Por Gloria Narvaez
En Ecuador, la política transita últimamente como una procesión de sobresaltos: un país que se debate entre la urgencia y la precariedad, entre la violencia que desangra sus barrios y el desconcierto económico que golpea sus mesas vacías. Pero más allá de las cifras, las encuestas y los discursos manidos del poder, hay un elemento que emerge con fuerza y que rara vez es mencionado por los estrategas del gobierno: la cultura como memoria, resistencia y termómetro moral de una nación.
Porque la cultura —esa palabra que tantos reducen a ornamentación— es en realidad un sistema vivo donde se decanta el pulso de un país. La cultura revela cuando un pueblo está fatigado, cuando ha sido manipulado, cuando le han arrebatado sus certezas y cuando la esperanza se torna sospechosa. Y hoy, en las calles del Ecuador, se respira exactamente eso: un país culturalmente agotado por la improvisación, por la violencia normalizada, por el decisionismo hermético y por un liderazgo que ha confundido la coyuntura con la eternidad.
La falsa comodidad del poder y el espejismo de la legitimidad
Daniel Noboa, ungido como una promesa de renovación, parece haber interpretado su ascenso al poder como un cheque en blanco. Pero la legitimidad —esa moneda tan frágil— no se hereda ni se administra con suficiencia. La legitimidad se gana, se cuida y se renueva; no se dilapida en estados de excepción permanentes ni en reformas improvisadas que repercuten en los sectores más vulnerables.
Creer que la consulta popular, los gestos mediáticos o la retórica de la “mano firme” garantizan aceptación permanente es olvidar algo elemental: Ecuador es un país con memoria cultural, una memoria que ha sumido a más de un gobernante en las profundidades del descrédito cuando se sintieron indestructibles.
La historia cultural del Ecuador ha sido siempre un espejo incómodo para los gobiernos: el país que desbordó a Bucaram con carnaval popular; el país que desafió a Mahuad desde la calle y no desde los palacios; el país que cuestionó a Correa desde la palabra, la música, la poesía y el teatro cuando el poder quiso apropiarse de la narrativa nacional.
Esa es la cultura: un territorio que no se controla ni se somete.
El movimiento indígena y las culturas vivas: la fuerza que desestabiliza la soberbia. A mi parecer —y es importante decirlo con claridad— en esta derrota política del gobierno, el movimiento indígena tuvo un papel determinante, y no solo desde lo político, sino desde lo simbólico y lo cultural.
El movimiento indígena, con su capacidad ancestral de lectura del territorio, actuó como una conciencia colectiva del país. Su rechazo no fue solo a una consulta o a un gobierno: fue un rechazo a la desconexión del poder con las realidades territoriales, con la vida comunitaria, con la naturaleza y con la dignidad de las economías locales.
Pero no solo fueron los pueblos originarios: las comunidades afrodescendientes, la cultura montubia, los sectores populares urbanos, las juventudes artísticas,
las organizaciones barriales, y ese mosaico inmenso que es el Ecuador multicultural, todos ellos formaron una marea plural y silenciosa que se expresó con contundencia.
No fue una protesta: fue un acto de afirmación cultural
Cuando el Gobierno creyó hablarle a un país homogéneo, se encontró con un país profundamente diverso, donde cada cultura tiene un sentido distinto de dignidad y de justicia. Ese choque de imaginarios —el imaginario tecnocrático contra el imaginario comunitario— fue decisivo. El Ecuador profundo, el Ecuador cultural, votó para recordarle al poder que la gobernabilidad no se decreta; se construye escuchando.
La peligrosa adicción del gobierno a culpar a Correa
Hay, además, un elemento que ya raya en lo grotesco y amerita una reprimenda frontal: la obsesión del gobierno y de su entorno por culpar a Correa de todos sus fracasos, como si el país fuera un tablero congelado en el tiempo.
Aclaración necesaria —y la hago como autor, no como militante, porque no pertenezco a ningún partido político—: no se trata de defender a Correa ni de limpiar su legado; cada etapa de nuestra historia tiene luces y sombras.
Pero atribuir cada error actual a un expresidente es un acto de incapacidad política, no de análisis.
Es infantil, es reduccionista y es profundamente irresponsable.
Buscar “cucos”, fabricar enemigos, inventar fantasmas del pasado para justificar la falta de resultados es la confesión más clara de un gobernante que no sabe asumir sus propias decisiones.
Quien necesita un enemigo eterno es porque no sabe gobernar en el presente. Porque, en la práctica, la política del pretexto es la política de la incapacidad. Y Ecuador —un país vasto, plural, culturalmente intenso— ya no está para líderes que se esconden detrás de excusas ni para ciudadanos que repiten odios prestados.
La coartada fácil y la cultura del pretexto: una reprimenda necesaria a ciudadanos y gobernantes
Este señalamiento no es solo para el poder: también es para ciertos sectores de la ciudadanía que se han vuelto hábiles artesanos del pretexto.
