Por Gloria Narvaez
La Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión (CCE), fundada en 1944 por el escritor, ensayista y diplomático Benjamín Carrión, no fue concebida como un centro de difusión artística episódica ni como vitrina de manifestaciones festivas locales. Carrión la pensó como un proyecto cultural de Estado, con ambiciones intelectuales, pedagógicas y nacionales. En palabras del propio fundador, la CCE debía ser “el alma viva de la nación”, un espacio donde la producción simbólica, el pensamiento crítico y la creatividad artística convergieran para construir una identidad ecuatoriana plural, pero articulada en torno a un horizonte ético, político y estético común.
Sin embargo, a más de 80 años de su fundación, lo que hoy se observa es una crisis profunda de sentido. La institución parece haber olvidado su propósito original y ha sido colonizada por prácticas administrativas sin visión cultural, políticas clientelares y una superficialidad programática que ha diluido su razón de ser. Hoy, la Casa de la Cultura funciona, en muchos casos, como un espacio de animación cultural sin densidad simbólica, una «feria de las culturas» que reemplaza el pensamiento por la programación, y el debate crítico por la presentación de espectáculos desconectados del proceso histórico y social que Benjamín Carrión defendía con vehemencia.
Desde una mirada antropológica, este desvío puede leerse como el resultado de una confusión entre “la cultura” y “las culturas”. Mientras la cultura, en singular, implica un sistema complejo de producción de sentido, de construcción de hegemonía, de memoria y de transformación simbólica; las culturas, en plural, hacen referencia a expresiones particulares, contextuales, muchas veces marcadas por la etnicidad, la región o la tradición. Y, pienso que no hace «daño» entender su significado y significación.
La Casa de la Cultura fue pensada como un espacio donde esos mundos diversos pudieran dialogar no como vitrinas aisladas, sino como parte de un proyecto cultural nacional, crítico, integrador.
El problema no es la celebración de la diversidad, sino la banalización de lo diverso. Convertir a la CCE en un centro de danza típica, ferias artesanales y actividades decorativas puede parecer inclusivo, pero en realidad es una forma de despolitización cultural. Se pierde la posibilidad de cuestionar, de narrar el país desde sus contradicciones, de producir pensamiento desde la cultura.
Y esto ocurre, además, bajo una administración que ha demostrado no solo ineficiencia, sino desconocimiento de la historia, del papel intelectual de la institución y del legado que representa.
El cambio simbólico de nombre en algunos espacios y el reemplazo del contenido por forma, son signos de una institución que ya no sabe quién es ni a quién sirve. Este fenómeno se enmarca en lo que podríamos denominar una desculturalización institucional, en la que la Casa ha dejado de ser “la casa del pensamiento” para convertirse en un espacio de circulación intrascendente, sin proyecto, sin comunidad crítica y sin horizonte.
Para la comunidad académica, investigadora y artística, esta situación representa una pérdida irreparable. No solo se ha desactivado el aparato cultural del Estado, sino que se ha erosionado un símbolo fundacional de la república moderna y culturalmente soberana que Benjamín Carrión y otros intelectuales imaginaron.
La Casa fue creada para pensar el Ecuador, para imaginarlo, debatirlo, tensionarlo; no para operar como un simple escenario de festividades locales sin conexión crítica con el presente.
En efecto, su deriva actual —marcada por una visión administrativa tecnocrática, el abandono del debate público y el silenciamiento de las vanguardias— ha generado un sentimiento de abandono entre los sectores culturales críticos, que ya no reconocen en la Casa un espacio de pertenencia. La falta de renovación intelectual, la fragmentación interna, y el clientelismo institucionalizado han vaciado a la Casa de su legitimidad histórica.
La Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión atraviesa hoy una crisis simbólica y epistemológica, que no puede resolverse únicamente con una mejor gestión administrativa. Lo que está en juego es el sentido mismo de su existencia.
Mientras no se retome su función como institución crítica, articuladora de pensamiento y de producción cultural nacional, seguirá siendo —paradójicamente— una casa sin cultura.
Reivindicar el legado de Benjamín Carrión no es un acto nostálgico, sino una tarea urgente para repolitizar el campo cultural, devolverle densidad histórica a la institución, y rescatar la cultura como campo de poder, no como entretenimiento institucional. Solo entonces, la Casa podrá volver a ser ese espacio de pensamiento y construcción simbólica que soñaron sus fundadores —y que hoy, más que nunca, necesitamos.



