Por L. Parrini
Tiempo de reflexión, punto de inflexión, mirada introspectiva, o como quiera que se denomine, amerita hoy repensarnos con una sensibilidad extrema que termina siendo incomprendida, ridiculizada y destruida. Pensamientos acuñados en precariedad emocional como un intento de explorar qué lugar puede tener la bondad en un mundo dominado por la hipocresía y la violencia del mal.
Explorar los sinsentidos, la culpa en el sentimiento político en un creciente clima conservador propiciado desde las esferas del poder, en tanto, el pueblo llano dice no a la imposición de la voluntad arbitraria de los que ostentan ese poder. Forjadores de una sociedad con excesos ideológicos, la suya es una advertencia política que emerge de una visión espiritual contra la decadencia moral como una redención para la sociedad.
Entre condenados y redimidos, no reflexiónamos para complacer a tantos, no escribimos para la formación axiológica de los colectivos. Estos tienen su propia dinámica, su lógica interior, su afirmación existencial en el escenario de la sociedad civil, ellos de por sí y ante sí se convierten en un coro moral para la nación.
El sacrificio como camino hacia la verdad, conduce a una abstinencia de alegría. Quien vive y sobrevive ante la precariedad material y la decadencia espiritual, eleva su voz con las cicatrices abiertas con fe compasiva frente a la pasión caótica. Esa es la capacidad del pueblo que se redime, a través del sufrimiento cotidiano en la que cada negación es un aliciente que eleva su voz en el foro ético.
En Ecuador una aplastante mayoría dijo no al mal representado por la conculcación de derechos constitucionales. Una expresión del bien sobre el clima del mal que domina la atmósfera social y política del país en los últimos años. Un regreso del Estado social al Estado oligárquico, del derecho a la mercancía, de la vida digna al privilegio de la insolente minoría. Un retorno al pasado del miedo que se administra como gobierno y la soberanía se subasta al mejor postor.
La esperanza colectiva intenta así vencer al pecado social, esa es la alternativa de reconciliación del alma popular consigo misma. La comprensión que por momentos parece recular frente a la arrogancia y la impiedad, hace sentir el eco de un clamor urgente. ¿Por quién doblan las campanas de la redención en el país, quiénes en Ecuador terminan siendo las víctimas del mal? Sin duda, los mayormente vulnerables.
Un periodismo minoritario se convierte en el espejo oscuro que refleja verdades insoportables y, al mismo tiempo, censurables que dice que el mal no reside solo en las estructuras y pilares de la sociedad, sino también en el corazón de los hombres. Se trata de una conciencia que no perdona, no halaga, pero ilumina.
Y ese resplandor descubre los ribetes del mal en las esferas del poder que gobernaba un país sin conciencia social impuesta con violencia, esa misma violencia que se generó durante los gobiernos de esquilmadores y debilitadores del Estado, sirvió para acumular mayor poder maligno que pretende consagrar la sociedad para una odiosa minoría que condena a las mayorías a no tener futuro.
¿Qué otro sentido tiene buscar la lógica del mal en el alma de un depredador social?
¿Qué es el mal? No hay respuesta certera o simple. Tal vez sea un monstruo externo al alma humana, sino una grieta en cada uno de nosotros que nos obliga aceptar que la redención no es garantía sino elección, porque el sufrimiento suele ser un camino, pero también una celada.
Pero, ¿qué sucede cuando el mal proviene de tu vecino, de quien se supondría esperar acompañamiento, solidaridad y benevolencia? El mal vecino no es un condómino distante, cohabita a escasos metros de morada donde habitamos confiando en la bondad humana. Pero esa bondad que sucumbe ante la cordura, también claudica ante la locura, la sinrazón de un alma extraviada.
Al fin y al cabo, por semejante razón el ser humano amerita ser visto bajo una mirada que no juzgue, sino comprenda. Solo así la compasión radical asoma como una fuerza subversiva. No se trata de poner la otra mejilla ante el improperio, sino dejar que las corrientes de una inteligente bonhomía conduzcan a los hombres por las aguas que desembocan en el perdón.
Sin embargo, en tiempos de inflexión repensarnos es un combate librado a cada instante, una lucha sin tregua consigo mismo. Un espejo que incomoda porque no nos permite esconder las heridas propias y ajenas, sino convertirlas en una búsqueda doliente de sentido.



