Por: Julio Peña y Lillo E.
“La forma en que diseñamos los espacios determina quién puede usarlos, cómo, y durante cuánto tiempo”. Edith Maruéjouls.
¿Qué tipos de espacios, para qué tipo de ciudad?
Desde una perspectiva de desarrollo urbano, inclusivo, sostenible y solidario, uno de los principales problemas de las ciudades en América Latina, es la injusticia espacial, que se manifiesta a través de la desigualdad en el acceso a recursos, servicios y espacios públicos.
Se trata de un grave problema, relacionado con un tipo de modelo de desarrollo de la ciudad, que afecta especialmente a las mujeres y a los grupos marginalizados, quienes enfrentan cotidianamente barreras adicionales en su movilidad y seguridad.
La ciudad de Quito, como tantas otras ciudades latinoamericanas, se ha desarrollado en función de un «usuario estándar»: hombre adulto, joven, sin responsabilidades de cuidado y con alta movilidad. Este modelo de desarrollo urbano no contempla, sino por el contrario, ignora e invisibiliza las necesidades de mujeres, personas mayores, niñas y niños, cuyas formas de moverse por la ciudad son distintas.
Las mujeres y personas mayores necesitan más espacios de descanso cuando se desplazan, ya que usualmente sus recorridos suelen ser más largos y están fragmentados, al tener que acompañar a alguien, detenerse a hacer compras, trámites, etc.
Diane Davis (2017) en su libro, “Gobernar las ciudades que enfrentan la violencia crónica”, nos dice que la falta de infraestructura pública adecuada: transporte, baños, paradas seguras, bancas de descanso, mobiliario urbano, iluminación, vigilancia comunitaria, y una planificación inclusiva, limita su autonomía y obliga a depender de espacios privados, lo cual desincentiva el uso del espacios públicos, especialmente en personas mayores y en mujeres con niñas y niños pequeños.
Las mujeres, las diversidades y las personas mayores son más propensas a sentirse inseguras en zonas mal iluminadas, puesto que la falta de luz incrementa el riesgo real y percibido de sufrir agresiones o accidentes, reduciendo y limitando su disposición a salir por la tarde o noche, afectándose su posibilidad de acceso a servicios y actividades sociales (Davis, 2017).
La falta de equipamientos urbanos pensados para todas las edades y géneros, la ausencia de parques infantiles y espacios para niñas y niños, desincentiva la posibilidad de apropiarse de los barrios, recorrerlos, caminarlos, usar bicicletas o transporte público, obligando a los ciudadanos a adaptarse a lugares improvisados, o quedarse en casa.
Un urbanismo de proximidad, policéntrico, inclusivo y sostenible debe pensar en la reconfiguración de los espacios, a partir de la experiencia corporal y subjetiva: desarrollando las ciudades con espacios que permitan hacer pausas, descansos con una mayor sombra, agua, baños con lugares para el juego y la contemplación; con calles iluminadas, caminables, accesibles y conectadas; elementos sin los cuales se dificulta aún más la vida diaria de las mujeres y de los ciudadanos en general (Carlos Moreno, 2023).
Las desigualdades espaciales se añaden a las injusticias propias de los roles tradicionales de género. En nuestras ciudades, esto se aprecia cotidianamente en la falta de centros comunitarios o servicios accesibles para el cuidado y la cultura, guarderías, parques para niñas y niños, comedores, centros de salud, equipamientos barriales de proximidad, viviendas dignas y asequibles, espacios verdes, y barrios inclusivos, que promuevan una mayor cohesión social (Ana Falú, “Mujeres en la ciudad: de violencias y derechos”, 2009).
El Derecho a la Ciudad, nos decía Henri Lefebvre, incluye no solo el acceso físico a los diferentes servicios y espacios, sino también contar con la posibilidad de influir en cómo se diseñan y gestionan los espacios, porque, de lo contrario, el espacio urbano se convierte en un lugar de opresión para las mujeres, las diversidades y las llamadas minorías.
