Psor L. Parrini
A 58 años del crimen de Ernesto Che Guevara, médico, político, escritor, periodista y revolucionario, en la selva boliviana en un sector llamado La Higuera, la figura del guerrillero argentino altamente politizada y controvertida, luego de la muerte permanece en su imagen estilizada que se ha transformado en un emblema mundial para una variedad de causas, representando una compleja red de narrativas a veces conflictivas.
La imagen del Che Guevara es vista como un ícono inspirador de la revolución hasta un logotipo retro y vintage. Y su mayor difusión es mediante la representación de una caricatura facial del artista irlandés Jim Fitzpatrick, basada en la fotografía original del fotógrafo cubano, Alberto Korda, llamada el Guerrillero Heroico.
No obstante, la amplia difusión de la figura del Che Guevara, es probable que poco se conozca de algunos acontecimientos que tuvieron lugar en la escuela rural de La Higuera donde el Che fue asesinado por el sargento boliviano, Mario Terán Salazar. La ejecución se la realizó bajo órdenes del gobierno boliviano del presidente René Barrientos y con supervisión de la CIA, que dirigió las instrucciones de cómo realizar el fusilamiento para que se creyera que murió en combate, luego de ser capturado el día anterior tras ser herido en un enfrentamiento con el ejército boliviano.
Durante las horas previas al crimen acaecido el 9 de octubre de 1967, una niña campesina de ocho años, Rosalía Condori, presenció lo sucedido y, al cabo de más de medio siglo, decidió difundir un secreto guardado con recelo. En ese momento nadie pudo imaginar que la pequeña niña sería la única testigo de los últimos minutos del Che y que observó todo a través de una grieta en la pared. Rosalía no estaba por accidente detrás de una pared de adobe, había seguido a los soldados por curiosidad infantil, sin saber lo que le deparaba el destino al presenciar uno de los momentos más controvertidos de la historia latinoamericana.
Rosalía escuchó el ruido de los helicópteros que llegaban a La Higuera y luego de verlos aterrizar en el pueblo presenció cómo los soldados arrastraban a un hombre barbudo, con las manos atadas, ropa sucia y rasgada y lo llevaban a la escuela del lugar. Sus ojos se encontraron con los del hombre que le hizo un gesto con la cabeza como diciéndole: escóndete pequeña. No era una mirada de amenaza, era de protección. La niña preguntó a su madre quién es ese hombre y la mujer contestó, es un revolucionario que vino a causarnos problemas. La niña en un descuido de su madre se escapó y siguió a los soldados hasta la escuela del lugar que era un salón con paredes de adobe con techo de tejas rojas. Rosalía conocía ese lugar y sabía dónde estaban las grietas en los muros por donde observar sin ser vista. En la pared trasera de la escuela había una pequeña grieta y desde ese lugar observaba lo que ocurría dentro del salón. El hombre barbudo estaba en el suelo recostado contra la pared, con las piernas heridas que sangraban y la camisa estaba manchada de sangre seca, pero sus ojos, alertas, lo observaban todo.
Un coronel entró en la habitación y preguntó al Che ¿sabes quién soy? El prisionero respondió: Eres un hombre que sigue órdenes. El militar le dijo: Me dieron la orden de ejecutarte, viene desde La Paz. Entonces, hazlo -respondió el Che-, pero sabes que esto no termina conmigo. El coronel hizo algo impensable, se quitó su cantimplora y se la acercó al prisionero. El hombre tomó la cantimplora y bebió, cuando terminó miró al coronel con genuina gratitud.
Aquel momento de compasión entre enemigos sería el primero de varios actos de humanidad que Rosalía presenciaría esa noche. La niña permanecía ya dos horas en el lugar cuando entró al salón una mujer joven, era Julia Cortés, una profesora de la escuela que llevaba en sus manos una manta vieja. Se acercó al hombre y le dijo: Hace frío, tome esto. El prisionero la miró sorprendido y sonrió, diciéndole. ¿Cómo te llamas? Julia, dijo la mujer. Si sobrevivo a esto quiero, que sepas que personas como tú son la razón por la que luchamos. Julia con lágrimas en los ojos salió del salón. Rosalía pudo comprender en ese instante que este hombre no era el demonio que describían los soldados, era un ser humano capaz de agradecer, capaz de sonreír incluso en medio de su dolor.
