Por L. Parrini
Retornando a la lectura del cáustico escritor neoyorquino Henry Miller (1891-1980), en sus páginas de Primavera Negra (1936), me dejo llevar por la caracterización que hace de los habitantes del Brooklyn que lo vio nacer y crecer humana y literariamente. Su obra autobiográfica, cruda y sensual, que quiso estigmatizar denunciando la hipocresía moral de la sociedad estadounidense, criticando de paso el devenir de la existencia humana, desnudando su cinismo y múltiples contradicciones, deja entrever en esta novela las entrañas de un mundo marcado por el sexo y la poesía, por la avidez cultural y por la sórdida forma de las relaciones humanas, cuando la desesperación es su sino fundamental.
Ese mundo cuyos habitantes residen esencialmente en la calle son testigos de la formación literaria de Miller, nacido en las arterias de New York sin pretensiones de rendir culto a la educación formal. Un individuo que valora la calle al registrar en su obra que aquello que no está en plena vía pública es falso, inventado, es decir, literatura. Miller nos dice que nacer en la calle significa vagar toda la vida, ser libre. Significa, sobre todo, ensueño. Los seres que adviertes cuando pisas la calle por primera vez permanecen contigo toda la vida.
Son seres reales no inventados, pese a que, precisamente, es la propia literatura y su metaforización de la realidad la que idealiza la condición de la indigencia callejera, y proyecta un aspecto romántico de la miseria de los sin techo. Por lo demás, esta es una forma de discernir entre arte y vida real, y cuál condiciona a cuál. Algunos de mis amigos escritores estiman que la literatura debe ser creación pura, nada de autorretratos ni biografías personales. Universos creados por la literatura, con ese acento saponáceo que da al más insignificante pensamiento una apariencia de importancia.
Miller, en tono hiperrealista que no es biográfico en sentido estricto, ni “novela nueva”, ni autobiografía propiamente dicho, ni diario personal, refiere aquellos personajes reales que considera “héroes verdaderos” de una heroicidad forjada en las calles, que no fueron inventados o imaginados: eran de verdad, nacidos en calles feas y sucias, “con una intensidad grabada en ácido, las paredes y chimeneas cubiertas de hollín, sombrías, desparramadas en la calle del distrito 14”, donde vivió su adolescencia.
Habitantes de calle, diríamos en lenguaje eufemístico, que los hay en las avenidas de todas las ciudades del mundo capitalista, míseros seres, hijos de la indigencia, hombres y mujeres sin hogar, niños formados en la didáctica del abandono, aprendices de la delincuencia generacional que transmite violencia de una generación a otra. Protagonistas de trágicas noticias que hablan de muertes violentas, robos y violaciones, como una cotidianidad hecha paisaje urbano, patrones de comportamiento que se transmiten principalmente a través del ambiente social.
Días atrás la televisión ecuatoriana daba cuenta de un crimen perpetrado por un indigente callejero que se trabó a puñaladas con su semejante en una calle del Centro Histórico de Quito. Las imágenes registradas por una cámara de seguridad callejera mostraban a dos individuos arremetiéndose con sendos cuchillos en una riña callejera que terminó con la vida de uno de ellos, luego de recibir tres puñaladas en el cuerpo. En la escena no había nada de urbana heroicidad forjada en las calles. Tampoco eran inventados, sino reales. Formaban parte del trivial acontecer citadino en un país subdesarrollado, carente de políticas sociales regentado por un Estado que los abandonó hace tiempo, y de una iniciativa privada para la cual no son buen negocio en ningún sentido.
En esta fecha de fiestas de fin de año parecen surgir con mayor acuidad. Intuyen que una lastimera emoción navideña favorece a la mendicidad, y que una forma de aliviar la consciencia ciudadana es darles un trozo de pan o una moneda de limosna. Entonces las calles citadinas se pueblan de familias indígenas, con niños envueltos en chales amarrados a la espalda de mujeres famélicas y niños que pululan las esquinas con una mano extendida en procura de una dádiva del transeúnte. El Municipio quiteño ha identificado, al menos, dos mil indigentes que perviven en las calles de la capital ecuatoriana. No en vano la Navidad agudiza las contradicciones sociales con escenas que en otros tiempos parecía que Ecuador había superado la existencia de esas escenas de fin de año. Pero no. En la actualidad, desde hace unos seis o siete años, el país ha vuelto a ser escenario de la pobreza urbana, con calles atestadas de mendigos, vendedores informales, infantes descalzos, habitantes de calle, como los califica un periodismo hipócrita, en tanto, ellos no habitan en ninguna parte en particular, sino en el olvido de una sociedad que prefiere volver la mirada hacia otro lado.
Recurrencia cotidiana en un país tutelado por gobernantes inclementes, negados para concebir políticas sociales que, de algún modo, palien el pecado social de la miseria. Políticos que han hecho de la limosna su política de Estado para aplacar el ardor de consciencia. Lo dice el propio Henry Miller: “Para ser político hay que ser un poco inculto, hay que tener algo de asesino. Hay que estar dispuesto a llevar a la gente al sacrificio, al matadero, para defender una idea, ya sea una buena idea o una mala idea. Así son los políticos que prosperan, en todo caso”.
Si bien la calle enseña, lo hace a través de la didáctica del sufrimiento de sus habitantes, proporcionándoles una enseñanza que no conoce de certificaciones, sino de una dolorosa graduación en el aprendizaje de la injusticia social.



