Por L. Parrini
Como suele suceder en todas las acciones impositivas las potencias actúan de facto, con una política de los hechos consumados para luego establecer una narrativa historiográfica que justifique lo acontecido. De ese modo se ha llegado a afirmar que “la historia la escriben los asesinos”, que han avasallado voluntades populares e impuesto designios de dominación a los países bajo su hegemonía.
Pero también la historiografía es un anticipo de lo que puede suceder, un propósito. La Doctrina Monroe, enunciada en 1823 por el presidente estadounidense James Monroe, que estableció que cualquier intervención europea en el hemisferio occidental sería considerada una agresión contra EE. UU, así lo demuestra. Su principio, resumido en «América para los americanos», buscaba frenar el colonialismo europeo, pero evolucionó como justificación del intervencionismo estadounidense en Latinoamérica.
Posteriormente, la política del gran garrote (Big Stick), aplicada por el presidente estadounidense T. Roosevelt, a inicios del siglo XX (1901-1909), basó la política exterior de EE. UU. en la negociación diplomática respaldada por la amenaza de la fuerza militar. Resumida en la frase «habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos», buscaba consolidar la hegemonía estadounidense en América Latina, justificando intervenciones en países como Panamá, Cuba, Nicaragua y República Dominicana para controlar sus finanzas y proteger intereses norteamericanos. En 1904, esta doctrina estableció que Estados Unidos actuaría como un «poder policial internacional» para corregir la «mala conducta» o inestabilidad de las naciones latinoamericanas. El propósito fue claro: asegurar la influencia de EE. UU. en el hemisferio occidental, proteger sus intereses comerciales y financieros, y ordenar el control político en la región.
Como bien lo consigna el historiador Juan Paz y Miño, se trata de “la evolución histórica del americanismo y de la Doctrina Monroe, desde su formulación original hasta sus resignificaciones posteriores introducidas por el Corolario Roosevelt en 1904 y por el Corolario Trump en 2025. En síntesis, puede afirmarse que dicha tradición ideológica sirvió para consolidar la hegemonía de los Estados Unidos en el continente, primero bajo una retórica defensiva frente a Europa y luego mediante un intervencionismo sistemático que afirmó en América Latina las relaciones de dependencia”.
Tomaba cuerpo de ese modo lo que se dio en llamar el imperialismo norteamericano que, más que una doctrina económica o fundamento politico, es una cultura de la hegemonía internacional de una potencia capitalista en su fase superior de desarrollo.
Maniqueísmo imperial
Interpretaciones que llamaríamos revisionistas, de innegable corte liberal, hacen una lectura maniqueísta del fenómeno imperial asociando como política hegemónica internacional de esencia imperialista a las relaciones globales de países como Rusia y China. Se habla impropiamente de imperialismo ruso o imperialismo chino, en consecuencia que el autor ruso W. Lenin define el carácter del imperialismo “no solo como una política exterior, sino como la etapa monopolista del desarrollo capitalista”, caracterizada por “el dominio de los monopolios y el capital financiero, la exportación masiva de capital por encima de la exportación de mercancías, el reparto del mundo entre las grandes potencias, y la competencia por la hegemonía global, que inevitablemente conduce a guerras y a la sobreexplotación, exacerbando las contradicciones del sistema capitalista y su tendencia a la socialización de la producción mientras la apropiación sigue siendo privada”. Sin embargo, versiones editoriales y ensayos políticos niegan los objetivos ideológicos del imperialismo y su concreción práctica en la agresión económica y militar que ejercen sobre los pueblos las naciones imperiales a los países que deciden someter como su propiedad geográfica e histórica.
Ese panorama descrito por Lenin subyace en las actuales relaciones internacionales. Mecidas por las aguas del Atlántico, una vez silenciados los cañones de la Segunda Guerra Mundial, viejas teorías europeas renacen en América bajo la forma de concepciones políticas intervencionistas norteamericanas.
Amenaza mundial
Es así que hoy el peligro se cierne sobre el mundo bajo la pretensión imperial de los Estados Unidos, bajo la amenaza de un nuevo orden mundial que se va delineando en esta época en una clase de delirio que se impone en la humanidad más allá de una espantosa imaginación.
La retórica y las prácticas autocráticas imperiales de Donald Trump adquieren relevancia en la actualidad. La revista británica, The Economist, la describe con claridad: es el delirio Donroe, que es el Corolario Trump a la doctrina Monroe de 1823, que plantea que solo Estados Unidos y su pueblo y no la ONU y los organismos multilaterales determinan el destino de nuestro hemisferio que EE. UU considera suyo.
Bajo este paradigma contenida en la nueva estrategia de seguridad nacional publicada en diciembre del año pasado, hay que entender la intervención estadounidense militar en Venezuela. La democracia no está en la agenda en Venezuela, ni la sanción al narcotráfico, de lo que se trata es mantener el control del petróleo y someter a las naciones latinoamericanas a sus designios. La absolución de Trump a Juan Orlando Hernández, ex presidente de Honduras que purgaba 45 año de cárcel por narcotráfico, es un signo de la parcialidad con que actúa el sistema norteamericano en la región.
Mientras tanto, Trump manifiesta sin rubor que “analiza diversas opciones para anexar Groenlandia”. Comprarla o apropiarse por la fuerza militar bajo el argumento de que Groenlandia es clave para la seguridad norteamericana, no obstante que Dinamarca pertenece a la OTAN como EE. UU; una acción en tal sentido representa el fin del Tratado del Atlántico Norte. Convencido de que por la fuerza puede tomar lo que quiere, Trump viola la Constitución norteamericana, anula la Carta de las Naciones Unidas y desprecia el derecho internacional que rige la convivencia armónica entre los pueblos.
Recientemente, en el Foro Económico Mundial realizado en la ciudad de Davos, Suiza, Trump propuso firmar un “Consejo de paz”, a su medida, para la resolución de conflictos en todo el mundo, -incluido el de Gaza- que sus críticos afirman busca rivalizar con la ONU y cuya carta fundacional fue firmada el jueves por 30 de los 60 países convocados. El proyecto revela una iniciativa y un mandato mucho más amplios que la cuestión de Gaza únicamente, y que se perfila como un organismo sustituto de la ONU.
Frente al avance imperialista estadounidense en el mundo no falta quienes están convencidos de que un estado contemplativo, una obsecuente inacción, permitirá poner a raya los propósitos imperiales norteamericanos. Entre ellos, el histriónico clown Javier Milei y un mimético presidente ecuatoriano, Daniel Noboa que se han mostrado obsecuentes con el jerarca gringo.
La mayor paradoja histórica es que mientras el imperialismo que recorre el mundo es expresión de la fase superior de desarrollo del capitalismo, naciones tercermundistas se debaten en la peor fase inferior de subdesarrollo.