El espacio no es neutro
El espacio urbano, ya sea la ciudad, el barrio, el hogar o el espacio laboral, refleja y refuerza las estructuras de poder. Las jerarquías sociales se materializan y se inscriben en la manera en cómo se configura el espacio físico:
Zonificación y segregación: Las ciudades suelen estar divididas en zonas por grupos económicos. Las grandes mayorías económicamente más afectadas suelen estar en áreas con menos recursos urbanos (escuelas, servicios de salud, transportes, mobiliario urbano, áreas verdes y de recreación, etc.).
Movilidad diferenciada: No todas las personas pueden moverse con libertad y seguridad. Las mujeres racializadas, los grupos LGBTQI+ o migrantes enfrentan mayores restricciones y peligros.
La disputa por espacios adecuados no puede pasar por alto el reconocimiento de la interseccionalidad, comprendida como las diferentes identidades: género, raza, clase, orientación sexual, que interactúan para crear experiencias, ya sean de opresión o de privilegio (Kimberlé Crenshaw, “Desmarginalizado la intersección de raza y sexo”, 1989).
La configuración del espacio nos revela que los problemas urbanos no son solo cuestiones de infraestructura o diseño, sino que están profundamente entrelazados a problemáticas de género, poder y justicia social.
El urbanismo inclusivo, sostenible y solidario debe interpelar cómo se planifican las ciudades y a quiénes benefician:
¿Quién decide dónde se deben poner parques, transporte, servicios básicos?
¿Qué cuerpos se consideran «normales» al diseñar espacios? (ej.: baños, transporte, calles, aceras).
¿Cómo se invisibilizan ciertas experiencias (por ejemplo, el trabajo doméstico o de cuidados) en el espacio urbano?
¿Por qué los chicos tienen espacios para el deporte y el juego físico, y las chicas son empujadas hacia los espacios de paso o zonas periféricas?
¿Quién diseña la ciudad? Hombres adultos. ¿Quién usa la ciudad? Todos, pero las mujeres y niñas son las menos consideradas en la planificación urbana.
Urge repensar el urbanismo y el desarrollo de las ciudades desde las necesidades y experiencias de los sectores más vulnerables, con espacios seguros para mujeres, niñas, niños y personas mayores, con transporte público accesible y asequible; para personas con discapacidad o trabajadoras pobres, con múltiples espacios y áreas urbanas libres de violencia.
Los diseños de ciudad suelen estar orientados a las necesidades de quienes usan el espacio de manera directa y continua (regularmente hombres trabajadores o ejecutivos), y no a las trayectorias múltiples y complejas de las mujeres o adultos mayores que suelen combinar trabajo, compras, cuidados, etc.
Dejar atrás la virilización de las ciudades
Las sociedades a lo largo del tiempo han construido una oposición jerárquica entre lo masculino y lo femenino (Françoise Héritier, 1996):
Lo masculino, concebido como activo, exterior, público, productivo, valioso.
Lo femenino, asociado a lo pasivo, interior, privado, reproductivo, y, por lo tanto, menospreciado.
Estas oposiciones se ven inscritas también en el espacio: lo público (o la ciudad) se convierte en el espacio de dominio masculino, mientras que lo privado (el hogar) se asigna al campo de lo femenino.
Esta distribución no es natural, ha sido construida culturalmente y reforzada, a partir de la manera cómo organizamos espacios, calles, plazas, edificios; esta configuración cultual-urbana refleja y refuerza la dominación masculina, propia de una tradición judeocristiana, heteronormativa y falocéntrica.
La estructura del espacio transmite mensajes de quién puede estar allí y cómo. Esta apropiación del espacio se traduce en el control social del cuerpo femenino, puesto que se espera que las mujeres adapten su comportamiento al espacio. Esto conlleva de manera implícita, moderar vestimenta, evitar ciertos lugares, ciertas horas, o aprovecharlos solo por momentos.
La virilización urbana se percibe en los patrones masculinos de apropiación y uso del espacio (Chris Blache y Pascale Lapalud, 2014) con:
Espacios diseñados para la circulación rápida (coches, motos). Predominio de usos vinculados a lo productivo (trabajo, transporte) por sobre lo reproductivo (cuidado, encuentro, ocio compartido).
