Resistencia indígena, poder colonial y dignidad ancestral en el Ecuador contemporáneo
Por Gloria Narváez
Preludio: la sangre antes del acuerdo
“Antes del acuerdo, viene la sangre, porque el poder no concibe la diferencia como interlocutora, sino como amenaza. Y porque, desde su lógica colonial, primero se impone, y solo después simula negociar. Pero desde los pueblos, la palabra sigue viva. La memoria no olvida. Y la resistencia no es solo sobrevivencia: es una forma radical de vida.”
Este texto no es solo un preludio, es una llamada a la reflexión, a la acción. Es el eco de los miles de voces de los pueblos indígenas que, a lo largo de la historia, han visto cómo sus cuerpos, territorios y cosmovisiones son atacadas, humilladas, y en muchos casos exterminadas, para finalmente llegar a una mesa de diálogo que llega demasiado tarde, cuando las heridas ya están abiertas, cuando el daño ya es irreversible. La historia de los pueblos indígenas de Ecuador, y de América Latina en general, es la de una lucha constante contra el colonialismo interno y la violencia estructural que, lejos de desaparecer, se transforma, se disfraza, se perpetúa.
El poder que arraz(a): colonialismo interno y violencia estructural
La violencia hacia los pueblos indígenas no es solo un acto puntual, es una estructura que recorre la historia. En Ecuador, como en muchos países de América Latina, la construcción del Estado-nación ha sido sobre la base de la negación de la diversidad. La lógica de construcción de la nación ecuatoriana fue excluyente, no solo en términos económicos, sino también en términos culturales y sociales. El país se erige sobre una narrativa única que marginaliza, invisibiliza y persigue a los pueblos indígenas.
Este colonialismo interno, que reproduce una visión etnocéntrica y excluyente, no se limita a la imposición de un idioma, una religión o una forma de vida. Va mucho más allá: se manifiesta en políticas públicas que despojan de derechos, en la militarización de territorios, en la criminalización de la protesta, en la desposesión de tierras ancestrales, en la no existencia de políticas que realmente respeten la autonomía y la autodeterminación de los pueblos indígenas.
El caso de Otavalo, donde la violencia estatal se ejerció de manera brutal, es solo una de las tantas manifestaciones de esta lógica colonial. Las fuerzas armadas no solo atacaron físicamente, sino que intentaron quebrar la moral y el espíritu de una comunidad que, durante siglos, ha mantenido viva su cultura, sus lenguas, su cosmovisión. La represión no es solo física, es un ataque directo a la existencia misma de esos pueblos.
El teatro de la negociación: cuando el diálogo es otra forma de control
Una vez que la violencia ha hecho su trabajo de someter, debilitar y desgastar, llega la fase del “diálogo”. Pero este no es un diálogo genuino. El poder no concibe al otro como un interlocutor igual, sino como un subordinado, como un elemento al que se le da «la oportunidad» de hablar, pero siempre bajo las condiciones del Estado dominante.
Las mesas de negociación, que muchas veces siguen a episodios de represión, tienen como fin contener las demandas sin transformarlas realmente. El gobierno propone acuerdos que no alteran las estructuras de poder, sino que simplemente buscan garantizar la paz social a su manera, controlando la narrativa y reconfigurando el conflicto para que se ajuste a los intereses del poder.
El diálogo aquí no es el espacio para la construcción de una sociedad más justa, sino para reducir la presión social, para que los pueblos indígenas se «sientan escuchados» mientras se les sigue despojando de lo que les pertenece. Los acuerdos resultantes son, en muchos casos, pírricos, parciales, temporales, o simplemente incumplidos. Y, mientras tanto, el sistema sigue operando con total impunidad y sin cuestionamientos estructurales reales.
Desde adentro: la palabra, la memoria, la resistencia
Desde dentro de los pueblos indígenas, el ataque no es solo físico o político. Es simbólico, cultural, existencial. Los pueblos indígenas no solo luchan por sobrevivir, sino que luchan por perpetuar su existencia como pueblos. No es una resistencia pasiva, es una forma radical de vida. Los pueblos no solo están defendiendo territorios, sino cosmovisiones completas, una forma distinta de concebir la relación entre los seres humanos, la naturaleza y el cosmos.
