Por Leonardo Parrini
El terremoto del 16 de abril del 2016 de magnitud 7.8 que azoló a la provincia de Manabí y a la región costera de Ecuador, no solo tuvo cientos de réplicas telúricas muchas de las cuales fueron imperceptibles, sino que dejó un saldo de 663 muertos, 6.200 heridos, 130 desaparecidos, 29.000 damnificados que lo perdieron todo y cerca de un centenar de edificios destruidos.
Entre las réplicas del sismo, se han registrado luego de nueve años de los acontecimientos, denuncias de los damnificados que supuestamente no fueron atendidos, circunstancia que cuenta con la debida réplica oficial de que sí se entregaron recursos, carpas y vituallas, para atender a las familias afectadas. A lo que se sumó una investigación fiscal -de evidente índole política- que puso nuevamente el caso en el tapete, con las consecuentes repercusiones judiciales en contra de las autoridades nacionales y locales que, en su momento, manejaron la crisis y administraron los insumos para la reconstrucción de Manabí.
En ese contexto surge la novela Bajo las ruinas del alma, del economista oriundo de Manabí, Felix Pilay Toala, analista y docente universitario en la PUCE. Un libro, según su autor, “escrito con el corazón”. En medio del desastre cobra relevancia la vida y muerte de los protagonistas de esta novela, Ligia Magdalena y Pedro, compañeros de trabajo en una farmacia que funcionaba en un edificio de cuatro pisos que se derrumbó por la violencia del movimiento telúrico, atrapándolos bajo los escombros. Sobreviviente ella y fallecido él, ambos protagonizaron una permanencia de 21 horas y 35 minutos antes de ser ubicados por los rescatistas entre las ruinas de la ciudad de Portoviejo.
El autor propone que su libro no sea “simplemente una reconstrucción de hechos, sino un intento de plasmar, a través de la literatura, lo inefable”, lo que escapa al lenguaje de la noticia, aquello que “solo puede ser comprendido a través de las emociones humanas más profundas”. En ese afán el autor buscó crear una atmósfera literaria, que acaso logra, echando mano a la reiteración de eventos que ocurren a los personajes -Ligia y Pedro- atrapados bajo los escombros de su ciudad. Dicha recurrencia no aporta, necesariamente, con elementos nuevos que contribuyan a detonar la sensibilidad del lector, si ese fuera su propósito. Habrá que ver si el clima creado por el texto, que trasunta el estado de ánimo del autor, hasta dónde logra un relevante impacto en las emociones del lector.
Y no es un asunto de fondo sino de forma, la literatura en su tendencia actual prioriza más que el contenido, la forma en que está narrada la historia. Es decir, resulta más trascendente cómo se escribe que sobre aquello que se escribe. Más aún en este caso, en que el tema del libro es ampliamente conocido como una de las peores catástrofes del país.
El autor pudo concentrarse en crear la atmósfera de angustia, desolación y esperanza, con recursos literarios como la descripción certera del entorno, un perfil más profundo de los personajes y los eventos que protagonizan, para evocar sentimientos y emociones específicas en el lector. De eso se trata la carga emocional que debe impregnar una historia bien contada y que afecta la forma en que el lector percibe y siente la narrativa. Todo esto a condición de que se verifique aquello que dice Cortázar en referencia a la atmósfera literaria: “es el aura que pervive en el relato y poseerá al lector”.
Pero no solo eso. La atmósfera surge cuando la ambientación del relato contribuye a proporcionar un contexto histórico, social y geográfico de los hechos, dado que la atmósfera es el clima emocional que se crea a partir de la ambientación. Y el autor, como hombre de números más que de letras, en su condición de economista, dispone de primera mano de referencias sociales con las que pudo dar mayor contexto al drama humano de los protagonistas. ¿Por qué no lo hizo? Vaya uno a saber.
Libro “escrito con el corazón” ha dicho el economista Felix Pilay, aquello se relaciona con el tono en que está escrito el libro. Un tono de afectación que debió escuchar los sentires más profundos de los protagonistas antes de emitir juicios de valor que trasuntan emociones propias del autor. La literatura también consiste en recrear vidas ajenas, apropiárnosla y compartirlas con el lector. La intención de un autor emocionado con su texto, enamorado de él, no es suficiente, aun cuando la actitud del autor pretenda influir en la sensación general del texto. Hay que marcar discreta distancia con los hechos y, desde esa inconmensurable medida de tiempo y espacio, proyectar al personaje que debe ser protagónico o antagónico, nunca neutral parapetado tras la figura de un autor omnipresente.
Al final del día, el valor humano del relato, Bajo las ruinas del alma, es innegable, el testimonio de la protagonista resulta invalorable. Si esta novela funge de ser un gesto solidario con la familia de Ligia Magdalena, enhorabuena, incluidos los réditos de la comercialización del libro.
Una de las verdades que se rescata de esta historia entre los escombros del terremoto de Manabí, es que la literatura como la vida misma expresan sus propias fuerzas subterráneas con las que se derriban mitos, miedos y límites.



