Por L. Parrini
El gobierno de los Estados Unidos ha puesto en marcha un compás de espera en Venezuela ante la presión militar que despliega contra el régimen de Nicolás Maduro, acusado de liderar un poderoso cartel narcoterrorista en la región.
La acción, más allá de lo diplomático, supone el emplazamiento militar con efectivos y recursos de enorme poder en capacidad de poner en jaque al régimen venezolano, según fuentes expertas. La respuesta del régimen venezolano, que trata de ponerse a la altura de las circunstancias, convocó a la movilización masiva de la población para enfrentar la situación.
La pregunta que se hace el mundo es de dónde saca Nicolás Maduro cuatro millones y medio de milicianos y armas para equipar y luego entrenar a personas retiradas de avanzada edad, en capacidad de combatir a fuerzas militares profesionales de marines, mientras el ejército regular venezolano permanece anquilosado con mandos sin entrenamiento regular en acciones de guerra, acostumbrados a los discursos sin despliegue en terreno real.
Nunca se ha visto un movimiento de tropas norteamericanas como el actual hacia Sudamérica, con aviones, destructores, submarinos y ahora el escuadrón Anfibio, a 20 kilómetros de las costas venezolanas. Presión inédita hacia un país de la región, por una decisión de Donald Trump tomada bajo el argumento de que la élite del poder en Venezuela -N. Maduro, Diosdado Cabello y J. Rodríguez- lideran el Cartel de los Soles, la organización de narcotráfico más poderosa del mundo que inunda las calles con toneladas de drogas en los EE.UU.
¿Qué país ha salido en defensa de Maduro en la región o el mundo? Rusia se desentiende porque -según observadores- desde un tiempo existe un acuerdo con Estados Unidos de que Venezuela es intocable. ¿Dónde está China, dónde las manifestaciones sudamericanas de protesta en rechazo a la intervención norteamericana en Venezuela? Los diez países integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, hicieron un “llamado a la unidad latinoamericana y caribeña ante la amenaza de los Estados Unidos”, sin señalar en qué consistiría dicha unidad en la práctica.
¿En qué se sostiene el régimen de N. Maduro, en las masas de trabajadores o en un ejército ideologizado por el chavismo? ¿Cuál será la percepción del pueblo venezolano con insatisfechas necesidades básicas, mientras a Maduro le confiscan 700 millones de dólares?
En la otra orilla, en los Estados Unidos se acercan las “elecciones de medio tiempo” en noviembre, y Donald Trump exhibe solo un 40% de aprobación en las encuestas, mientras está obligado a rendir cuentas por las promesas que hizo en su campaña de “hacer grande de nuevo a América”, y de acabar en 24 horas con “esa guerra ridícula en Ucrania” cuyo único interés estadounidense es captar territorios ucranianos con metales estratégicos y hacer proliferar la venta de armas que Estados Unidos comercializa en la región.
Frente a estos hechos, Trump necesita imperiosamente presentar algún logro diplomático ante su país y la situación en Venezuela le cae como anillo al dedo. Además de mejorar su imagen frente a la comunidad hispana, ante la cual ha perdido apoyo luego de la masiva deportación de migrantes ilegales latinos.
El mundo se pregunta ¿Es la hora cero en Venezuela? ¿Es el momento que designa el instante crítico en el que se desencadena una situación importante, especialmente en contextos políticos y militares, para marcar el inicio de una nueva fase que puede tener consecuencias significativas en el país sudamericano?
Todo indica que el desplazamiento militar estadounidense hacia las costas venezolanas es un ejercicio de amedrentamiento en un doble o triple sentido. El argumento de que se busca capturar a los líderes de un cartel de narcotráfico, sea cierto o no, es el pretexto perfecto para derrocar al régimen de Nicolás Maduro y, de paso, acceder sin mayores problemas a los recursos petroleros venezolanos, dos obsesiones del régimen estadounidense. Donald Trump lo dijo con todas sus letras: “voy a liberar al continente americano del comunismo y del socialismo”.
Trump necesita recuperar el favoritismo popular que lo llevó al poder. Para ello, la actual coyuntura venezolana presenta un escenario propicio. En esta acometida Estados Unidos puede desplegar acciones militares de invasión a gran escala o escaramuzas puntuales disuasivas como, por ejemplo, capturar o asesinar a los líderes del país del mismo modo que actuó en Oriente Medio el 3 de enero de 2020, cuando dio de baja a Qasem Soleimani, general iraní asesinado por un ataque con un dron estadounidense ordenado por el presidente Trump cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad, en Irak. No en balde, desde el Departamento de Justicia norteamericano se ofrecieron 50 millones de dólares por información que conduzca a la captura de Nicolás Maduro.
Las consecuencias son claras. A la ruptura de la soberanía venezolana por intervención militar extranjera, se pueden sumar diversos puntos de interés para los Estados Unidos como presionar al chavismo y que se produzcan divisiones internas del régimen venezolano para provocar un derrocamiento, conseguir que el gobierno entregue a líderes visibles de la cúpula del narcotráfico, exigir a Maduro que reciba a un mayor número de emigrantes venezolanos deportados desde los EE. UU, entre otras exigencias bajo la presión militar.
Estados Unidos no inaugura recién este tipo de intervencionismo, lo hizo en Chile en 1973 cuando derrocó al presidente Salvador Allende por considerarlo comunista e instauró la dictadura militar de Pinochet; lo efectuó en Panamá en 1989, durante un movimiento sorpresivo con 30 mil militares que llevó a la captura de Noriega que fue llevado a los EE. UU acusado de narcotráfico y lavado de dinero.
En la hora cero de los pueblos, la narrativa estadounidense en la guerra informativa suele tomar ventaja cuando las fuerzas políticas progresistas no logran romper el posicionamiento de corrupción al que condena a sus líderes la propaganda imperial.



