Ha fallecido Edgar Allan García. Y aunque los poetas no mueren, la partida física del escritor guayaquileño supone una pérdida invalorable para la cultura nacional. García, nacido en Guayaquil en diciembre de 1958, fue un gestor cultural y escritor que deja 74 libros publicados en los géneros de cuento, poesía, novela, ensayo y literatura infantil.
Durante su extensa trayectoria García se hizo acreedor al Premio de Literatura Infantil Darío Guevara Mayorga en tres ocasiones, a la Bienal de Poesía de Cuenca en dos oportunidades y al Premio Nacional Ismael Pérez Pazmiño. En el 2015 obtuvo el reconocimiento en la Bienal de Poesía de Pichincha y, a nivel internacional, ganó el Premio Pablo Neruda en poesía y el Plural de Cuento. En 2044 obtuvo el premio de la Embajada de Ecuador en Japón que lo llevó a una gira por ese país. En el 2025 ha sido galardonado con el Premio Iberoamericano Cervantes Chico. Sus obras fueron publicadas en Argentina, Perú y México. Con estudios en Sociología y Ciencias Políticas, García estudió, además, en la Escuela Sudamericana de Psicología Transpersonal y fue terapeuta en Biomagnetismo.
Un poeta natural
Edgar Allan cumplió la sentencia de Cortázar, acerca de los seres humanos íntegros: “Vivió hasta el final, murió teniendo conciencia de que hizo de su vida todo lo que un hombre puede hacer de la vida positivamente hablando”.
Su muerte fue el corolario de una vida vivida a plenitud en la alegría de vivirla, como “un perseguidor de la felicidad y el encantamiento, de la euforia del amor, del juego infantil que está en el origen y en lo más profundo de cada cultura, y bien lo saben Huizinga y Cortázar”, como alguna vez constató Abdón Ubidia.
Edgar Allan fue un perseguidor contumaz del amor y sus cantos y encantos en la vida y en la literatura -persiste Ubidia-; sea como todo perseguidor, un nómada que, paradójicamente, solo quiere volver a la querencia, retornar al amor de los amores, al paraíso infantil, a lo mejor perdido o inventado como todos los paraísos, al amor originario y maternal, un reclamo que puede estar en el comienzo de toda su aventura humana, es decir, vivencial y literaria.
Por eso es que Ecuador no solo pierde a uno de sus grandes intelectuales, sino a un poeta con su brillo propio y su arte poética trasvasado a la prosa con piezas admirables. Prueba de ello es su última novela escrita, No Hallarás Olvido. Titulo promisorio que augura lo que será el porvenir de este autor extraordinario: ser inevitable e inolvidable.
Ecuador pierde a uno de sus notables escritores y nosotros perdimos a un irremplazable compañero Kviernícola que amenizaba las tertulias de sobremesa cada viernes con su agudo y fino sentido del humor, la ocurrencia oportuna, la crítica mordaz, y una sonrisa que le llegaba a los ojos.
Se fue el amigo entrañable y extrañable, cuya ausencia se dejará notar en cada encuentro y cuya presencia se hará sentir en la lectura de su lúcida literatura, en cada recreación de su poesía generosa.
Los niños del mundo amanecieron hoy más huérfanos en la orfandad de ver partir a Edgar Allan, su poeta natural. Paz en su tumba.
Fotografía Leonardo Parrini



