No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Hoy se cumplió el plazo para que Adolfo Macías Villamar, alias Fito, fuera extraditado a los Estados Unidos para cumplir su comparecencia ante los tribunales de la Corte del Distrito Este de Nueva York, bajo cargos de pertenecer a Grupos de Delincuencia Organizada GDO, para traficar drogas y armas a escala internacional. En un boletín oficial, el Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de la Libertad y a Adolescentes Infractores, SNAI, informó: “El ciudadano Adolfo Macías, alias Fito, fue retirado de las instalaciones del Centro de Privación de Libertad La Roca bajo custodia de la Policía Nacional y Fuerzas Armadas, para los fines que correspondan”. Un avión Boeing 757-223, matrícula N874TW, perteneciente al Departamento de Justicia de los Estados Unidos, despegó del aeropuerto José Joaquín de Olmedo, en Guayaquil, para llevarlo a su nuevo destino extraditado.
Los extraditables son ciudadanos catalogados como personas dedicadas a actividades ilícitas de narcotráfico internacional y requeridos, en este caso, por la justicia norteamericana para ser juzgados. La captura, encarcelación y extradición de Fito se enmarca en la denominada guerra declarada por el Estado ecuatoriano a los GDOs, proceso complejo frente al cual ambas partes han comprendido que en una guerra mucho más logra una negociación que una cruenta imposición. Las cifras lo demuestran luego de la declaratoria de “conflicto interno”, léase guerra, contra la delincuencia organizada, el sicariato la violencia, los crímenes entre miembros de bandas por el control territorial, el secuestro, las extorciones no han dejado de existir en Ecuador, y más bien aumentan, convirtiendo a este pequeño país sudamericano en uno de los más violentos del mundo y en un paraíso para la exportación de drogas, cocaína, marihuana y otras sustancias, hacia los Estados Unidos y Europa, al extremo de que la revista londinense The Economist publicó un artículo en el que identificaba al Ecuador como “el nuevo narcoestado”.
Un lucrativo negocio
El narcotráfico, como toda actividad económica capitalista, se rige por las normas del mercado: mientras exista demanda existirá la oferta. Hace algunos años un dato de la misma revista The Economist revelaba el resultado de una encuesta que indicaba que el 70% de los altos ejecutivos que manejan las empresas del aparato productivo de los EE. UU reconocían la necesidad de aplicarse un pase de coca a media mañana para seguir trabajando en sus oficinas con menos efectos del estrés. No obstante que las regulaciones continúan, la comercialización de la marihuana en los Estados Unidos es legal, para uso recreativo en 24 Estados y para uso medicinal en 38. Uno de cada seis adultos norteamericanos consume marihuana al menos una vez al mes, según la encuesta nacional sobre Consumo de Drogas y Salud, y uno de cada 20 lo hace a diario, es decir, 11 millones de personas, lo cual superó al consumo diario del alcohol en 2022. Si eso sucede en las élites económicas de las ciudades norteamericanas qué estará pasando en las calles de Nueva York, Miami, y otras, entre una juventud que hace rato sucumbió al consumo de estupefacientes.
Los Extraditables tomaron el nombre de una organización narcoterrorista colombiana creada por capos de la droga a principios y mediados de la década de 1980, y considerada un apéndice del Cartel de Medellín. Su objetivo principal era evitar la extradición a los Estados Unidos utilizando la violencia y el terrorismo como métodos de lucha. Según el Departamento Administrativo de Seguridad DAS, los organismos de inteligencia y la Policía colombiana, Pablo Escobar era su jefe principal. Además, el grupo estaba integrado por Gonzalo Rodríguez Gacha, Carlos Lehder, Gustavo Gaviria y Jorge Luis Ochoa. Este colectivo de élite del narcotráfico se enfrentaba al Gobierno de Colombia, Bloque de Búsqueda, Los Pepes, la Policía Nacional de Colombia y el Cartel de Cali, desde 1987. Se trataba de una guerra violenta sin negociación bajo la proclama: “preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en los Estados Unidos”. El propósito de evitar la orden de extradición bajo convenio del Estado colombiano con el Gobierno de los EE. UU, se cumplía bajo la sentencia y ejecución de muerte de todo aquel político o funcionario estatal colombiano que se mostrara de acuerdo con la extradición. Se trataba de influir en los estamentos jurídicos y legislativos del Estado para que no existiese el tratado de extradición con los Estados Unidos. El gobierno colombiano declaró la guerra al narcotráfico con el resultado del asesinato al ministro de Justicia de ese país. Rodrigo Lara Bonilla y del candidato presidencial liberal Luis Carlos Galán, entre miles de víctimas civiles y militares. La guerra concluyó con la muerte de Gustavo Gaviria en agosto de 1990 y de Pablo Escobar en diciembre de 1993, el abatimiento de Gonzalo Rodríguez Gacha, la captura de Carlos Lehder en 1987 y de Juan David Ochoa en 1991 y su hermano Jorge Luis Ochoa ese mismo año, junto a Fabio Ochoa Vasquez, todos miembros del clan Ochoa. Los Extraditables se desintegraron a la muerte de Pablo Escobar.
