Por L. Parrini
De las tres edades del hombre y la mujer, la primera, Edad de la Inocencia, es aquella que vivimos desde el momento de nacer hasta los primeros años de pubertad cuando inicia la Edad de la Rebeldía. Ambas anteceden a la tercera edad, la Edad de la Razón, esa etapa en la que caen los velos, destruyen los mitos y descubrir la verdad vale tanto como evidenciar la mentira, siempre y cuando se haya vivido las dos edades anteriores en un proceso natural.
Razón que no significa entendimiento puro y duro, ausencia de sensibilidad, sino serena pasión, lúcida expectación del mundo, es ya no comulgar con ruedas de molino y dar la cara a la realidad sin subterfugios. Enfrentar los absolutos con relativa visión, sopesar los pro a cambio de los contra, sonreírnos con la tristeza y entristecernos de la alegría fatua. Razón que te devuelve el sentido de las cosas, que nos hace ver su revés y multiplicarles lo que reste de porvenir.
Inocencia o carencia de conocimiento, en contraste con la ignorancia, inocencia para tomar generalmente como un término positivo, denotando una visión dichosamente buena del mundo, en particular una en que la carencia de conocimiento proviene de una ausencia de maldad, mientras que el mayor conocimiento proviene de hacer mal. La inocencia es la ignorancia del mal. Estado del alma limpia de culpa de niños y niñas. Es una forma de ver el mundo.
También el inocente es una persona fácil de engañar. Una persona que no es responsable del suceso, evento o incluso del delito del que se le acusa. Incluso la ley señala que alguien es inocente hasta que no se pruebe lo contrario.
No obstante, la inocencia se pierde. La pérdida de la inocencia significa aceptar que la realidad es fea y que los humanos somos malos, que no se puede pretender un mundo ideal. Comienza entonces el viaje hacia el desencanto, la pérdida de la inocencia, según dicen, que debe llevarnos a reconocer las dificultades de la realidad y a la verdadera naturaleza humana.
Viaje idéntico se produce en cada generación cuando se pasa de la niñez a la edad adulta, a la mayoría autosuficiente, cruel destino. La pérdida de la inocencia es aceptar que el hombre es un lobo del hombre, que las utopías no existen en la realidad y que las relaciones humanas, una vez perdida la inocencia, no volverán nunca más a ser plenas.
Bueno fuera que la sociedad no tuviera tan asumido que la inocencia es un sueño y que su pérdida es una entrada en la realidad. Ojalá nuestra concepción de la realidad humana y social fuera otra más colectivista, menos competitiva y más amorosa, porque ¿qué tan malo es perder la inocencia? Lo será en la medida en que no podemos vivir sin inocencia, sin vivir con rebeldía.
La edad de la rebeldía
La edad de la rebeldía, que debería comenzar con la pubertad, con los conflictos de la adolescencia que significa adolecer, vivir con falta de algo, corresponde al tiempo que somos adolescentes, y ser adolescente significa padecer.
La mayor mitificación de esta edad acaso queda simbolizada en aquella afirmación insustancial del poeta Rubén Darío: Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver. Verso con la que evoca en su poema Canción de otoño en primavera, sus años mozos. Si bien la poesía es connotativa en sus metáforas, no tiene por qué estar alejada de la realidad. El poema es recreación de la realidad, su más lograda sublimación, no una simulación para esconder una falsedad. En contraste, Paul Nizan comienza su libro Aden, Arabia con la frase: Yo tenía veinte años, no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de este mundo, todo amenaza a un joven, el amor, las ideas, la entrada al mundo de los adultos.
Frente a dichas amenazas, la rebeldía es por definición una actitud de resistencia o desafío a la autoridad o a lo establecido. Puede manifestarse como desobediencia, oposición a normas o costumbres.
¿Toda juventud es rebelde? En principio, no. No toda juventud es desafiante, indócil; buena parte de la adolescencia es sumisa, adaptable, resiliente, esa estúpida cualidad de adaptarse a los estados adversos.
El inconformismo, la búsqueda de cambio, el rechazo a la injusticia, son propias de cierta juventud, o mejor, de cierta generación. La de los años sesenta, por ejemplo, fue singular y colectivamente rebelde, contestataria, insumisa. Se propuso transformar el mundo, proclamó el amor y la paz, se opuso a la guerra de Vietnam y a todo acto de violencia institucional, reivindicó la convivencia del ser humano sin ataduras, como amor libre. También buscó en las drogas nuevos estados de conciencia, e hizo suyo el idioma universal de la música rock. Era un mundo más liberado, o por liberarse, que señaló con el dedo a los culpables de las injerencias imperiales, que repudió las inequidades y la injusticia social. Fue como si el mundo hubiese despertado de un letargo del que vivía oprimido bajo el orden de los años de posguerra, cuando el planeta fue repartido entre las potencias que ganaron la guerra a sangre y fuego y comenzaron la Guerra Fría. Fueron días en que el establecimiento acusó a los disidentes de ser rebeldes sin causa, como James Dean, en su clásica película. ¿La rebeldía requiere de una causa específica o de todas ellas reunidas en un estilo de vida?
La rebeldía es un comportamiento consciente, no un hábito mecánico inherente a la juventud, o un mal necesario que pasa cuando avanzan los años. Pese a ello, se ha querido endilgar rebeldía a los jóvenes como un estigma negativo: ya le pasará con los años cuando madure, cuando asiente cabeza, cuando entre en vereda.
La rebeldía tiene relación directa con la ideología, con una visión contestataria del mundo a partir de una sensibilidad ante las injusticias, el absurdo, lo inhumano. Aunque la ideología, como una niebla que lo envuelve todo, distorsiona la realidad, las ideas antagónicas a lo protagónico del poder establecido buscan la autenticidad de los hechos, lo justo y necesario para alcanzar la dignidad de vivir. No obstante, si a esta epistemología se opone otras formas de pensar el mundo la fuerza motriz de la rebeldía merma.
Aquello sucede en la realidad como un signo de nuestro tiempo cuando la tecnología pretende reemplazar a la ideología como forma de pensar, sentir y actuar y obnubila al ser humano con sus logros de compilación vertiginosa de información y datos, y se nos impone la llamada inteligencia artificial IA, que no son más que instrumentos para el comportamiento humano consciente.
Los griegos tenían esto muy claro: entre ellos la Episteme era la capacidad de pensar, de allí que la epistemología es una visión del mundo; y la Tecné era la capacidad de hacer, de allí que la tecnología es un instrumento. Nunca una pudo suplantar a la otra. Hoy la juventud ha cometido aquel error básico de reemplazar la ideología crítica por la tecnología acrítica, y de ese modo ha mermado su capacidad de rebeldía. Ahora se trata de ubicarse en el mundo, no de transformarlo para mejor. Los obnubilados por la tecnología y los entontecidos por el dinero andan de la mano ubicando el nicho de mercado donde cultivarán su zona de confort. Los demás que se jodan.
¿Qué de valioso tesoro tiene dicha juventud? Su capacidad de reciclar los errores de sus progenitores y la virtud de cometer sus propios nuevos desatinos cuando alcanzan una cuota de poder.
La inocencia no exime de culpa. La rebeldía no exonera de responsabilidades. La razón no garantiza la verdad. ¡Qué surreal y magnifico sería que la inocencia estimulara la rebeldía y ésta, a su vez, impulsara la razón!
Gira el mundo gira en el espacio infinito, pero no cambia sin un comportamiento humano finito que remueva sus cimientos, en un sentido progresivo, con la sabiduría de las tres edades.



