Por L. Parrini
El Premio Nobel de la Paz concedido a la activista política opositora venezolana Corina Machado, sorprendió a muchos, incluida la propia receptora del galardón. Muchos consideramos que el acto político del Instituto noruego no prestigia al premio y, contrariamente lo desnaturaliza. Esta vez el Nobel de la Paz fue otorgado a una persona que ha clamado por una intervención militar en su propio país con el fin de derrocar por la fuerza al régimen vigente.
Machado tiene todo el derecho de ejercer la política por los medios que considere necesario en su natal Venezuela, pero a partir de entonces debe ser valorada por sus posturas ideológicas como todo político profesional. No obstante, los organizadores del premio lo concedieron a Machado por “su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia” en Venezuela, según señaló Jorgen Watne Fryelnes, presidente del Comité del Nobel.
La constante invocación de Machado a una intervención militar estadounidense en su país, ha provocado la reacción de Donald Trump luego de enterarse del premio a la venezolana, quien declaró al New York Times que, “Corina me llamó y dijo que recibió el premio en mi honor y que yo lo merecía más que ella, entonces le dije que debería dármelo a mí”. Esta impertinente declaración de Trump sorprende aun más que el propio premio otorgado a Corina Machado, puesto que es conocido que el magnate norteamericano incitó a la violencia en palabras y en acciones luego de perder las elecciones presidenciales en 2020, con el saldo de muertos y heridos, cuando arengó a sus vándalos al asalto al Congreso gringo con el propósito de impedir que esta institución confirmara el triunfo de su opositor demócrata, J. Biden. Ahora quiere sorprender a los incautos presentándose como el gran pacificador del mundo. La pretensión de Trump no merece otro comentario.
Las reacciones internacionales a la concesión del Nobel a Machado han sido diversas. Políticos como Milei en Argentina y Noboa en Ecuador han expresado su complacencia, en tanto, el presidente español, Pedro Sánchez, no felicitó a Corina y Pablo Iglesias dijo que, así las cosas, el premio también debieron dárselo a Hitler.
Un detalle adicional en esta historia es que, la noticia del premio Nobel de la Paz para Corina Machado se filtró a la prensa antes de su anuncio oficial, dejando en evidencia el interés de determinados sectores en difundir la información. La noticia filtrada horas antes de ser dada a conocer por el Instituto noruego circuló en la plataforma de apuestas predictivas Polymarket. Ante esta novedad el director del Instituto del Nobel, Kristian Berg Harpviken, atribuyó la filtración a “un muy probable producto del espionaje. No es secreto para nadie que el Instituto es víctima de espionaje y eso dura desde hace décadas, las motivaciones pueden ser, a la vez, políticas y económicas”, declaró Berg a la televisión noruega.
Con anterioridad el Nobel de la Paz ha sido otorgado a polémicas figuras de la política internacional, entre otros el mandatario estadounidense Barack Obama, en el 2009, el presidente que ha involucrado a su país en guerras fuera de sus fronteras como ningún otro. Sin embargo, los mentores del premio consideraron que Obama debía recibirlo por “sus esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y colaboración entre los pueblos”.
Otro discutible premio Nobel de la Paz fue otorgado a Henry Kissinger, en 1973, que formó parte del criminal gobierno de Richard Nixon que bombardeó con napalm al pueblo vietnamita, incluidos niños y mujeres y que, en 1973, coordinó el golpe de Estado militar contra el presidente chileno Salvador Allende.
A diferencia del Nobel de la Paz, en otras categorías del premio como Física, Química, Medicina, Economía y Literatura, los ganadores lo reciben por tangibles aportes a la humanidad y méritos propios. Por sentar un parangón latinoamericano del Nobel femenino, nadie puede dudar del meritorio otorgamiento del Nobel de Literatura a la poeta chilena, Gabriela Mistral, en 1945, la primera mujer en recibir este galardón mundial.
Un premio que antepone la política a la paz, para otorgar un reconocimiento ideológico a un activista, desnaturaliza el sentido del mismo y, a su vez, deshonra a quien lo recibe y avergüenza a quien lo otorga.



