Por L. Parrini
Corren buenos tiempos, buenos tiempos para la chapuza, versa un poema de Serrat. Y la chapuza en nuestro medio se expresa en aquel periodismo en crisis que aviva el coro al poder oficial, siendo oficioso, obsecuente. Directores de noticias, editorialistas u opinadores sin autoridad y reporteros que entonan la musiquilla de las pobres esferas, reproduciendo como borregos lo que les dictan los grupos de poder. Actores de un camello mediático que desdice aquello que García Márquez llamó el “oficio más bello del mundo” y que han contribuido a un periodismo en crisis, por falta de dignidad y credibilidad.
¿En qué consiste la crisis del periodismo?
En primer lugar, en una falta de independencia: integrado por sujetos o medios pautados o directamente contratados a sueldo por los empresarios de la prensa. En segundo lugar, en una carencia de honestidad: tuercen la nariz a los hechos mientras juegan a ser creativos con la mentira informativa. Y en última instancia, en falta de credibilidad: los públicos, dudan, sospechan, rechazan sus embustes obvios, mal cocinados incluso crudos o sin sabor.
¿Quiénes son sus habitúes?
Editorialistas no profesionales del periodismo, por lo general burócratas de diversos oficios, abogados, economistas, arquitectos, médicos o, simplemente, improvisados que pontifican sobre esto y aquello. Últimamente han brotado como por encanto “expertos en seguridad”, “analistas económicos”, “oráculos políticos” que vociferan a voz en cuello en contra de todo lo que les huele a política social. No es de extrañar que oficios y competencias estén confundidos en los medios tradicionales, opinadores redactando editoriales, sin título profesional de comunicadores o ex burócratas de servicios públicos, exjueces, expolicías y médicos especialistas dedicados en diversos programas a comentar, recomendar productos y hasta analizar situaciones judiciales, de salubridad, educación y conocimientos básicos de psicología junto a lecturas del tarot y otras “ciencias” esotéricas. Y lo hacen con un común denominador: un sentido moralista, “políticamente correcto”, según su acomodaticia postura ante la vida ante la cual guardan silencio.
Recientemente botan a una reportera de un canal estatal y no pasa nada, nadie dice esta boca es mía, como si fuera normal que silencien o despidan a un profesional de la prensa por opinar sobre la conducta del primer mandatario, y “decir verdades al gobierno de Noboa”, según afirma Gissela Bayona.
El periodismo en crisis elabora su propia narrativa. Noticias políticas trivializadas con evidente tendencia en favor de lo establecido. Noticias económicas con evidente tendencia al catastrofismo. Noticias sociales con evidente tendencia al morbo popular. Crónica roja o amarilla que satisface la obscenidad cívica y los más bajos instintos de las audiencias.
Temáticas editoriales irrelevantes o incomprensibles para el lector común, asuntos fuera de contexto, temas rebuscados con afán de exhibir “inteligencia”. Esoterismo narrativo desactualizado. Editoriales tendenciosos que reflejan una línea ideológica definida que busca influir en la selección y presentación de hechos para valorar o juzgar noticias, según su postura, con un enfoque mediático que suele ser ideológico, político o comercial impactando la información transmitida al público. Los editoriales, por lo general, se enfocan en nichos temáticos específicos que persiguen moldear el pensamiento o promover una estética particular.
¿Qué productos venden?
Crónicas con simples descripciones acríticas de la realidad nacional e internacional, cuando no abiertas afirmaciones carentes de todo rigor. Los llamados espacios informativos “de la comunidad” convertidos en chismografía barrial. Una retahíla de notas sin valor ético ni estético, peor periodístico. Baluartes de un periodismo mediocre cuya práctica informativa asimila y difunde mensajes, comunicados oficiales o narrativas de poder sin un análisis ni verificación o cuestionamiento previo de la fuente.
Mientras esto ocurre en los medios tradicionales, las redes sociales se ven inundadas de las mal llamadas “fakes news” que no son sino lisa y llanamente mentiras, falsedades que nada tienen que ver con el concepto técnico de noticias, pero que son el caldo de cultivo de cada día, como receptáculos de informaciones de los más oscuros orígenes y transmitidas por fuentes igualmente cuestionables.
Y esto ocurre en el país, a vista y paciencia de organizaciones gremiales como colegios profesionales y asociaciones que perdieron hace rato su rol de entidades de derecho que resguardaban la tuición de ética y códigos de comunicación y que, en la actualidad, amparan a un reducido número de socios que se benefician de privilegios gremiales que les otorgan, como casas vacacionales y clubes de esparcimiento para periodistas en ejercicio en canales de televisión, prensa, radio y otros medios.
Esta realidad explicaría los excesos mediáticos, las incertezas de contenidos y las más repetitivas formas de hacer periodismo en nuestro país, por parte de una clase profesional que ostenta el rótulo de “cuarto poder”, como comunicadores, noteros, reporteros y otros integrantes de la fauna y flora mediática, que se mantienen acreditados ante fuentes informativas para diversos medios de comunicación amparados en una mal entendida libertad de prensa. Y que una ley de comunicación, desnaturalizada en sus objetivos originales, resulta incapaz de regular deficientes programas ofrecidos como “productos de mercado”, con los resultados que tenemos que soportar cada día en pantallas de televisión, emisoras de radio y periódicos locales.
Sorbos del pasado en copa nueva, al servicio de intereses económicos específicos, carentes de responsabilidad profesional y escrutinio. Adhesiones oficialistas o aceptación ciega al discurso del poder, a menudo disfrazados de patriotismo o falsa objetividad. Carencia de investigación rigurosa: omisión de la contrastación de datos convertidos en propaganda.
Sin formación profesional ni política, y tantas veces ni moral, el periodismo chapucero recluta sujetos descarados, o mal encarados, tontos útiles, algunos inútiles. Florindos desclasados, o algunos sin clase, que están a la orden del día porque -como dice Serrat-, corren buenos tiempos, buenos tiempos para la chapuza.