La palabra es su resistencia. La memoria colectiva es su espada. Y la comunidad es su fuerza. Mientras que el poder sigue utilizando la violencia para someter, los pueblos indígenas continúan construyendo desde la memoria ancestral, desde el buen vivir, desde los saberes originarios que aún laten en cada rincón de los territorios. Las lenguas, las tradiciones, los rituales, el trabajo comunitario siguen siendo la base de un sistema de vida que se resiste a desaparecer.
En Otavalo, como en muchas otras comunidades, la resistencia no es solo una cuestión de fuerza o de organización. Es un acto de continuidad histórica. La resistencia es la permanencia de una cosmovisión que se ha sostenido en pie a pesar de siglos de colonialismo, de racismo, de intentos de exterminio cultural.
¿Y ahora qué?: horizontes de lucha y vida
El camino hacia una verdadera transformación social no pasa por la simple firma de acuerdos políticos que dejen todo como está, sino por un cambio estructural profundo. Lo que los pueblos indígenas exigen no es solo justicia, sino reconocimiento real, restitución de tierras, respeto por sus culturas y una plurinacionalidad efectiva. Exigen poder compartir la toma de decisiones, no ser solo consultados como un accesorio decorativo, sino como actores de primer orden en la política del país.
La construcción de un Estado plurinacional e intercultural no puede ser solo un eslogan. Es necesario repensar el poder desde una perspectiva diferente: no jerárquica, no monolítica, sino plural, donde las distintas voces puedan convivir y coexistir en igualdad de condiciones. Las culturas indígenas no son algo que se pueda “incluir” o “reconocer” en un Estado que sigue siendo colonial en su estructura. Necesitamos un cambio que desmonte las bases de la colonialidad que aún permea nuestras instituciones.
Para que la paz sea real, debe ser construida desde las raíces, desde la justicia social, desde el reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos de derecho, como actores principales en la toma de decisiones que afecten su territorio y sus vidas.
Conclusión
El ataque a Otavalo, como muchos otros en el país, es solo un capítulo más en la larga historia de opresión, resistencia y sobrevivencia. La sangre no es solo un precio que los pueblos indígenas pagan por exigir justicia: es el testimonio de una lucha que sigue viva. Antes de cualquier acuerdo, debe haber reconocimiento, restitución y reparación. El poder no puede seguir siendo una amenaza, y los pueblos indígenas no pueden seguir siendo “problemas” que el poder resuelve con violencia, solo para luego negociar en su nombre.
Los pueblos ancestrales han resistido siglos, centurias enteras, y continúan aquí: presentes, vivos, caminando con dignidad y sabiduría. Los gobiernos, en cambio, son pasajeros: temporales, líquidos, livianos; llegan y se van, muchos de ellos dejando tras de sí vergüenza o vacío. Las culturas, en cambio, permanecen. Su poder no radica en las armas ni en los decretos, sino en la sabiduría que habita en los tejidos, en las palabras, en los cantos y hasta en las trenzas, que portan memoria, historia y futuro.
Y algo más: los pueblos indígenas no luchan únicamente por sus propios derechos. Su resistencia también es por el agua, por el suelo, por el aire, por el cuidado de los bienes comunes. Es por las generaciones que vendrán. Es por los derechos de todos los ecuatorianos, incluso de aquellos que, muchas veces, los ignoran o los desprecian. En un país marcado por la desigualdad, son muchas veces ellos y ellas quienes, con más claridad y más valor, se plantan frente a la injusticia.
Porque hay algo que el poder —atado al capital, al extractivismo, a la lógica del beneficio inmediato— no ha podido entender: que, para estos pueblos, la vida no gira en torno al dinero. Que el valor no está en la acumulación, sino en el vínculo. En el cuidado. En la reciprocidad. En la relación profunda con la tierra, con la Pachamama, con los ciclos del cosmos.
Por eso han resistido tanto. Porque su anclaje no es material: es espiritual, simbólico y vital. Están más cerca de lo que verdaderamente importa. Y quizás, por eso mismo, nos dan lecciones que el mundo moderno —tan ciego en su abundancia— no ha querido aprender.
En esas trenzas —como en cada gesto, en cada lengua, en cada rito— está guardado un poder que ningún régimen ha logrado extinguir: el poder de la vida que no se rinde, que no se deja dominar, que continúa, obstinadamente, existiendo para todos.