Espacios recreativos orientados a prácticas asociadas al género masculino (ejemplo: deportes competitivos), ausencia de áreas verdes y de esparcimiento para toda edad.
La virilización urbana favorece la velocidad, el control de espacios y territorios, valores tradicionalmente asociados a lo masculino, dejando de lado las necesidades de cuidado, socialización y pertenencia. La ciudad se desarrolla así, con espacios funcionales, estandarizados, con no-lugares[1] concebidos para producir, no para vivir, con un diseño que se impone, sin tener en cuenta a quienes más la sufren cuando lo habitan.
Funcionalidad y homogenización de los espacios
La planificación y el desarrollo urbano no pueden estar centrados únicamente en la funcionalidad o en la virilización urbana, que tienden a homogeneizar el espacio y borrar su diversidad cultural, la memoria colectiva y los significados y símbolos. No pueden pasar por alto, la dimensión social y cultural del espacio, o lo que Guy Di Méo (1996) denomina, el «espacio vivido».
El modelo urbano -neoliberal- dominante genera espacios fragmentados, segregados (ricos/pobres, centro/periferia), que debilitan la cohesión y el tejido social, desvinculando a las personas de sus territorios, haciendo que las personas ya no se sientan parte del lugar donde viven (Guy Di Méo, 1996).
La ciudad concebida como objeto técnico, nos dice Guy Di Méo, disuelve la identidad territorial creando no-lugares carentes de sentido para quienes los habitan, transformando el espacio público en un producto de consumo, restringido a quienes tienen poder adquisitivo, mientras que los demás quedan excluidos.
Construir ciudad es decidir sobre lo común
Cuando hablamos de un proyecto de Quito, ciudad que Renace, es oportuno plantearse la recuperación de los espacios, desde el cuidado, la proximidad y la diversidad de ofertas o posibilidades. No basta con pensar únicamente en construir edificios e infraestructuras eficientes, estandarizados y homogéneos.
La ciudad debe promover poco a poco, cada vez más, espacios públicos con diseño, con concepto, seguros, acogedores, accesibles para todas las personas. Retomando las ideas del pensador de la ciudad, Carlos Moreno (2025), el desafío es volver a religar la vida cotidiana a circuitos cortos, activando las redes locales de aprovisionamiento, ya que entre más servicios de proximidad tengamos, menos desplazamientos obligados deberemos hacer.
Mejorar la calidad de vida es recuperar el tiempo, favoreciendo el consumo local y la interacción social, en espacios públicos activos, seguros, multiusos, con plazas y calles peatonales, corredores seguros, con lugares que permitan fomentar el encuentro social, la movilidad no motorizada y la reducción del tráfico (Moreno, 2025).
Es necesario comprender el espacio, como un campo en disputa, también para la salud y la justicia ambiental. Para ello, es necesario incrementar los corredores verdes, creando continuidad entre parques, bulevares y aceras, mejorando la calidad del aire, la sombra, la biodiversidad y la regulación térmica.
Un modelo de ciudad inclusivo, sostenible y solidario tiene que ser policéntrico, y contar con centros culturales, salas polivalentes para actividades artísticas, guarderías, centros de salud y de cuidado, espacios diseñados para facilitar la vida cotidiana, especialmente de niñas, niños, mujeres y adultos mayores (Moreno, 2023).
Reactivar lo común en espacios urbanos es preocuparse por aumentar la seguridad, especialmente en zonas transitadas por mujeres y grupos vulnerables; esto es, incrementar la iluminación en las principales vías y avenidas de la ciudad, sobre todo en zonas transitadas por niñas, niños, mujeres, estudiantes y grupos vulnerables.
Quito, ciudad que renace, debe recuperar y rediseñar sus espacios públicos con una visión inclusiva, sostenible y de proximidad.
[1] No-lugar: son espacios de transición, de paso o de consumo donde las personas están presentes, pero no construyen vínculos significativos entre ellas ni con el entorno. Es un espacio que carece de identidad, historia y relaciones. Marc Augé (1992): “Los no-lugares. Espacios del anonimato».