Hay ciudadanos que parecen respirar únicamente a través del resentimiento; otros se escudan en groserías y descalificaciones para no admitir que no entienden el país que habitan; y no pocos viven políticamente de la culpa ajena, porque eso los exime de pensar, de cuestionar, de proponer.
Para ellos —y también para quienes desde el gobierno repiten la misma coartada— es más fácil decir “Correa tiene la culpa” que asumir la responsabilidad de lo que está pasando ahora.
Pero la democracia exige otra cosa: exige madurez, exige autocrítica, exige participación que no dependa de odiar o idolatrar a nadie. Exige ciudadanos que piensen y no solo reaccionen, que cuestionen y no solo insulten, que aporten y no solo busquen culpables.
Porque al final, la política del pretexto es la política de la incapacidad, sea en un gobernante o en un ciudadano.
Y Ecuador —un país vasto, plural, culturalmente intenso— ya no está para líderes que se esconden detrás de excusas ni para ciudadanos que repiten odios prestados.
Un país que camina sobre cristales rotos
El Ecuador contemporáneo es un territorio fracturado no solo por la violencia del crimen organizado, sino también por la violencia silenciosa del desempleo, el costo de vida, la pérdida de servicios públicos, el abandono territorial y la precarización de la vida. Las zonas rurales, históricamente olvidadas, hoy viven un abandono multiplicado. Las urbes, convertidas en archipiélagos amurallados, sobreviven entre el miedo y la rutina del sobresalto.
Y en medio de esa penumbra, el gobierno insiste en la narrativa monocorde de “la seguridad ante todo”, como si el hambre fuera un asunto secundario y el desempleo una estadística prescindible. Como si la violencia solo se midiera por balas, y no por la falta de pan.
El Estado, ausente en los barrios, pretende imponer autoridad desde los decretos. Esa fórmula nunca ha funcionado en Ecuador: la autoridad se construye en el territorio, no en los micrófonos.
Cultura como resistencia y como brújula
Frente a la deriva gubernamental, la cultura ecuatoriana emerge como un refugio moral y una forma de resistencia. Los escritores denuncian desde sus metáforas. Los músicos narran la desesperanza con un ritmo que duele pero acompaña.
Los colectivos de arte urbano pintan en murales la verdad que el poder evita nombrar. Las comunidades originarias sostienen sus memorias como un acto político frente al olvido estatal. La cultura, en esencia, está diciendo: “Nos están rompiendo, pero no estamos rotos.” Y en esa frase se halla la verdadera fuerza de un país que no se rinde.
El futuro: entre la advertencia y la oportunidad
Lo que viene para Ecuador dependerá, en gran medida, de la capacidad del gobierno para entender que no gobierna sobre súbditos, sino sobre una ciudadanía que piensa, que siente, que recuerda y que exige. La promesa de un nuevo liderazgo no se sostiene si se insiste en repetir los vicios del pasado.
Noboa tiene dos caminos: Escuchar, rectificar, rehumanizar la gestión, abrirse a la crítica y construir gobernabilidad desde la empatía —no desde el miedo. O persistir en el espejismo del poder absoluto, sin comprender que el país ya no se traga narrativas sin sustancia. Porque si algo ha demostrado la cultura ecuatoriana es que cuando el poder se olvida del pueblo, es la memoria del pueblo la que termina olvidándose del poder. Y esa, señor presidente, es una lección que ningún gobernante del Ecuador debería ignorar.
Contra la desinformación y los comentarios temerarios
En redes sociales y en ciertos espacios de opinión ligera, aparecen afirmaciones que rayan en la irresponsabilidad más absoluta. Comentarios como que “al Ecuador le encanta el narcoterrorismo”, porque no le dimos un cheque en blanco a este gobernante, no solo son groseramente falsos, sino que además trivializan problemas graves que enfrentamos como país.
Ecuador no es cómplice de la violencia ni del narcoterrorismo, y la ciudadanía no celebra la inseguridad ni la injusticia. Lo que sí hace es ejercer su derecho a cuestionar, a criticar y a exigir responsabilidad. Criticar a un gobierno lento, improvisado o desconectado de la realidad no convierte a nadie en enemigo del país, sino en parte de una sociedad que sigue viva, que analiza y que protege su futuro.
Difundir ideas que atribuyen al pueblo actitudes malignas es una forma de violencia simbólica, porque invisibiliza la realidad y genera miedo, polarización y confusión. Es un intento de culpar a los ciudadanos por sus propias decisiones políticas, cuando en realidad lo que se demanda es gestión, transparencia y respeto a la diversidad cultural y social.
Esa clase de desinformación no merece espacio en un debate serio. Es un recordatorio de que la crítica a la gestión gubernamental no es ataque al país, sino un ejercicio de responsabilidad democrática.



