Esta semana, el 6 agosto, se conmemoraron 80 años de la agresión atómica estadounidense a la ciudad de Hiroshima, ciudad japonesa en la que perdieron la vida unas 70,000 personas instantáneamente, y otras 70,000 en los años siguientes a causa de las heridas y la radiación atómica. Tres días después, el 9 de agosto, se lanzó otra bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, lo que aceleró la rendición de Japón y el fin de la guerra. Sin duda, puede parecer incomprensible por atentar contra el derecho humano a la vida: el lanzamiento de la segunda bomba atómica sobre Nagasaki.
Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki dejaron una profunda cicatriz en la historia de la humanidad y plantearon preguntas éticas sobre el uso de armas nucleares. El Monumento a la Paz de Hiroshima, es el símbolo de la devastación causada por la bomba y un recordatorio de la necesidad de la paz mundial. Los sobrevivientes de los bombardeos, conocidos como hibakusha, han dedicado sus vidas a abogar por la paz y la eliminación de las armas nucleares en el mundo.
Según la versión estadounidense se lanzó el ataque nuclear para poner fin a la guerra, pero la humanidad condena la acción como una decisión inmoral e innecesaria que mató a miles de inocentes. Similar inmoralidad exhibe hoy el gobierno de Donald Trump amenazando con gestos belicistas que empiezan en la aplicación de aranceles comerciales y pueden terminar con una nueva agresión nuclear contra pueblos a los que considera enemigos en su fiebre armamentista.
Mientras Japón rememora el 80 aniversario del holocausto atómico aumenta la carrera armamentista impulsada por los fabricantes norteamericanos y la proliferación de armas nucleares con renovadas amenazas de un evento de destrucción masiva bajo los efectos catastróficos que produce en un país. A partir de 1945 se diseñó una infraestructura de desarrollo tecnológico militar en torno a la idea de tener armamento nuclear en los países industriales. La cantidad de ojivas nucleares existentes en el mundo alcanza el arsenal de 12 mil, en tanto, no existe conciencia social en los países por desarmarse. Lejos de ir hacia un desarme se ha incrementado la producción de armas de destrucción masiva en países que disputan la hegemonía mundial.
En los años cincuenta se planteó un Tratado de No Proliferación de armamento nuclear, pero lo hicieron naciones que ya habían desarrollado la bomba atómica, con el compromiso de no transferir la tecnología nuclear al resto de los países en el mundo. Sin embargo, esto no se cumplió cuando, precisamente, los Estados Unidos ha transferido tecnología atómica a Israel su principal cómplice nuclear en el Oriente Medio.
La disyuntiva
Es hora de pensar qué respuesta dar a una disyuntiva entre la vida o la muerte. Se trata de decidir con qué fines se usarán los avances tecnológicos nucleares, si esa energía servirá para mejorar la convivencia armónica de la humanidad o para destruirla. Es hora de quitar la máscara a la doble cara de la energía atómica: es un arma de aniquilamiento masivo o un instrumento para el avance de la salud y la alimentación mundial con fines pacíficos. Esta es la disyuntiva, una línea roja imperativamente negada de cruzar por las potencias mundiales y sus líderes obnubilados por afanes políticos hegemónicos y el dinero del negocio armamentista.
Decisiones agresivas desproporcionadas como las que adopta hoy Donald Trump, y como las que ejecuta en Oriente Medio el líder judío Benjamin Netanyahu, hacen pensar en la posibilidad cierta de una tercera conflagración mundial cuando hoy, a diferencia del pasado, sí sabemos el efecto que tiene el uso de una bomba nuclear contra un país considerado enemigo.
La decisión de Israel con apoyo norteamericano de atacar las instalaciones nucleares de Irán, demuestran un doble rasero, por un lado, se soslaya una negociación pacífica y se asume el riesgo de atacar instalaciones nucleares con producción en marcha. La acción echó por tierra el Tratado de No uso de armamentos nucleares que se estaba formando entre Rusia, Francia, y otros países europeos después del retiro de EE. UU, y el conflicto escaló en intensidad luego del ataque estadounidense israelí a Irán.
Es imperativo abrir una puerta a la esperanza para que prime el carácter disuasivo del armamento nuclear, que no el poder amenazante y devastador de sus efectos. La lección tenebrosa de Hiroshima y Nagasaki debe hacer comprender a los líderes mundiales los alcances antihumanitarios de oprimir el botón nuclear.
En momentos en que estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial, Asia juega un rol preponderante. China es un contenedor de las pretensiones hegemónicas occidentales, no solo está copando la economía global, sino que se transforma en un actor fundamental en el nuevo orden planetario. Las lecciones en Hiroshima y Nagasaki demuestran que los países nucleares aprendieron que la tenencia de armamento atómico les posibilitaba estar un paso adelante en este nuevo orden mundial y se lanzaron a una enloquecida carrera por poseer este armamento para formar parte de la élite belicista planetaria.
El resto de países, incluido los pueblos de Latinoamérica, bogamos porque la guerra no nos sea indiferente. No obstante, no vamos a cometer la ingenuidad de los años sesenta en proclamar la consigna de que solo el amor impide la guerra, porque no es suficiente. Hay que combatir la guerra no como otra forma de hacer política, sino como una estrategia de hacer prevalecer un principio humanista de vivir la paz como el bien intangible más preciado de la humanidad.



