Por L. Parrini
Jorge Luis Borges fue un escritor que no solo me costó comprenderlo sino aceptarlo en esa comprensión que debe acompañar a los artistas en el reconocimiento de su libertad creativa por sobre sus oscilaciones ideológicas. Más aún, luego de que en una conferencia de Julio Cortázar dictada en Santiago de Chile, escuché decir al gran cronopio: Borges, aparte de estar quedando ciego, es sordo. Ceguera real que le oscurecía la vida circundante y sordera figurada que lo apartaba del mundo real.
Borges durante mucho tiempo escuchó solo su rumor interior, el dictado de su conciencia, o el canto de sirenas de una postura reaccionaria frente a la vida que lo había llevado a reconocer el régimen de Pinochet con el cual tuvo una relación compleja y contradictoria ya que, a pesar de sus críticas a la opresión y el servilismo de las dictaduras, fue recibido por el militar en Chile, con honores. Su visita a Pinochet le trajo críticas y podría haber sido un factor en su no obtención del Premio Nobel.
El día de ayer que se cumplieron 126 años de su natalicio, un 24 de agosto de 1899, decidí evocar a Borges borgeando a Borges. Considerado el Día del Lector en su honor, ayer domingo fue un día de reminiscencias de lecturas de su obra, con sentimientos encontrados entre su excelso talento literario y su recalcitrante postura política. Traté de simular mi juventud, cuando en mis años verdes cayó en mis manos Ficciones, texto suyo con cuentos célebres como La muerte y la brújula, Las ruinas circulares o El Sur, acaso su mejor relato en palabras de su propio autor.
A través del tiempo me fui acercando a Borges y venciendo mi prejuicio ideológico con el escritor latinoamericano, aceptando sus opiniones políticas matizadas por afables entrevistas en la televisión española en las que Borges mostraba un encanto y, para decirlo con todas sus letras, una dulce ironía frente a su propia condición humana. Frente a su interlocutor no posaba el monstruo de las letras hispanas, ni el arrogante escritor argentino, sino se mostraba el ser humano sencillo, capaz de reírse de sí mismo, sin poses ni destellos de fatua vanidad. Ese era el lado humano de Borges, acaso el más cómodo de digerir, mientras que sus textos para mí aun guardan misterios por descifrar.
Si bien reseñas biográficas indican que Borges desde muy niño adquirió su amor por la literatura, al punto de imaginar que “el cielo sería algún tipo de biblioteca”, debieron pasar algunos años hasta escribir su primer libro, Inquisiciones (1925). Posteriormente, los ensayos en el libro Discusión (1932); Historia de la Eternidad (1936), una reflexión platónica sobre el tiempo y la eternidad; el cuento policial La muerte y la brújula y los 13 cuentos reunidos bajo el título El libro de arenas (1975) y Nueve ensayos dantescos, entre los más conocidos.
Sin embargo, y sin haberlos leído todos, me detengo en la célebre obra El Aleph, recio texto de tinte existencialista que muestra al ser humano frente a la eternidad. La historia de “un lugar donde están todos los lugares del mundo”, según le refirió a Estela Canto cuando Borges se la presentó inédita, en 1945, a quien le ayudaría a transcribir el manuscrito lleno de tachones y enmiendas a máquina. Era la historia de un hombre que decide visitar a Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz Viterbo, su fallecida amada. Al cabo de un tiempo confiesa la existencia de un objeto oculto bajo una escalera de la casa. Una pequeña esfera tornasolada desde donde se podía ver todos los puntos del universo. El Aleph, texto genuinamente borgiano me empujó hacia otros mundos, aun sin salir del universo común con el autor, desde una ventana hacia el infinito.
Con los años he vuelto a Borges como a una fuente de sabiduría en su excelsa literatura. Borgeando a Borges, el autor bonaerense me enseñó una verdad irredargüible en palabras y silencios: Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante en el paraíso.



