Por L. Parrini
La narrativa del imperio reproducida a través de sus medios políticos y periodísticos ha cambiado en la medida de que el sistema capitalista muestra sus contradicciones para mantenerse vigente en el mundo. Desde que se puso fin a la Segunda Guerra Mundial en la década de los años cuarenta y se inició la Guerra Fría entre la potencia capitalista norteamericana y el país soviético por el reparto del mundo a partir de su hegemonía impuesta en la postguerra, la defensa de las libertades y la democracia burguesas resultó insuficiente para enfrentar al “peligro comunista”.
Libertades y democracia que, en virtud de la verdad histórica, nunca garantizaron lo que decían defender, el libre albedrío y la convivencia armónica entre los seres humanos. Ambas promesas resultaron una falacia a los ojos de los países que vieron atropellados su autonomía y libre determinación de sus pueblos como, de igual modo, sus habitantes marginados y expoliados de sus más elementales derechos por los poderosos que regentan las fallidas democracias capitalistas.
La contraparte socialista que se estableció luego de la guerra en los países liberados por la Unión Soviética, vio advenir sus propias insuficiencias para sostenerse como sistema político social, quedando sin respuesta diversos aspectos de la formación social del socialismo como la cuestión nacional y sus delimitaciones geográficas, la producción de bienes de consumo y el tema de la educación de un nuevo sujeto social en capacidad de liderar la transformación de la sociedad.
A la caída del muro de Berlin, símbolo del reparto mundial entre los sistemas capitalista y socialista, el imperio puso énfasis en las inconsistencias del sistema socialista el cual ya no representaba un “peligro inminente” sino un modo de vida éticamente censurable. La propia sociedad se decantó por una alternativa política que pretendió emular los principios ideológicos del socialismo, sin los fundamentos históricos necesarios. Creó un movimiento al que llamó “socialismo del siglo XXI”, sin la base social proletaria y campesina del socialismo real y sin la orgánica militante requerida para sobrevivir políticamente. Este movimiento de carácter electoral, de clase media e inorgánico puso énfasis en los liderazgos populistas y tomó el poder en diversos países de América Latina durante la primera década de la nueva centuria, desplazando a las viejas partidocracias liberales y conservadoras. Con el devenir de los años se desfigura en su quehacer político, llegando a perder los gobiernos conquistados bajo acusación de corrupción e ineficiencia. Tal es el caso de Ecuador, Argentina, Bolivia, Perú y otros. La fórmula había resultado propicia para acabar con la promesa de “un socialismo a la medida del populismo”, y fue reproducida en diversos procesos electorales del continente.
El imperio encontraba una nueva narrativa: todo socialismo es corrupto e ineficiente, sin distinguir entre el verdadero socialismo de los pensadores clásicos y el llamado “socialismo del siglo XXI”, falso émulo del anterior. Este último incapaz de defenderse de la arremetida emprendida por la restauración conservadora, dejó el espacio abierto para que la propaganda de la derecha política posicionara a sus dirigentes como “corruptos y prófugos de la justicia”, sin descontar que algunos de cuales dieron motivos suficientes.
La nueva estrategia imperial estaba delineada: solo había que asociar a los políticos progresistas y sus más visibles cabezas con la delincuencia organizada y el terrorismo. Bajo esa nueva visión es que hoy el imperio estadounidense y países con sus dirigentes adláteres vociferan a voz en cuello que hay que llevar a la cárcel a todos aquellos que han ejercido algún tipo de liderazgo en el progresismo políticamente derrotado, y acusarlos de ladrones y asesinos intelectuales de crímenes políticos que no tienen una clara resolución porque las investigaciones fiscales están visiblemente amañadas.
Los argumentos de la derecha política se han venido adaptando a las necesidades del imperio y hoy, en el nuevo reparto del mundo, en la conformación de un nuevo orden geopolítico multipolar ya no se habla de defender la democracia y las libertades burguesas sino de acabar con el narcoterrorismo asociado perversamente al progresismo político.
En ese contexto visita nuestro país el Secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, cuya carta de presentación es clara: alinear al Ecuador con las políticas estadounidenses contra sus enemigos políticos y sociales. El viaje de Rubio a Quito logra que Washington mantenga el control de la narrativa sobre su primer ataque a una lancha venezolana, que salía presuntamente con una carga de narcóticos hacia el norte. No por casualidad Rubio llega al Ecuador con un discurso inequívoco, posicionando al presidente venezolano, Nicolás Maduro, de «narcoterrorista y fugitivo de la justicia», mientras que la Asamblea Nacional ecuatoriana hace lo propio en un acuerdo que califica a las bandas locales como practicantes de narcoterrorismo.
Los acuerdos entre las partes, además, apuntan a crear bases militares norteamericanas en territorio ecuatoriano con fines insospechados. Rubio afirmó que los países aliados de Trump podrían tomar las mismas medidas: el uso de la fuerza letal contra los narcoterroristas, mientras lo decía la canciller ecuatoriana Gabriela Sommerfeld asentía a su lado. La canciller Sommerfeld ofreció y enfatizó que Ecuador sí recibirá deportados de terceros países, «porque es importante para nuestro socio». Los acuerdos y hojas de ruta reservados seguirán avanzando a medida que la Casa Blanca lo decida y Ecuador se comporte como un aliado estratégico en la región que se alinea incondicionalmente con los objetivos militares y políticos norteamericanos.
Se viven buenos tiempo para la restauración conservadora y sus propósitos de erradicar de la sociedad todo vestigio progresista, indistintamente si se trata del socialismo real o del émulo del siglo XXI.
¿Qué alternativas quedan al movimiento revolucionario?
En esta etapa de las contradicciones capitalistas denunciar las injerencias e injusticias, retomar las utopías y generar un proyecto político realmente alternativo y viable, en capacidad de formular el advenimiento de una nueva sociedad que pueda ser asumida por nuevas generaciones. En esta gestión, convocar a las fuerzas políticas socialdemócratas y en conjunto formular un proyecto unitario con perspectivas reales, susceptible de ser adherido por la mayoría de la población. Huelga decir que, aun así, no tiene garantizado nada: esta cruzada por el cambio social pasa por emprender con éxito la batalla cultural, con la difusión de valores alternativos a los tradicionales, y concebir una sociedad cuya convivencia sea la independencia política, la equidad económica, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos, la unidad nacional y la libre determinación de los pueblos. Por lo pronto, el guión lo pone la nueva narrativa del imperio.