La luz comenzaba a imponerse cuando llegaron más oficiales que hablaban entre ellos, las órdenes que llegaron desde La Paz indicaban que la ejecución del prisionero debía hacerse antes del amanecer. Un coronel se lo dijo al Che, que asintió lentamente como si hubiera estado esperando esas palabras.
En ese minuto ocurrió algo que revelaría la personalidad del Che en toda su magnitud. La niña involuntariamente hizo un ruido que la delató. El Che miró hasta donde ella se encontraba y se acercó arrasándose con dificultad y le dijo en voz baja: Niña sé que estás allí, no tengas miedo, no voy a decirles que estás escuchando. Tienes ojos curiosos como mi hija. Si algún día alguien te pregunta qué pasó aquí, quiero que sepas que el hombre que murió aquí no era un monstruo, era solo un hombre que cometió muchos errores tratando de hacer lo correcto, que había bondad incluso en este lugar oscuro, que incluso mis enemigos mostraron compasión. Te lo digo porque los niños son los únicos que dicen la verdad, los adultos mienten, manipulan y cambian las historias, pero tú vas a recordar lo que realmente viste y algún día, cuando seas vieja, esa verdad va a importar.
Los soldados regresaron al salón, entre ellos había uno particularmente joven, no tenía más de 25 años, su rostro estaba pálido y sus manos temblaban mientras sostenía su rifle. El coronel lo miró y le dijo: Terán, tu lo harás, son órdenes. El sargento Terán se acercó lentamente al Che con lágrimas en sus ojos. Lo siento, murmuró Terán, lo siento mucho. El Che lo miro fijamente: No es tu culpa, soldado, solo estás siguiendo órdenes, pero hazlo rápido. Terán incapaz de hablar levantó su rifle con manos temblorosas. El Che cerró los ojos, tomó una respiración y luego los abrió, miró directamente al soldado y le dijo: Dispara cobarde, solo vas a matar a un hombre.
El primer disparo rompió el silencio. Rosalía cerró los ojos. Luego otro disparo y un tercero. Cuando abrió los ojos vio al Che inmóvil en el suelo. El sargento Terán dejó caer su rifle y lloraba abiertamente, perdóname, sollozaba, perdóname, cayó de rodillas en el piso repitiendo esas palabras una y otra vez, mientras los otros soldados lo miraban incómodos.
Rosalía no olvidaría esa imagen. El militar que había matado al Che Guevara llorando como un niño, pidiendo perdón a un muerto que no lo escuchaba. Rosalía salió corriendo del lugar.
Medio siglo después el periodista la miró y le instó a contar la historia a esa muchacha que había crecido, casado y procreado cinco hijos guardando el secreto de lo sucedido en La Higuera como una revelación imposible de revelar. Ella veía documentales sobre el Che, escuchaba las historias sobre la muerte del guerrillero, escuchaba cómo la gente lo convertía en héroe y en villano. Solo ella sabía la verdad completa, que un coronel le había dado agua, que una maestra de escuela le había dado una manta, nadie sabía que el soldado que lo mató había llorado y pedido perdón.
Mientras el mundo celebra o condena al Che, Rosalía guardó la única versión de la historia que mostraba la humanidad evidente. Las versiones oficiales nunca mencionaron al coronel que dio agua, a la mujer que brindó una manta, al asesino que lloró pidiendo perdón. Julia la maestra de la manta, confesó que guardó el gesto culpable durante años. El hijo del sargento Terán dijo que su padre nunca pudo superar lo que hizo esa noche. El coronel Centeno había escrito en su diario personal: Hoy le di agua a un hombre que he estado persiguiendo durante meses. Le di agua porque no vi al revolucionario, vi a un ser humano sediento. ¿Fue esto traición o fue lo único verdadero humano que hice? Cuando le contaron esto a Rosalía, ella dijo: el Che tenía razón, me pidió que recordara la bondad y ahora todos están confirmando lo que vi.
La revelación de Rosalía sugiere que, aun ante los más atroces crímenes, pueden existir manifestaciones de humanismo que trascienden la ideología.



