Por L. Parrini
Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha pretendido medir el tiempo como una forma de dimensionar su permanencia en este mundo. En ese afán ha marcado huellas a través del tiempo. Es decir, una forma en que la humanidad ha percibido, medido y entendido la progresión temporal a lo largo de la historia, abarcando desde el concepto físico del tiempo como magnitud -pasado, presente, futuro- hasta su experiencia subjetiva y cultural, explorada en libros y reflexiones filosóficas y científicas que analizan cómo el tiempo cambia nuestra vida y la historia del mundo.
El tiempo es el gran medidor de la vida, todo es cuestión de tiempo. Darle tiempo al tiempo es cuestión de sapiencia humana, dejar que los procesos maduren, como la fruta, y la historia caiga por su propio peso. Dimensión que se percibe en organización y duración de los procesos sociales y eventos humanos más allá de la simple secuencia cronológica, creando una sensación de continuidad, cambio y simultaneidad entre los hechos, generando periodos significativos con un presente que tiene pasado y futuro.
Para los griegos, en su mitología antigua, Kronos hace al tiempo cronológico o secuencial, aquel que puede ser medido. Mientras que el tiempo Kairós representa un lapso de tiempo, un momento indeterminado en el tiempo en que todo sucede, el tiempo de la oportunidad. No obstante, desde un punto de vista material el tiempo no existe, lo que existe es el movimiento y la transformación de la materia, que da lugar a la evolución del ser.
Los romanos fueron los primeros en crear un sistema para dividir el tiempo, según su tradición mítica, en un calendario que fijaba la duración de los meses en 29 días, 12 horas y 44 minutos, con meses lunares de 29 y 30 días. El primer día del mes lo llamaron calendas, de allí su nombre. Al establecerse el año le fijaron una duración de 10 meses (sistema decimal), pero más tarde, por influencia greca, se pasó al año de 12 meses. Es decir, la medición del tiempo desde sus primitivos intentos fue un convencionalismo socialmente establecido.
En los tiempos modernos el espacio temporal de un año permite organizar la gobernanza, los proyectos políticos, los presupuestos oficiales, los planes y programas para un periodo de tiempo determinado. Ese ejercicio anual configura la gobernabilidad de los Estados, a través del cual se miden sus propósitos y resultados. En rigor, un año es un ciclo de vida institucional de una nación, pero también un ciclo de vida académica en el proceso de enseñanza aprendizaje de un país.
El fin de un año viejo y el comienzo de otro nuevo no es una mera efeméride que marca el cambio de un periodo temporal a otro. Culturalmente a un año se le atribuye significancias míticas en la que los pueblos concentran aspiraciones, frustraciones y esperanzas de cambio.
Ecuador, país que parece “reinventarse” con cada nuevo gobierno, hace una fábula de los periodos anuales confiriéndole un poder surreal. El viejo año muere y deja viudas, testamentos y frustraciones. Los recuentos mediáticos de cada fin de año son una retahíla de lamentaciones e inculpaciones políticas. Un comportamiento social que forma parte de la cultura criolla, que describe, juzga, pero no cambia nada permanentemente en la hoguera popular que suele quemar a los monigotes que representan los males nacionales. Muñecos de trapo, cartón y rellenos diversos colman las calles con el rostro del gobernante, de sus instituciones y adláteres que lo acompañan en el juicio final del pueblo cada 31 de diciembre.
Si bien el tiempo registra el devenir histórico no son pocas las ocasiones en que el poder transita a contravía de las corrientes de la historia. En estos casos la voluntad del pueblo se convierte en hoguera popular para hacer rendir cuenta a los gobernantes.
Un sondeo de opinión realizado por la encuestadora Cedatos, con 2.716 entrevistas en hogares, a ciudadanos de 16 años en adelante, en 32 ciudades y parroquias urbanas y rurales en Sierra, Costa y Amazonía, confirma que “el 18,8 % de los encuestados quemaría a la inseguridad y la delincuencia; a continuación, está el actual mandatario, Daniel Noboa, con el 17,1 %”.
Según la encuesta, la inseguridad es el principal problema del país que identificaron los ciudadanos en el 2025, con un 28 %. En segundo lugar, se ubican el desempleo y subempleo, la crisis económica, la pobreza y la falta de oportunidades (19,6 %), muy vinculados al narcotráfico y la corrupción (12,5%). Estos tres suman el 60,1% de la problemática nacional.
Esta realidad es interpretada por la antropóloga cultural, Gloria Narváez, en los siguientes términos: “cerramos un ciclo calendario, pero no uno social. Ecuador termina este año bajo una penumbra de incertidumbre que permea cada rincón de nuestra cotidianidad”. Y como registro de nuestro tiempo, “nos encontramos en una encrucijada donde el «ser» nacional se debate entre el desencanto y la urgencia de pertenecer”.
La analista señala como causa a “la crisis política que, según su visión, marca el pulso de una tragedia mayor. No podemos cerrar los ojos ante el desangre de nuestra tierra: el narcotráfico ha extendido su sombra, las desapariciones se cuentan por miles y las muertes alcanzan cifras que nos hielan la sangre. Vivimos en un estado de violencia que intenta normalizar el horror, fragmentando nuestras familias y sembrando el miedo en las calles”.
En medio del caos que parece devorarlo todo, Narváez hace un llamado: “Este fin de año debe ser un llamado a la acción colectiva. Necesitamos un reacomodo, un despertar que nos lleve a reafirmarnos con afán en lo que realmente somos. No se trata solo de cambiar de gobernantes, sino de partir de un nuevo orden interno donde nos unamos todos —sin banderas ni distinciones— para frenar esta ola de violencia que nos consume. La paz no vendrá de afuera; vendrá de la voluntad férrea de una sociedad que decide proteger la vida sobre todas las cosas”.
La voluntad popular responde con una aspiración de prosperidad, empleo, mejores ingresos, seguridad, salud, paz, tranquilidad y unión familiar. Existe, además, un fuerte llamado al fortalecimiento de la democracia, conforme señala la encuesta que enciende la chispa de la hoguera popular.
De guardar silencio, de mantener la inacción, de inhibir las aspiraciones de cambio, el colapso nacional es cuestión de tiempo.



