Por Patricio Silva Delgado
El conflicto y la política contemporánea ya no se define únicamente por programas, ideologías o decisiones diplomáticas. Una parte decisiva del poder se juega hoy en la gestión de las emociones colectivas, especialmente del miedo. En ese terreno, el contraste entre Donald Trump y Gustavo Petro, permite observar dos formas radicalmente distintas de administrar lo que resulta inquietante, amenazante o socialmente intolerable. A continuación unos ejes para discutir:
Donald Trump encarna una política que no busca contener el miedo, sino amplificarlo: descalifica de forma violenta, amenaza constantemente. La simplificación extrema del conflicto no son errores discursivos ni excesos temperamentales: constituyen una estrategia. El miedo no aparece como un problema a resolver, sino como un recurso a explotar. El enemigo es presentado como una presencia permanente que organiza la percepción del mundo y cohesiona identidades políticas. En este esquema, la violencia no necesita justificarse; se normaliza como lenguaje legítimo del poder.
Eugenio Trías sostenía que lo bello solo existe porque bordea lo siniestro sin caer completamente en él. Trasladada a la política, esta idea resulta inquietante: el poder funciona cuando logra mantener lo intolerable a una distancia administrable. Trump rompe deliberadamente ese límite. Lo siniestro deja de estar mediado, encuadrado o contenido; se vuelve cotidiano, familiar, incluso atractivo para una parte de la ciudadanía. El miedo ya no alerta: fideliza.
Walter Benjamin advirtió que uno de los grandes peligros de la modernidad es la estetización de la política, es decir, la conversión de los conflictos reales en espectáculo. Trump parece llevar esta lógica al extremo: no oculta la violencia, la exhibe; no la problematiza, la convierte en identidad. El resultado no es movilización crítica, sino habituación.
Gustavo Petro, en contraste, despliega una estrategia distinta. No responde a la agresión con agresión ni personaliza el conflicto. Su discurso se apoya en la calma, el conocimiento y el desplazamiento del eje del debate. Esta postura no debe leerse como simple moderación, sino como una decisión política consciente: evitar que el miedo gobierne la escena. Petro no niega la existencia del conflicto, pero se resiste a convertirlo en espectáculo. Intenta devolverlo al terreno del análisis, de las causas estructurales y de la responsabilidad histórica.
Cuando afirma que el narcotráfico no se reduce al campesino que siembra coca, sino que se articula en redes de poder económico y político de alto nivel, no minimiza el problema; lo complejiza. Y complejizar es, hoy, un acto profundamente político. En una época dominada por narrativas simplificadoras y enemigos prefabricados, introducir matices es una forma de resistencia.
Esta diferencia cobra un sentido particular en América Latina, donde lo siniestro no aparece como excepción, sino como condición estructural. Violencia, desigualdad y exclusión no irrumpen de manera esporádica: forman parte de la vida cotidiana. En este contexto, el riesgo señalado por Benjamin es evidente: cuando la catástrofe se vuelve paisaje, deja de generar indignación. Se transforma en estadística, imagen repetida, ruido de fondo.
Trump estetiza esa realidad como amenaza externa. Petro intenta politizarla, devolverla al campo de las decisiones humanas y no del destino inevitable. No es casual que recurra a datos de universidades estadounidenses, instituciones oficiales y hasta de la propia DEA. No confronta el poder simbólico de Estados Unidos desde fuera, sino que lo interpela desde su propio lenguaje. No es sumisión, sino táctica: usar la autoridad del adversario para desarmar su relato.
La diferencia entre ambos liderazgos puede formularse de manera simple pero contundente. Trump gobierna a través del miedo, su historia en EE.UU lo liga a esas prácticas. Petro intenta gobernar el miedo mismo, su historia en Colombia fue su laboratorio. Uno necesita que el miedo crezca para sostenerse, el “MAGA” es el ejemplo claro; el otro necesita que no desborde para que el debate sea posible, “Colombia, potencia mundial de la vida”. Uno estetiza la política; el otro intenta devolverle su dimensión histórica. Uno elimina el límite; el otro intenta reconstruirlo.
Sin embargo, esta estrategia de contención no está exenta de riesgos. Administrar el límite puede derivar en anestesia. Mantener la calma frente al horror puede convertirse, si se prolonga demasiado, en aceptación silenciosa. Hay momentos en que el límite no debe ser gestionado, sino interrumpido. Hay violencias que no pueden ser simplemente encuadradas; deben ser detenidas, como la guerra, los genocidios, el narcotráfico y el calentamiento global.
El debate entre Trump y Petro no es un simple choque de estilos personales. Es una disputa profunda sobre cómo se gobierna la sensibilidad colectiva. Entre la estetización del miedo y el intento de devolverlo al terreno del problema político se juega algo más que una relación bilateral. Se juega la posibilidad de que lo intolerable deje de ser paisaje y vuelva a ser custionamiento diario y profundo. Mientras esa pregunta siga abierta, la política seguirá siendo una disputa por el sentido de aquello que estamos dispuestos a aceptar como normal.



