, pero nadie se mueve. La democracia no se desploma con estruendo; se inmoviliza por omisión. La balacera escandaliza; la indiferencia anestesia. No ceder a la ambulancia es más peligroso que la balacera.
Sin embargo, la historia recuerda que las crisis también son momentos de redefinición, en ausencia de héroes no queda más que la acción cotidiana. Si la hegemonía se construyó en el sentido común, también puede disputarse allí. Recuperar la democracia no comienza con un gran acto heroico, sino con la reconstrucción paciente del vínculo. Ceder el paso deja de ser ingenuidad y vuelve a ser afirmación política, deja de ser molestia y se recupera como virtud. Respetar la norma deja de ser miedo a la sanción y se convierte en compromiso con el otro.
No se trata de moralismo ingenuo ni de culpar al padre aislado. Él es efecto de estructuras que han erosionado su confianza y su agencia. Pero también es punto de partida posible. La hegemonía no es destino; es proceso. Y todo proceso puede revertirse, podemos retomar la educación desde casa.
La pregunta que queda suspendida en la noche ecuatoriana es simple y brutal:
¿seguiremos caminando como espectadores de nuestra propia fragmentación o asumiremos que cada gesto cotidiano es ya una toma de posición política?
La democracia no muere cuando cae un gobierno. Muere cuando el ciudadano deja de sentirse parte del relato común. Y revive silenciosa y obstinadamente cuando alguien decide que el paso cebra importa.



