Por L. Parrini
En el tema venezolano la política muestra su realidad más contradictoria: mientras el país se ve asediado por la amenaza militar norteamericana con un contingente nuclear frente a sus costas, a miles de kilómetros en Oslo, Noruega, la líder opositora partidaria de la intervención militar estadounidense en suelo venezolano recibe el Premio Nobel de la Paz.
Visto más de cerca el hecho no es insólito, puesto que la entrega del galardón de la Academia Sueca a María Corina Machado, representa un reconocimiento político a la oposición venezolana contra el régimen chavista de Nicolás Maduro. Lo que confirma que se trata de un premio ideológico destinado a legitimar dicha oposición y fortalecerla ante la opinión pública mundial. Y esto es viable porque la batalla política no siempre se da en el terreno militar sino, sobre todo, en el terreno cultural.
Ante la inviabilidad de una intervención militar estadounidense directa en Venezuela, el establishment político internacional encabezado por el Pentágono ha decidido dar una batalla mediática, de fuerte sesgo propagandístico desplegado en los medios informativos y en los espacios en donde la lucha ideológica tiene lugar.
No obstante, la presencia de tropas, armamento buques y submarinos de guerra de los Estados Unidos frente a las costas venezolanas representa un factor de presión intimidadora para lograr objetivos económicos y políticos expuestos en la agenda del régimen de Donald Trump, hoy un viejo manual que, según observadores, contradice una realidad completamente diferente que el gobierno de Estados Unidos se niega a reconocer. El Pentágono cree que el cambio de régimen en Venezuela es una operación de jugar con una fórmula mágica aplicable en todas partes como ocurrió en el pasado, Panamá en 1989, Irak en 2003, Libia en 2011, y que debería funcionar como si no existiera la historia.
Ese plan que busca estrangular a los países económicamente, retratar a sus líderes como la caricatura de villanos, fungir a un exiliado como presidente de Venezuela, agasajar oligarcas locales con promesas de privilegios restaurados y privatización. Un plan que de fallar da lugar a una amenaza de invasión directa, con lenguaje de democracia para que resulte noble en las universidades norteamericanas. Un plan que presume una Venezuela aislada, sin aliados en el sistema internacional y débil para defenderse del poder estadounidense.
Ese modelo concebido moldeó cada movimiento hacia Caracas durante décadas, pero Venezuela no asumió ese guión y decidió hacer lo contrario porque el país no es Panamá ni Granada, ni los otros países objetivos amenazados por los EE.UU. Venezuela no solo es un país grande y complejo con recursos, con una geografía de selvas espesas, montañas y unas fuerzas armadas que vienen planeando sistemáticamente un enfrentamiento defensivo con los Estados Unidos desde el 2002. Luego del golpe de Estado contra Chávez el país se dio cuenta del inicio de una guerra larga que le dio a Venezuela motivo y oportunidad de convertir al Estado en una fortaleza defensiva y dos décadas de tiempo para conseguirlo y cristalizar una estructura con capacidad militar. Además, el entorno regional centro americano ya no es el mismo de 1989 cuando EE. UU invadió Panamá y hoy Venezuela forma parte de una red de alianzas estratégicas con Rusia, Irán y China que evita su aislamiento total.
El sistema aéreo venezolano de clase S300 y S400 avanzado con capacidades sofisticadas, aviones caza SU 30, con capacidades multilaterales, misiles antitanques, buques costeros de reciente generación y tácticas de lanchas iraníes rápidas, no son puro simbolismo sino armas mortales.
Todo indica que un ataque directo contra Venezuela no sería una escaramuza de fin de semana contra un objetivo indefenso destinado al fracaso o pagar un alto costo operacional como anteriores intentos desestabilizadores del régimen venezolano, como el de Guaidó en el 2002 que terminó en un show, y el ejército chavista fortalecido. Posteriormente la operación mercenaria del 2020 con exiliados venezolanos y asesores estadounidenses que terminaron detenidos y que frente a cada fracaso le enseñó al gobierno de Venezuela dónde corregir errores y cómo fortalecerse internamente. Lo cual demostró que los Estados sitiados bajo presión no colapsan, se adaptan al asedio de una estrategia militar y económica disfrazada de política exterior.
Esto es posible porque Venezuela ha tenido décadas para prepararse defensivamente con ayuda de Rusia e Irán, países con motivación suficiente para lograr que esa ayuda resulte exitosa. Todo aquello mina la credibilidad de EE. UU frente al objetivo de derrocar al régimen venezolano. Estados Unidos maneja una narrativa cuya obsesión no es ideológica sino económica de apropiarse del petróleo venezolano, colateral financiero, y la supremacía de un orden económico occidental que se muestra adicto a controlar los recursos naturales de otras naciones.
