Por Patricio Silva Delgado
Camino hacia la protesta y en mi mente resuena la voz de Julio Jaramillo: “No puedo verte triste porque me matas”, cuando me voy acercando la melodía se confunde con los gritos de los compañeros: “Fuera Noboa Fuera”. Un helicóptero sobrevuela el cielo, mientras las tanquetas y cientos de agentes armados cercan la gobernación de Imbabura.
Las autoridades locales y el rector de la Universidad proponen mediar para efectivizar un diálogo, hablan de salidas negociadas.
El presidente, en cambio, aparece con un “convoy humanitario” que no contiene víveres ni auxilio, sino municiones y pertrechos para reprimir. Incluso se permite teatralizar con la entrega de algunos cerdos, gesto que reduce la política a espectáculo. Al final de la jornada, en un acto calculado, se sienta a tomar café en la esquina del parque Pedro Moncayo, lugar donde la protesta tenía previsto concluir. No es solo una provocación: es una forma de demostrar que el poder puede desafiar incluso la dignidad de la protesta.
Tras casi tres años de gobierno su mandato no ha conseguido resultados, mas bien, todo lo contrario, las estadísticas los resultados son evidentes: incremento de la violencia y la extorsión, expansión del narcotráfico -muchas veces ligados a intereses de empresas bananeras- decrecimiento económico, ausencia de inversión pública, apagones de energía, proliferación de concesiones mineras sin licencia ambiental, deterioro de la salud y educación, problemas graves en la seguridad social y el menosprecio sistemático de los derechos humanos, los indicadores del Banco Central 2024 y la CEPAL 2024 confirman esta situación.
Ante estas circunstancias los sectores sociales convocaron a una Huelga Nacional, amparados en el derecho a la resistencia, La protesta, sin embargo, ya tiene un costo irreversible: la muerte de un líder local, provocada por miembros de las Fuerzas Armadas convirtiéndose en un crimen de estado que deberá ser procesado en las instancias nacionales e internacionales. El silencio del gobierno frente a este hecho no es solo omisión: es complicidad.
¿Cómo llegamos a este punto? El poder no duerme ni se ausenta. Más que en las calles, se despliega en el ámbito simbólico, allí donde se definen las percepciones colectivas. La represión se sostiene no solo en armas y uniformes, sino en un dispositivo narrativo que transforma la realidad.
Aquí se revela la pertinencia de la disonancia cognitiva que describió León Festinger. El gobierno presenta a los opositores y organizaciones sociales como “enemigos internos”, y a los carteles como “enemigos externos”. Persigue a los líderes en nombre de la “seguridad”, pauta con los medios de comunicación y logra que la represión se enuncie como “mantenimiento del orden”. La clave está en el lenguaje: la violencia se nombra de tal forma que deje de incomodar. El ciudadano acepta la narrativa oficial porque enfrentarse a la verdad significaría asumir una contradicción insoportable.
Hannah Arendt, al analizar los totalitarismos, señaló con claridad: “el sujeto ideal del régimen totalitario no es el fanático convencido, sino aquel para quien la distinción entre verdad y mentira ha dejado de importar”. Ese es el terreno en el que opera el mitómano: cuando ya no es necesario convencer, basta con erosionar la capacidad de crítica, una especie de castración simbólica social, la muerte del sujeto. En ese punto, la mentira no se reconoce como tal, porque ha dejado de importar si algo es verdadero o falso.
Lo inquietante de esta situación no es solo el fracaso gubernamental en términos de resultados concretos, sino la colonización de la conciencia ciudadana. La protesta es criminalizada, la indiferencia es normalizada y la mentira se vuelve el argumento de la vida pública.
El ciudadano se encuentra atrapado en una encrucijada: resistir, con el riesgo de la violencia y la persecución, o adaptarse a una discursividad que ofrece comodidad a costa de renunciar a la verdad. El poder del mitómano no reside únicamente en mentir, sino en transformar la mentira en una forma aceptada de convivencia.
Al final, resuena de nuevo en mi mente el estribillo: “No puedo verte triste porque me matas”. Que ahora se convierte en metáfora política: El pueblo al contemplar su tristeza muere lentamente. En cambio, el poder se ha desprendido de la verdad, esa tristeza ya no lo interpela, se vuelve, simplemente, un recurso más para manipular. Por otro lado, la política, una vez entregada a la mentira, es incapaz de asumir esa responsabilidad, prefiere negar, reprimir y distorsionar.
¡El desafío es la recuperación del sujeto y consolidar la resistencia y la lucha social!



