Por L. Parrini
Siempre me declaré confeso de no creer en el matrimonio sino en el libre amor, y fue como escupir al cielo: me cayó el escupitajo en la cara cuando el matrimonio agrió el amor y permanecí tres décadas regularmente casado. Digo regularmente, queriendo decir que no fue ni tan bueno ni tan malo, además de cumplir regularmente con las leyes civiles, puesto que nunca me habría sometido a la sentencia de un cura de ser declarado marido de una mujer, hasta que la muerte los separe.
Es preferible que nos separe la vida con sus avatares porque, al menos, se tiene la opción de elegir el momento de mutuo acuerdo y conveniencia. Y aquello sucedió con un plus: rescatamos una amistosa relación en nombre de la amistad, puestos que el amor ya había dado lugar a aquello.
No obstante que mi vida matrimonial tuvo bemoles y semifusas, pese a todo acordamos una armonía concertada como en los conciertos, con musiquilla de las pobres esferas. Bemoles, que inspiraron locas aventuras sin final feliz, y semifusas convertidas en semi musas con una fuerza que me obliga cada día a ser infiel, como dice la canción.
Como el tango, nunca pretendí volver. Volver con la frente marchita y las nieves del tiempo congelando toda pasión. Nadie predijo las luces que a lo lejos van marcando el retorno, ya que no hubo vuelta atrás y la vida, que es un soplo, despeinó los mejores sueños y luego proclamé la paz de espíritu sin pecado concebida.
Ella, con admirable sentido práctico, practicó la retirada, yo renuncié a mis afanes de empedernido soñador. El divorcio no fue negociado por desconfianza institucional y fundada sospecha de los leguleyos que lucran del drama ajeno. La separación fue un concierto en tono natural, sin forcejeos ni chantajes, sin ambiciones de bienes y con estricta separación de males. Sin embargo, compartimos el mismo barrio como buenos vecinos, anteponiendo a despreciables egoísmos oportunas solidaridades. Reconociendo el uno del otro virtudes y defectos, pequeñeces y grandezas humana, lo que convierte aquello que habría sido el cursilón guión de telenovela, en una genuina experiencia de vida. Con el correr del tiempo habríamos cumplido muchas bodas de papel, esas que conmemoran un año de matrimonio, con relativo apego a las leyes y absoluta confianza en el amor como el único vínculo insoslayable entre el hombre y la mujer.
Al final del cuento, ambos salvamos entre bemoles y semifusas, la dignidad como un bien intransferible, y de cuando en vez solemos compartir discretos bienes materiales en virtud del bienestar familiar. Ambos elegimos la renuncia matrimonial. Ella siempre proclamó que su libertad es un bien no negociable; y yo, respondí que mi libertad es un mal necesario.
¡Y vivieron muy felices!



