Por Marcelo Pérez Albán
No todos los días un presidente proclama, con impecable sonrisa burocrática, la bienvenida al “nuevo hogar” a un ciudadano trasladado por la fuerza hacia una prisión, donde la expectativa de vida tiene la misma estabilidad que un fósforo encendido bajo el agua, a una cárcel más peligrosa, más cruel, más inhabitada de garantías, a una pocilga donde en ocasiones, la muerte llega más puntual que la luz eléctrica.
Sin embargo, el presidente Daniel Noboa lo dijo, lo celebró, y dejó así registrado, para la posteridad y para la vergüenza, un fragmento de esa tradición política ecuatoriana, que confunde la crueldad con el liderazgo, la burla con el temple republicano y la violencia simbólica con la autoridad.
El destinatario, Jorge Glas, no necesita presentación: procesado, perseguido, defendido, criticado y convertido en metáfora ambulante del conflicto político nacional. Pero esta crónica no pretende limpiar biografías ni canonizar inocencias. No se trata aquí de absoluciones ni adhesiones. Se trata, con la sencillez que nos otorga la dignidad y la decencia, de recordar que un ser humano trasladado a una cárcel más peligrosa no requiere ironías presidenciales, sino garantías estatales.
Porque, ¿qué clase de autoridad democrática decide convertir un acto administrativo —el traslado penitenciario— en un espectáculo de humillación pública? El sarcasmo institucionalizado es un síntoma. Y como todo síntoma, habla más del enfermo que de la fiebre. Cuando un presidente asume que su investidura lo autoriza no sólo a disponer del cuerpo del detenido, sino también a burlarse de él, se abre una grieta en el piso republicano. Y las grietas, ya sabemos, nunca quedan cerradas.
¿Está el país normalizando la violencia simbólica como parte del repertorio presidencial? La ciencia política advierte hace décadas que los líderes que deshumanizan al opositor terminan, tarde o temprano, deshumanizando también a la ciudadanía. El poder que aprende a mofarse de la fragilidad ajena se entrena, simultáneamente, para ignorar la fragilidad de todos, para enseñar qué cuerpos son desechables, qué adversarios merecen escarnio, qué violencias pueden pasar como chistes crueles, con canales de tv a su disposición, con el riesgo de anestesiar la conciencia colectiva.
Al final, Noboa no insultó sólo a Glas. Insultó a la inteligencia pública, insultó la idea —pilar básico del constitucionalismo contemporáneo— de que la dignidad humana no es negociable, ni intercambiable, ni revocable por la voluntad de un presidente que confunde firmeza con sarcasmo cruel.
Saramago nos enseñó “que las palabras del poder nunca son simples palabras, sino herramientas de construcción o destrucción del mundo común.” Y este caso, la palabra “hogar” se convierte en insulto, la bienvenida en condena, y al presidente en narrador de una alegoría sin compasión, donde el Estado deja de ser garante para convertirse en espectador satisfecho del daño que inflige.
Un presidente que se permite humillar verbalmente a un detenido —sea quien sea— inaugura una política de Estado donde la dignidad deja de ser principio y pasa a ser concesión caprichosa, otorgada según simpatías, venganzas o ratings momentáneos. Es decir, cuando el poder empieza a reír mientras castiga, ya no gobierna: degenera.
Cabría pensar, desde un punto de vista casi antropológico, que quizá el presidente no dimensionó la carga semántica de su comentario. Pero esta hipótesis es aún más preocupante que la intención consciente: un gobernante incapaz de medir la temperatura ética de sus palabras es un riesgo sistémico, no por maldad, sino por incompetencia emocional y política. La historia latinoamericana está plagada de líderes que hicieron daño no porque se propusieron ser crueles, sino porque jamás comprendieron que lo estaban siendo, inclusive en actitudes de ruptura democrática.
Es posible que alguien aplauda, o que diga que estoy exagerando, que fue sólo una ironía, pero cabe recordar que durante las protestas en Imbabura por la eliminación del subsidio al diésel, el presidente dispuso que humildes amas de casa, campesinos inocentes calificados como “terroristas”, fueran trasladados a su “nuevo hogar”, una cárcel de alta peligrosidad en Esmeraldas…
Estos episodios recuerdan las advertencias de Bertolt Brecht al pueblo alemán en el apogeo del nazismo: «Primero vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista, no dije nada; luego vinieron por los socialistas, pero como yo no era socialista, no dije nada; después vinieron por los sindicalistas, pero como yo no era sindicalista, no dije nada; y cuando finalmente vinieron por mí, ya no había nadie que pudiera protestar».
Pero los tiempos han cambiado algo. El presidente Noboa no ha comprendido que la historia, paciente como una fiera que sabe esperar, ha sido implacable con los gobernantes que confundieron la burla con la autoridad: uno a uno terminó enfrentándose al mismo espejo donde antes se rieron de sus adversarios.
La rueda siempre gira, incluso cuando los poderosos creen que la han detenido con decretos y cadenas nacionales. Y el día en que gire hacia él —porque siempre gira, siempre regresa, siempre cobra— quizá alguien tenga la tentación de decirle, con su misma sonrisa, su misma suficiencia y su misma pobreza ética: “Bienvenido a tu nuevo hogar”.
Pero nadie lo hará. Porque incluso en su peor momento, las sociedades decentes, jamás descienden al nivel moral de sus peores gobernantes.



