Por L. Parrini
La situación de Venezuela es la demostración histórica de que la inminencia bélica se cierne sobre un pueblo degradado en sus derechos, por un proceso político que se muestra impedido de sobrevivir a sus enemigos internos y externos. En ese proceso de cambio social, iniciado hace más de dos décadas, la historia amenaza con imponer lo militar por sobre lo político. Y en esas circunstancias surge una interrogante clave: ¿Quién defiende a Venezuela ante la tragedia de una guerra?
Si bien las doctrinas revolucionarias suelen hacer un culto a la muerte bajo el fundamento de que la violencia es la partera de la historia, la consigna patria o muerte cobra dramática vigencia en la patria de Bolivar. Y se proyecta como el dilema de quienes han conducido el proceso revolucionario, hoy bajo la amenaza militar del imperio. Sin embargo, lo que en la narrativa chavista es un discurso alegórico, en la lógica imperial es un acto de prepotencia militar con presencia real de ingentes recursos bélicos a las puertas del país venezolano.
Frente al amenazante emplazamiento de seis mil marines, submarinos nucleares, destructores y fuerzas anfibias de acción terrestre, aérea y marítima estadounidenses, la capacidad de resistencia del régimen de Nicolás Maduro es limitada. No obstante, el llamado a “alistarse” que se hizo a cuatro millones y medio de habitantes para convertirlos en milicianos populares, puede no ser suficiente para neutralizar a un contingente profesional de marines, entrenados y premunidos de la más avanzada tecnología bélica. Milicianos reservistas que alguna vez formaron parte de milicias chavistas y hoy se encuentran retirados y fuera de todo entrenamiento, o en su lugar, población civil de campesinos y obreros, sin ningún adiestramiento militar de carácter profesional. Es notorio que ante la convocatoria de Maduro a su pueblo militante o simpatizante “en la defensa de la Patria”, las calles permanecieran vacías sin la movilización de masas que se pudiera esperar en estas circunstancias del país. Mientras que se conoce que entre las fuerzas militares regulares nada garantiza la lealtad al líder, al punto de entregar su vida en su defensa. Esta situación obligó al régimen de Maduro a convocar a los bomberos a engrosar las filas de una milicia popular con personal entrenado para defender la vida y la propiedad de las personas y no para matar a un enemigo castrense extranjero.
La certeza del gobierno se centra en la confianza que, luego de haber ideologizado a los militares regulares, la respuesta de los uniformados será consecuente con los principios bolivarianos y consignas chavistas, luego de haber manipulado la figura histórica de Bolívar para diversos propósitos políticos actuales.
En el orden político también es notorio que el régimen, en lugar de argumentar con hechos que demuestren sus aciertos, elige el camino de la repuesta militar con expresiones altisonantes en un principio, que después fueron matizadas por declaraciones más conciliadoras de Maduro.
¿Cuáles son los logros revolucionario defendibles por el pueblo venezolano? Esta es una interrogante que solo pueden responder los habitantes que permanecen en el país, los millones de emigrantes venezolanos repartidos por el mundo ya dieron una respuesta.
Respuesta internacional
Nicolás Maduro realizó un llamado a China para que intervenga en la posibilidad de mediar en el conflicto. El gobierno de Pekín no se ha pronunciado más allá de diplomáticos comunicados en los que señala: “Nos oponemos al uso o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales y a que potencias externas interfieran en los asuntos internos de Venezuela bajo cualquier pretexto”, también instó a Washington a “hacer más cosas que contribuyan a la paz y la seguridad en América Latina y el Caribe”.
Rusia, a través de su Canciller, expresó “el respaldo inequívoco de su país al Gobierno venezolano y al presidente Nicolás Maduro (…) para defender la soberanía nacional y garantizar la estabilidad institucional”, sin especificar en qué consiste dicho respaldo, luego de que en el encuentro sostenido en Alaska Putin y Trump habrían coincidido en no intervenir en Ucrania ni Venezuela, territorios considerados de influencia rusa y estadounidense respectivamente. Irán no se ha pronunciado, tampoco lo ha hecho Corea del Norte. Cuba ha publicado en su prensa una declaración: “Anuncios recientes sobre potenciales acciones militares del Pentágono en el Caribe –más exacto: en el Caribe sur-, presagian que el águila imperial del s. XIX intenta volar sobre los mares y tierras de la América Nuestra del siglo XXI para reinstalar no solo el monroísmo y su Corolario Polk, sino también la Doctrina del Gran Garrote”. Mas allá de la declaración no ha habido acciones prácticas, fuera de ofrecer asilo a los dirigentes venezolanos.
Lo cierto es que ninguno de los países amigos de Venezuela ha demostrado la intención de movilizar tropas en la defensa del régimen de Nicolás Maduro. El gobierno venezolano tendría que hacerlo apelando a sus 135 mil efectivos regulares, que ubica al país entre los cincuenta mejor equipados entre 135 países del planeta, según Global Fire Power y demostrar la capacidad de movilizar 4,5 millones de milicianos entre campesinos, obreros, estudiantes y burócratas del régimen.
Las alternativas del dirigente venezolano no son muchas. En primer lugar, existe la posibilidad de una huida de Nicolás Maduro, en segunda instancia la traición de algún agente de su entorno; en tercer lugar, una asonada de la élite militar que sostiene al régimen y, como última alternativa, una invasión militar norteamericana. Todo indica que la crisis tiene una salida militar, mientras que los políticos venezolanos poco o nada pueden hacer.
Si bien los hechos indican que la estrategia norteamericana es ejercer presión sobre el régimen venezolano poniendo precio a la cabeza de sus dirigentes acusados de narcoterrorismo, el eventual derrocamiento bajo esa figura no es cualquier cosa: Si fuera solo un golpe de Estado impulsado por fuerzas extranjeras norteamericanas, Maduro tendría oportunidad de negociar su exilio obteniendo un salvoconducto para ir a un país dispuesto a recibirlo. Pero se trata de un sujeto que recibe un tratamiento de líder de un cartel del narcotráfico que terminará en una cárcel en los Estados Unidos, o encontrará la muerte en caso de resistir a su arresto y elige la opción de sangre.
¿Qué viene después de Maduro? Lo más probable es el advenimiento de un gobierno “títere” de Edmundo González que, si bien pudo haber ganado las elecciones -según afirman sus partidarios-, responde estrictamente a los intereses estadounidenses en Venezuela, un país con recursos en petróleo, oro, hierro, gas, uranio, y otros recursos naturales estratégicos que Estados Unidos requiere para su industria. Ese es el fundamental propósito estadounidense de controlar política y económicamente al país bolivariano. ¿Estará dispuesta la potencia capitalista a hacerlo por la fuerza de las armas?
Poco importa si Nicolás Maduro a los ojos del imperio es el jefe de una organización narcoterrorista o el líder comunista de su pueblo. El confuso posicionamiento que funde ambas imágenes, instaurado por la narrativa propagandística del Pentágono, ya no tiene marcha atrás.
Es indudable que se viven tiempos de enormes desafíos y riesgos excepcionales. El imperio, en el despliegue de su ofensiva hegemónica agresiva, pone en evidencia que no tiene intención de detenerse ante los límites que le impongan el Derecho Internacional, la Carta de las Naciones Unidas y décadas de resoluciones y declaraciones regionales y universales contra la coerción, la amenaza, la interferencia en los asuntos internos de otros Estados y la intervención. La pregunta es: ¿quién defiende a nuestros pueblos?



