Corren buenos tiempos para la chapuza, frasea Serrat en una canción de tono políticamente insurrecto. Con el timbre de voz de quien proclama la incorrección política increpa ese arte de estafa o engaño, además de un trabajo mal hecho y sin esmero.
Son tiempos de la geopolítica de la sumisión o de la soberanía, dos comportamientos opuestos que, según sea el caso, signarán el mapa del reordenamiento internacional en el que emerge un multilateralismo que no acaba de nacer mientras que el bilateralismo no termina de morir.
La reciente cumbre de la OTAN -Organización del Tratado del Atlántico Norte- institución que sacraliza el viejo orden mundial emergido luego del epílogo de la Segunda Guerra Mundial con una Europa supeditada a los Estados Unidos que, al parecer, en los tiempos que corren no avanza el viejo continente en su autonomía regional.
La reunión de La Haya, en la que se dibuja la nueva geopolítica continental, traza los ribetes de una Europa sumisa a los intereses norteamericanos priorizando el gasto militar y fortaleciendo el vínculo con la industria armamentista gringa. No obstante, la propuesta española de asignar el 2,1% del PIB -Producto Interno Bruto- resulta cuestionable la dependencia de la OTAN que arriesga la autonomía estratégica y la paz mundial incrementando el gasto militar en claro beneficio del proveedor de armas estadounidense.
Solo fueron suficientes 48 horas y un pronunciamiento final de no más de quinientas palabras, para que el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, consiguiera mandar al traste la pretenciosa soberanía europea, que resulta ser una chapuza -fraudulenta y sin propósitos- ante la prepotencia de Donald Trump que se presentó a la cumbre como el armamentista agresor en condiciones de decidir cuándo hay la guerra o cuándo la paz.
Cuarenta y ocho horas antes de comenzar la cumbre de la OTAN, los EE. UU. bombardeaban a Irán, secundando los bombardeos de Israel, en una operación contraria al derecho internacional, una agresión absolutamente ilegal que, en el caso de los EE.UU., puede realizar por el soporte de sus bases militares. Un Trump ufano, luego del bombardeo, puso sobre el tapete europeo la pretensión de hacer negocio con el 5% del gasto militar de la OTAN, “priorizando sus intereses económicos sobre el compromiso colectivo de defensa y reforzando el gran negocio de sus empresas armamentistas: General Dynamics Lockheed Martin, RaytheonTechnologies (ahora RTX Corporation). Northrop Grumman, Boeing Defense o Space & Security”.
Mostrando positivismo huelga decir que lo bueno, por sobre lo malo y lo feo de la cumbre de La Haya, es que la organización militar del Atlántico norte mostró sus costuras o, la incoherencia de la propia existencia de la OTAN, y el actual despliegue militar de los Estados Unidos que mantiene en más de 750 bases en al menos 80 países. Es decir, a la luz de la alternativa que un sistema de seguridad alternativo, compartido, humano y democrático, incluso el actual gasto militar, ya en el 2% del PIB, debería reducirse progresivamente en aras de la paz planetaria.
La cumbre de La Haya deja varias interrogantes. Debe Estados Unidos ser parte de una Alianza Militar en el siglo XXI, país que, desde hace tres décadas vulnera el derecho internacional, como en Yugoslavia, y las posteriores intervenciones en Afganistán, Iraq, Libia o Siria, irrespetando el mandato expreso de la Carta de las Naciones Unidas. Puede la OTAN, luego de cita de La Haya, que otorgó una posición hegemónica, estratégica y el poder militar a los Estados Unidos en la toma de decisiones al asumir un rol subalterno, recuperar su autonomía. Qué sentido tiene para Europa, luego de que en su historia revolucionaria ha mostrado el derrotero de las ideas “libertarias, igualitarias y fraternales”, doblegarse ante una potencia nuclear estadounidense que ha pretendido anexionarse Canadá, Groenlandia, Panamá y que ha desestabilizado todo el comercio internacional. OTAN enfrenta el reto de recuperar su prestancia internacional ante el mundo o seguir siendo cómplice, por omisión, del genocidio del pueblo palestino.
Las respuestas son claras. La autonomía estratégica de la OTAN es poco menos que imposible, puesto que “carece de capacidad operativa por el desconcierto de las instituciones de la UE con relación a su futuro y por la falta de cohesión de los Estados miembros en materia de seguridad”. Las propias cifras de la institución así lo revelan: “Europa cuenta con 178 sistemas de armamentos diferentes frente a los 30 de los Estados Unidos (…) los ejércitos nacionales llegan a 1,97 millones de militares”, según The Military Balance 2025 IISS, con “un gasto de 552.000 millones de euros, mientras Rusia no sobrepasa la cifra del millón de militares con un gasto de 109.000 millones de dólares, es decir, cuatro veces menor que los europeos, a pesar de que Rusia abarca un territorio tres veces superior a la UE”.
Corren buenos tiempos para la chapuza, y malos para la seguridad europea.



