Por Gloria Narváez*
La noción de “consulta popular” en el Ecuador se ha convertido en un dispositivo institucional cargado de paradojas. En teoría, representa una forma de participación ciudadana directa, una extensión de la democracia hacia lo simbólico y colectivo. En la práctica, la consulta proyecta con frecuencia una dimensión de simulacro participativo: la ciudadanía acude, vota, pero su capacidad de deliberar está constreñida. Y cuando esta herramienta inherente a la cultura política se utiliza sin transparencia ni debate, erosiona no solo la política, sino la cultura misma.
Cuadros estadísticos y afirmaciones prácticas
Algunos datos recientes permiten calibrar este fenómeno en el Ecuador contemporáneo:
En la consulta popular convocada para el 16 de noviembre de 2025, el padrón electoral registra 13.938.724 personas habilitadas para votar, de las cuales 6.844.871 son mujeres y 6.612.480 hombres; además 665.000 jóvenes entre 16 y 18 años participarán de forma facultativa.
Radio Pichincha
Según un estudio de la encuestadora Cedatos, al 5 de septiembre de 2025 sólo el 15,6 % de la población afirmaba conocer todos los temas de la consulta; mientras que un 37,1 % decía desconocer completamente los temas.
El Diario
En el plebiscito del 21 de abril de 2024, la participación efectiva fue del 72 % del padrón, frente a participaciones previas más altas (por ejemplo, en procesos anteriores del 80 %+); el ausentismo fue señalado como «muy alto» por el Organización de los Estados Americanos (OEA).
La Prensa Gráfica
Desde 2006 hasta 2024, el Ecuador ha realizado nueve procesos nacionales de consulta popular, lo que lo convierte en el país de América Latina con más uso de este mecanismo desde el inicio del siglo XXI.
www.ecuavisa.com
Estos números ilustran un escenario dual: por un lado, la convocatoria y el instrumento están activados; por otro, el conocimiento, la comprensión y la deliberación ciudadana están debilitados. Y es precisamente en ese debilitamiento donde radica el vínculo con lo cultural.
Cultura, memoria y deliberación democrática
Cuando hablamos de cultura política, no aludimos únicamente a partidos o urnas, sino al conjunto de prácticas, símbolos, lenguaje común, debates, memoria colectiva que permiten a una sociedad pensarse a sí misma. La democracia, más que un procedimiento, es una cultura: implica diálogo, controversia, reflexión, y sobre todo —como lo señalan muchos antropólogos— tiempo.
Pero la convocatoria de la consulta popular, tal como hoy se instancia —con campañas simultáneas, pliegos múltiples, información heterogénea—, trastoca ese tiempo de reflexión. La cultura de la deliberación se ve comprometida cuando el ciudadano es emplazado a responder «sí» o «no» sin herramientas plenas para entender los efectos, sin debates profundos, sin pausas que permitan conectar lo técnico con lo simbólico.
Cuando la ciudadanía desconoce más del 37 % de los temas en juego, el acto de votar deviene un gesto difuso, incluso ritual, más que un ejercicio consciente de soberanía. En ese sentido, la consulta funciona como un espectáculo participativo que legitima decisiones en nombre del “pueblo” pero no necesariamente con el “pueblo”.
La instrumentalización de la consulta popular
En este contexto, la consulta puede operar como un mecanismo de legitimación para agendas gubernamentales, y no tanto como espacio de construcción ciudadana. Algunos sectores críticos lo han señalado: se acusa al gobierno de utilizar la consulta para desviar atención de otros frentes institucionales —como decisiones del Corte Constitucional del Ecuador— o para reforzar un discurso de “decisión rápida” frente a temas complejos.
El Universo
Desde una mirada cultural, este uso impide que la consulta se vincule con la memoria colectiva, con la capacidad institucional de un pueblo para pensarse y decidir desde su historia y sus valores. En lugar de ello, se plantea una lógica de “respuestas” dominantes sin que medie una auténtica preparación de la ciudadanía.
Consecuencias para la cultura ciudadana
¿Qué significa para la cultura de un país que sus mecanismos de participación se tornen opacos? Algunas derivaciones:
La debilitación del sentido de pertenencia: cuando los procesos de participación se sienten impuestos más que construidos, se debilita el tejido social que une ciudadanía, territorio, memoria.
La erosión del pensamiento crítico: sin herramientas para entender los efectos del “sí” o “no”, el votante actúa bajo emociones, expectativas difusas o miedo, y no bajo una deliberación informada.
La vulneración del patrimonio simbólico: las culturas ancestrales, las tradiciones de diálogo comunitario, los procesos locales de toma de decisiones (indígenas, campesinos) quedan descolocados frente a un plebiscito masivo de carácter estatal.
El desgaste del tiempo cultural: la política acelerada, la “decisión inmediata”, confrontan los ritmos de la cultura que requieren escucha, valoración, diálogo.
Una invitación a la reflexión desde el arte y la cultura
Como investigadora cultural, propongo que consideremos la consulta popular no solo como un acto político sino como un rito simbólico de una comunidad nacional que aún está en construcción. Desde esta óptica, defender la cultura de la deliberación —como se defiende una técnica pictórica ancestral o un ritual comunitario— es también defender la democracia.
La apuesta debe ser por un proceso en el que la consulta sea acompañada de tiempo de discusión, de formatos que conecten lo nacional con lo local, de reflexiones poéticas y simbólicas sobre qué tipo de sociedad queremos. Y no simplemente responder una papeleta.
En un Ecuador que enfrenta retos estructurales —desigualdad, violencia, crisis ambiental, migración— permitir que la consulta se convierta en trámite apresurado equivale a perder una oportunidad de construir ciudadanía de base, de fortalecer la cultura política, de recuperar el valor del debate lento, colectivo y sensible.
Conclusión
La cultura es el sustrato invisible que sostiene la política auténtica. Cuando la política directa —como la consulta popular— se practica sin ese sustrato, se convierte en un acto vacío, en un simulacro. Por ello, oponerse al modo en que se ha planteado esta consulta no es rechazo a la participación ciudadana, sino reivindicación de un proceso en que la ciudadanía tenga tiempo, información, cultura para decidir.
Defender la cultura es también defender nuestra capacidad de ser sujetos colectivos capaces de pensar, decidir, discutir y asumir los efectos de nuestras elecciones. Porque la democracia no sólo se ejerce en la urna, sino en la conversación, en la comunidad, en la memoria compartida.
*Gloria Narváez, investigadora antropológica y consultora cultural ecuatoriana.



