Por L. Parrini
Costumbres, rumores, silencios y confesiones suelen formar parte de la comunicación coloquial de los grupos humanos y en particular de las familias. La unidad familiar supone un léxico común entre sus miembros. También suele suceder en aquellas familias tradicionales que la voz campante la lleva el padre con potestad patriarcal y autocrática. Y a ese tenor corresponde y responde el espíritu de una época.
¿Cómo narrar lo histórico desde lo íntimo? Esta interrogante despeja el libro de Natalia Ginzburg, Léxico familiar (1963), de reciente reedición en 2023.
Natalia Ginzburg, 1916-1981, esboza el léxico de su familia en Palermo, Italia, durante los años del fascismo y los que sucedieron a la guerra con un lenguaje confidencial donde se revelan vivencias comunes, aspiraciones colectivas y sueños individuales acuñados en la cotidiana sobrevivencia familiar. En sus páginas quedan registrados los acontecimientos identificados con el devenir de un continente en los años de entreguerras, el ascenso del fascismo, la dictadura y la resistencia popular. Natalia Levi, casada con Leone Ginzburg, hurga en sus recuerdos para transcribirlos sin ambages, porque la verdad no se inventa, sino que se transcribe, pero ese afán revela las emociones de quien lo intenta.
Texto revelador escrito en tono coloquial deja al descubierto cuando las historias individuales pueden reflejar la historia de los colectivos. Cualquier vivencia cotidiana adquiere la relevancia de un hecho significativo para la familia y al insertarse en el acontecer plural, reviste importancia histórica.
¿Cuál es el léxico común de una familia, el coro de sus voces parentales o aquella voz de orden a la que obedientes se supeditan sus miembros? Desde la autoridad patriarcal, la protección maternal y la obediencia de los hijos, así como la solidaridad de los amigos son el muro de contención que salvaguarda la integridad familiar bajo circunstancias de inhóspita sobrevivencia en la guerra bajo la persecución racista contra los judíos.
No faltan en el libro anécdotas sabrosas, reveladores chismes, íntimas confesiones y silencios celosamente conservados entremezclados con reflexiones personales de la autora que dan profundidad al relato. Esta historia de hechos reales, que puede ser leída como ficción, confirma que no debemos dar cuerda a la falsa dicotomía entre la vida y la literatura, entre la realidad y la fantasía, cuando el talento de una autora permite rescatar lo acontecido del olvido en la difícil tentativa de sobrevivir para contarlo.
Natalia Ginzburg es una escritora italiana alguna vez entrevistada por Oriana Fallaci, que en esa oportunidad la describió como una mujer “ni guapa ni elegante, con rebeca y falda de color azul ceniza, con ese aire un pelín apagado de tía soltera y sin edad definida (…) pelo negro, pocas canas y un cuerpo compacto. Buenas piernas, de persona acostumbrada a caminar (…) Desde luego parece una mujer sana, hecha para llevar cargas y dolores con entereza. Sorprende su voz como de femme fatale, es como si fuera la voz de otra, y te atrapa y te fascina”.
El libro, si bien es su historia personal, se lee como literatura en su encantador tono de ficción confidencial. La vida de Natalia Ginzburg y su familia es una biografía que se extiende a la historia de un país. Cuando las vidas privadas se convierten en historia pública, a través de anécdotas cotidianas y se entrelazan con hondas reflexiones de la autora convertida en protagonista y testigo de los hechos, estamos en presencia de una escritora y su obra en capacidad de registrar la vida de una época y cambiar la de muchos de sus coterráneos.



