Por L. Parrini
Este día de inocentes nos hacemos una pregunta sin respuesta inmediata. ¿Es dable vivir permanentemente bajo un estado de inocencia o es mejor designar un día del año para seguir siéndolo y consagrar sus horas a esa condición del alma de no culpabilidad? No solo ausencia de culpa, también refiriere a una cualidad moral de pureza, candor y falta de malicia, como en niños, o una ignorancia de las durezas del mundo. Es decir, un estado de vulnerabilidad ante ese mundo. Y esa vulnerabilidad es aprovechada por quienes son todo lo contrario: la malicia, la innoble intención, la mentira, el afán de supremacía como un hegemón ante los demás. En otro sentido, no hay inocencia sin culpa porque es su contrario.
¿Se nace inocente o es una condición adquirida? ¿Qué rol juega el pecado original que, sin haberlo cometido, se nos endilga a cuenta de otros? Esa tendencia a la concupiscencia, presuntamente heredada de nuestros padres originales, da lugar a la religión para arrogarse la potestad de curar en el bautismo o reclutamiento doctrinario en un mundo dividido entre culpables e inocentes, entre buenos y malos. ¡Vaya manipulación de consciencia!
Pero volvamos a la vulnerabilidad que nos convierte en corderos en manos del lobo del hombre. Tal vez no haya cosa peor de dicha vulnerabilidad que la credulidad, es decir, el dejar hacer, aceptar sin cuestionar nada, que equivale a admitirlo todo.
¿Cómo surgió el día de la inocencia? El Día de los Santos Inocentes -28 de diciembre de cada año- es la conmemoración de un episodio hagiográfico del cristianismo: la matanza de los niños menores de dos años nacidos en Belén, ordenada por el rey Herodes I el Grande, con el fin de deshacerse del recién nacido, Jesús de Nazaret. Es decir, aquel día celebramos el intento procaz de eliminar la inocencia, simbolizada por la infancia. Y lo hacemos con bromas y engaños.
¿Desde cuándo convertimos la inocencia en travesura? Desde el momento que concebimos un día del año en el cual cualquier cosa puede pasar, o mejor, decir que cualquier cosa puede pasar, como inocentada.
¿Y desde cuándo ese día de travesuras se hizo extensivo a todo un año de engaños? Sin duda, desde que el poder es supremacía, hegemón sobre los otros. Esa conducción o dirección de otros, o el poderío y la preponderancia para gobernar en una sociedad dividida en grupos antagónicos.
He ahí el quid del asunto. La inocencia supone también hegemonía, dominio basado en el engaño, cuando no en la violencia. Es más, todo engaño engendra violencia.
Y la violencia puede adquirir diversas formas de expresión, desigualdad material, manipulación espiritual, exclusión, discrimen, explotación, abuso, todo intento de mantener control sobre los demás con fines de beneficio propio.
En otras palabras, toda tentativa de camuflar la injusticia con careta de democracia, con maquillaje pseudo libertario, con presunta defensoría de derechos, es permitida por la inocencia. Todo aquello consiente la inocencia y su vulnerabilidad que convierte al ser humano libre en un ser dominado.
Ese día que se extiende a los otros trescientos sesenta y cuatro días de un año, bien puede llamárselo día del estupro político, en que la violación a nuestra integridad ciudadana no es consumada a cabalidad sino como un acto de embaucar el respeto a nuestros derechos humanos.
También es un momento de pérdida de sentido, en el que la razón se vuelve sinrazón, la realidad simulacro, la verdad defraudación, y pasamos de simples ciudadanos, a ser víctimas de un estado de simulación en el cual todo puede sucedernos.
A partir de entonces, la inocencia se vuelve peligrosa, indignante, paradójicamente culpable. Y los inocentes fungimos de tontos útiles; instante que precisaba el poder para consumar su hegemonía, su dominio de clase que naturaliza lo inaceptable y vuelve paisaje la inequidad social, soportable la miseria, justificable la represión, plausible la persecución política.
Como en una comedia de las equivocaciones, a partir de entonces, el poder nos hace sentir culpables de ser inocentes. Que dicho estado, preferible, se remita a un solo día del año.