Esta estrategia cuenta con el eco de la prensa alineada a los propósitos geopolíticos norteamericanos en la región, que orquesta campañas para posicionar a líderes opositores al régimen venezolano como adalides de la democracia. Por esa razón figuras como Corina Machado son celebradas en los medios occidentales como valientes luchadoras por la libertad, mientras prometen privatizar el petróleo venezolano en corporaciones como Exxon y Chevron y revertir dos décadas de nacionalismo sobre los recursos naturales y ejercer control estatal sobre los activos del país. Eso forma parte de un plan de negocios para convertir la riqueza subterránea en el salvamento del colateral de un sistema financiero occidental temeroso que necesita desesperadamente mantenerse solvente. Esta historia silenciada habla de que las sanciones están diseñadas para detonar la economía de un país para colapsar al gobierno u obligarlo a arrastrase a la mesa de negociaciones y aceptar cualquier imposición económica. Ese es el manual de América Latina de los años 80, solo que ahora está escrito en lenguaje de derechos humanos y supuesta defensa de la democracia.
Defensa venezolana
Venezuela ante esta estrategia se pasó a una economía de guerra y defensa con asistencia de Irán que envía petroleros y técnicas de refinería sofisticada, Rusia que abre canales financieros creativos y China que acelera los acuerdos de prestamos por petróleo. Esta presión sobre Venezuela empuja al régimen a soldarse con el bloque multipolar emergente. Es el caso, cuando a un Estado se lo intenta estrangular y cada potencia con interés geopolítico interviene en su ayuda con razón para mantener a ese Estado vivo y funcional.
Estados Unidos siempre descartó que Venezuela encontrara amigos poderosos. La crisis venezolana no es una lucha por las libertades o democracia, es una lucha cruda por el poder, por sobre quién controla el colateral que mantiene el sistema financiero global para evitar el caos de una implosión del sistema. Cuando se comprende aquello la obsesión norteamericana ofensiva y la obstinación venezolana defensiva tienen cabal sentido.
Los asesores norteamericanos creen que los problemas de Venezuela son eco de un socialismo fallido, corrupción a todo nivel, una mala gestión económica, ineficiencia institucional y no admiten que el país ha estado deliberadamente preparándose para la hostilidad estadounidense desde al año 2000.
Nada de esto es un misterio, el régimen chavista logró comprar armas, conseguir aliados y convertir la geografía del país en una pesadilla defensiva para cualquier invasor. Por esto Washington nunca aceptará un gobierno nacionalista e independiente. Rusia lo entendió y ayuda a Venezuela sin altruismo ni ideología comunista, sino que lo hace en defensa contra el modelo de cambio que ya ha sido probado en Irak, Libia y Siria.
El sistema defensivo de Venezuela cuenta con una burbuja A2/AD de defensa, pero las armas son solo una parte de la formula defensiva, también hay tripulaciones entrenadas, redes de comandos sofisticadas y doctrina militar asesorada por Rusia e Irán que han enseñado a los venezolanos cómo integrar una red de defensa aérea bajo condiciones extremas de guerra electrónica, cómo dispersar disparadores móviles en terreno selvático impenetrable, cómo impedir que portaviones norteamericanos pretendan penetrar en las 500 millas náuticas de la costa venezolana.
Finalmente, una dimensión política real forma parte de la defensa de Venezuela: la opinión pública que se pronunció contra la acción estadounidense en Irak, y luego de cientos de bajas en combate contra Afganistán después de 20 años de guerra, no toleraría cadáveres de soldados americanos procedentes de Venezuela. El rechazo político sería inmediato y desastroso, para instalar un líder de oposición en Venezuela sin liderazgo, incapaz de ganar una elección democrática y cuyas figuras viven en Miami o Madrid. Una invasión a Venezuela no se ve valiente, en realidad se ve guiada por los intereses estadounidenses, sin embargo, todavía se la ve viable en los círculos de poder norteamericano.
Esa desconexión entre retórica y realidad es una clara señal de que Washington no comprende cuánto ha cambiado el mundo. La fortaleza de Venezuela con ayuda rusa e iraní no será asaltada por unos pocos elementos expedicionarios de Marines, porque significaría una movilización militar de escala mundial con cientos de miles de bajas en tropas, millones de dólares en armamento y años de ocupación militar contra una población venezolana que ha sido mentalizada en que los gringos pueden intentar invadir su país. El resultado sería una Venezuela destrozada, campos petroleros en llamas y una guerra de guerrillas a escala nacional contra el invasor. Por todo esto no es viable una invasión militar generalizada y directa de los Estados Unidos contra Venezuela. Por el momento deben conformarse con que los promotores de la guerra reciban el premio político del Nobel de la Paz.



