Por L. Parrini
A la luz de la historia de los países latinoamericanos agobiados por una permanente inestabilidad política y económica, cabe preguntarse cuándo comenzó la crisis. Por qué los latinoamericanos nos hemos habituado a que se nos identifique, desde la formación de nuestras repúblicas, con territorios de injusticia. Y consecuentemente, a quién favoreció el frustrado proceso independentista que llevó a la creación de naciones excluyentes e inequitativas, sin haber concluido procesos de integración y unidad nacional.
La histórica pregunta es ¿qué hemos hechos los latinoamericanos para merecer dos siglos de subdesarrollo, por qué la Independencia no trajo libertad sino subordinación a potencias extranjeras? ¿Cómo pasamos de ser el territorio más próspero del mundo en el comercio internacional a una región de atraso y pobreza?
Investigadores coinciden en que la crisis nace con la dispersión regional que echó al traste la unidad que conduciría a una gran nación panamericana que debió prevalecer luego de los esfuerzos independentistas conjuntos de la región. No obstante, la voracidad oligárquica criolla y el militarismo expansionista condujo al enfrentamiento de unas naciones contra otras por intereses comerciales y limítrofes. Se desmoronó así una unidad territorial y política para crear repúblicas fallidas incapaces de generar prosperidad y seguridad a sus habitantes.
Al genocidio y saqueo español contra las culturas ancestrales de la región le sucedió la explotación clasista de una oligarquía naciente que desplazó al régimen colonial, reemplazándolo en el dominio gubernamental. Este proceso no habría sido posible sin el concurso del imperialismo británico interesado en expulsar a los españoles en sus afanes neocoloniales. El imperialismo inglés interesado en los recursos geográficos y económicos de la región estimuló conflictos contra España y guerras regionales o civiles que tuvieron lugar al calor del proceso independentista. Los resultados no siempre fueron favorables a las nacientes naciones independientes ni a sus pueblos que solo asistieron a un cambio de amo.
La irrelevancia de latinoamericana es responsabilidad de una clase dominante que emergió de la acción política y militar de próceres hacendados, que construyó una veintena de países que terminaron siendo sus latifundios privados. Países fruto del reparto estimulado por ambiciones, traiciones y crímenes ordenados contra sus propios coidearios caídos en desgracia. De ese modo se destruyó la mayor ventaja histórica, la unidad política y regional, reemplazada por una falsa emancipación impulsada por élites locales que respondían a un plan diseñado desde el extranjero con la complicidad de criollos que conformaron el mestizaje. La emergente oligarquía, lejos de aspirar a la libertad, buscó el poder libre de la intervención colonial española y de leyes que protegían a los indígenas e impedían los abusos de poder.
La joven aristocracia, irónicamente de ascendencia española, educada en los preceptos de la Iglesia Católica, la ilustración francesa y la masonería británica, se apoderó de cabildos y audiencias fragmentando un territorio unido en veinte repúblicas irrelevantes económica y políticamente. La casta naciente no mostró ningún plan para la creación de países basados en la soberanía, prosperidad o la libertad, excepto el propósito de enriquecer sus propias haciendas, imponiendo la ley del fuerte sobre el débil, al apropiarse de tierras ancestrales de los indígenas.
La fallida Independencia abrió las puertas a doscientos años de guerras civiles, caudillismos, golpes de Estado y atraso económico, durante el siglo XIX que desbastaron las economías nacionales, despoblaron países y cercenaron importantes territorios como botines de guerra. Fue el último día del despotismo y el primero de lo mismo.
El subdesarrollo vino luego de la Independencia por políticas diseñadas bajo la influencia de Gran Bretaña y Estados Unidos. La gran desigualdad, la pobreza y el subdesarrollo de los países hispanoamericanos y las ruinas de las comunidades indígenas, se agravó tras los golpes de Estado perpetrados por una casta de pelucones aupados por intereses foráneos.
La versión política de las oligarquías americanas hace que la historia se acerque a la mitología, mientras que la crisis en la realidad se debe a las élites que tomaron el poder preocupadas de satisfacer intereses extranjeros y defender sus haberes de clase en lugar de crear Estados fuertes y pueblos educados.
Dos premios nobeles de Economía recientemente derribaron el mito de que el subdesarrollo fuera solo heredado de España, sino por la desunión impuesta por contradicciones de clase republicanas. Cada región quedó aislada y vulnerable a manipulaciones externas y conflictos internos. Esto explica por qué mientras Europa crecía industrialmente Hispanoamérica se estancaba en exportaciones de productos primarios.
La corrupción fue la forma de ser de esta crisis y motivo principal del enriquecimiento de clanes que ostentaron el poder. Al final del día dos siglos de Independencia han sido dos siglos de atraso en manos de oligarquías criollas que convirtieron a la región en haciendas privadas, destruyendo el mayor mercado del mundo, su infraestructura comercial, la unidad aduanera y un marco propicio para la inversión.
La Independencia fallida no trajo libertad sino subordinación a potencias extranjeras porque fue promovida e impuesta por el imperio británico para sustituir la presencia española por un sistema neocolonial más rentable, el libre comercio bajo control inglés que redujo a la región latinoamericana a ser proveedora de alimentos y materias primas.
La crisis del Estado
La crisis encuentra diversas lecturas. Artistas y escritores han creado su propia manera de expresión, y la novela latinoamericana surgió como creación en respuesta a la crisis, en tanto, los políticos no han llegado a la misma madurez por falta de imaginación creadora. Los viejos partidos no lograron modificar sus estructuras y cargan con el peso de oportunistas, acostumbrados a usufructuar posiciones y ventajas a la sombra del poder abusivo.
El retraso crítico ha favorecido el retorno de los brujos, caudillos inescrupulosos, improvisados políticos populistas, algunos abiertamente delincuentes de oratoria desvergonzada que cautivan ingenuos o fanáticos, prestos a marchar en pos de una ilusión demagógica. En la otra orilla, está el ciudadano crítico, confundido perversamente con el terrorista por el poder, el agitador que, no obstante, ha pasado a formar una nueva clase de innegable prestigio en las masas. Lo que otorga valor explosivo a los marginados que protestan son las oportunidades para la oposición política que antes no existió y que hoy, bajo represión, pone contrapeso al poder.
Esta nueva realidad y relación con el poder excluyente confirma que hoy la pobreza es insumisa, en otro tiempo fue desprevenidamente compartida. Hacendados y peones compartían un mismo techo, las diferencias de clase no eran extremas y la riqueza no era tan oprobiosa como lo es hoy que hace cada vez más distantes los estratos sociales.
Hoy la crisis es nuestra forma de ser y no ser, el estado permanente de nuestros Estados, la falla esencial de nuestras fallidas democracias. Acaso en esta reseña histórica se encuentre la respuesta a la pregunta de cuándo comenzó la crisis que nos agobia hoy y quiénes son sus responsables.