La historia de los extraditables colombianos motivó el libro de Gabriel García Márquez, Noticia de un secuestro, que narra historias relacionadas con los flagelos realizados por los Extraditables. Este grupo élite del narcotráfico fue conocido también como una organización que podía sacar de la pobreza a las personas más necesitadas de la ciudad de Medellín, mediante millonarias donaciones a familias pobres de esa ciudad, así como aportes a la educación y el deporte con la construcción de escuelas y escenarios deportivos.
Extraditables criollos
En Ecuador la historia se repite con importantes variantes. En este país considerado un narcoestado, el Gobierno nacional ha negociado con los extraditables criollos. No obstante la guerra declarada por el Estado a la delincuencia organizada con “uso progresivo de la fuerza”, militar y policial, y el intento de aplicar una legalidad represiva bajo estados de excepción, con allanamientos, detenciones y persecución selectiva de personas, en Ecuador los GDO no han actuado violentamente contra instituciones estatales sino que las han cooptado o negociado con sus representantes.
La reciente captura de Adolfo Macias V., alias Fito, narcotraficante cabecilla del grupo Los Choneros, confirma esta hipótesis. Fito fue contactado por la Policía Nacional, según propia versión policial. Días previos a su arresto en una mansión particular en Manabí mediante video llamada y luego en un operativo, fue localizado en un bunker subterráneo construido bajo la vivienda. Una vez detenido se convirtió en extraditable por decisión de la Corte Nacional y del presidente Daniel Noboa, bajo algunas condiciones negociadas con las autoridades estadounidenses, por ejemplo, que en ese país no cumpla una condena superior a la que tiene que pagar en Ecuador, es decir, que no sea sometido a penas como cadena perpetua o sentencia de muerte, ni maltratos violentos en interrogatorios mediante torturas. Fito enfrenta siete cargos de tráfico internacional de drogas y tráfico de armas, formulados en la Corte del Distrito Este de Nueva York, en cuyo expediente figuran también dos de sus lugartenientes conocidos como alias Topo y Churrón, requeridos por la justicia estadounidense para un proceso de extradición.
Macías alias Fito, tuvo oportunidad de contratar al abogado estadounidense, Alexei Schacht, especialista en la defensa de miembros de carteles internacionales, y fue quien le recomendó aceptar la extradición para eludir el peligro de muerte en las cárceles ecuatorianas donde corre el riesgo de ser asesinado. Una de las garantías que le dio el ministro del Interior ecuatoriano, John Reimberg, fue la de “preservar su vida”. Todo aquello quedó estipulado en un documento que envió la Corte de Justicia de los EE.UU. con las garantías de que Fito no será sometido a tratos crueles, inhumanos o degradantes y que solo podrá ser juzgado en el pedido de extradición bajo cargos de conspiración para distribuir cocaína, trafico de armas y contrabando de armamentos desde territorio estadounidense. Cabe señalar que Fito, según el Sistema Automático de Trámite Judicial ecuatoriano, acumula 10 procesos penales y siete sentencias en firme que suman más de 34 años de cárcel por delitos de asesinato, narcotráfico y delincuencia organizada.
Ética del submundo
Los códigos de conducta delictiva comportan sus propias normas. Una ley entre los sicarios colombianos señalaba que “el último disparo nunca es el tuyo”, en tanto, en el mundo del narcotráfico la jubilación no existe, solo hay dos finales: la cárcel o la muerte. No por casualidad la esperanza de vida de un sicario en Colombia solía ser no superior a cinco años.
Un código de ética de los miembros de un cartel de narcotraficantes y sus sicarios dictaba el imperativo de nunca trabajar por emociones, nunca mezclar lo personal con lo profesional, nunca hacer preguntas innecesarias, y lo más importante, nunca confiar completamente.
En Ecuador estos mandamientos, debieron cumplirse entre las sombras del crimen organizado, con algunas variantes. Mientras en Colombia las normas del bajo mundo se escriben con sangre, en Ecuador Mecías, alias Fito, negocia con las autoridades que lo requieren su extradición asegurando su vida al cumplir condena en cárceles de máxima seguridad real en los EE. UU donde no le sentenciarán a cadena perpetua ni le aplicarán la pena de muerte¸ ni será objeto de malos tratos, torturas o premios en los interrogatorios, para garantizarlo dispondrá de un abogado experto en estos temas.
El mensaje oficial es claro: la extradición de Fito compensa la moral de las fuerzas militares y policiales ecuatorianas que sostienen en la práctica la “guerra” contra los GDO. Por otra parte, el Estado ecuatoriano envía una clara señal de que todo narcotraficante importante que sea capturado en el país enfrentará una condena en cárceles de los Estados Unidos mediante extradición, uno de los principales temores de sus antecesores, los grandes capos colombianos célebres como Los Extraditables.
Fotografía El Comercio



