Cuando la trovadora de la infancia, Gabriela Mistral, mater doliente de la poesía chilena, elevó su canto a los niños de su país, la voz de la maestra rural distaba aún de reflejar la realidad de la infancia por esos años en Chile: Piececitos de niño, / azulosos de frío, / ¡cómo os ven y no os cubren, / Dios mío! / poetizaba Gabriela, con maternal ternura, sospechando que no era el frío el único peligro que se cernía sobre los niños del mundo.
Corrían los años veinte, cuando los niños y niñas chilenos fueron desplazados desde las floridas quintas suburbanas a los contaminados patios de los conventillos, y de las pedregosas orillas del río Mapocho a las acequias de aguas servidas que cruzaban en dorsal el conventillo de Santiago, donde se infectaron y allí a menudo los sorprendió la muerte.
“Los niños nacen todos iguales, pero no son iguales. El amor los concibe y el subdesarrollo los separa”, escribía en su crónica para la revista Ercilla, el periodista Fernando Barraza, sobre la precaria situación de la infancia en el continente sudamericano a comienzos del siglo XX.
Ecuador no difería mucho del resto de la región, y se debatía entre el crecimiento demográfico y la pobreza de su gente. Entre los años 1910 y 1923, periodo en el que se produce una de las epidemias más importantes del mundo occidental, la gripe española (1918 y 1919) y, para la ciudad de Quito, la tifoidea de 1913, fueron motivos de elevada mortalidad infantil cuyas causas tienen que ver los problemas sanitarios.
El claro subregistro de natalidad y mortalidad hacía imposible dimensionar el verdadero drama de la infancia en el país, producto de las enfermedades de la pobreza que denunciaba el Código Sanitario Internacional: la disentería, la erisipela, la tifoidea, el sarampión y la tuberculosis. Además, había que agregar la gripe que no constaba en el Código, pero que ha sido incluida en las estadísticas desde que invadió al Ecuador a fines de 1918.
La infancia hoy
Ha transcurrido un siglo desde entonces y los cambios sociales y políticos no han hecho variar la situación de la infancia en el contexto mundial. En uno de los reportes del organismo internacional UNICEF, se indica que “en todo el mundo hay millones de niños y niñas afectados por los conflictos, los efectos del cambio climático, los desplazamientos, los brotes de enfermedad y el aumento de la pobreza a los que se está privando de sus derechos fundamentales”.
Las cifras han venido variando a menudo para mal, cientos de millones de niñas y niños son víctimas de conflictos armados -con decenas de miles de muertas y muertos-, de violencia, desnutrición, trabajo infantil y violación a sus derechos humanos. El reporte es dramático: “más de 460 millones de niñas y niños que están sumidos en situaciones de violencia devastadoras; unos 180 millones de menores de edad sufren de pobreza alimentaria, y más de 2 millones 500 mil infantes padecen desnutrición aguda grave y quedarían sin alimentos terapéuticos este 2025; 148 millones de niños y niñas menores de cinco años están afectados por retraso en el crecimiento; 340 millones tienen carencias de micronutrientes; más de 150 millones de menores se ven obligados a trabajar; se acerca a 100 millones la cantidad de niñas y niños víctimas de violencia; mil 600 millones de menores de edad sufren violencia en su entorno familiar o del hogar”.
No obstante, otras cifras engrosan la estadística precaria de la infancia en el mundo proporcionados por Naciones Unidas: la violencia se cobra la vida de un promedio de 130.000 niños, niñas y adolescentes menores de 20 años. El aumento histórico de las crisis humanitarias afectará a 213 millones de niños en 2025, según Unicef, y 109 millones de infantes son víctimas de desplazamiento. Cerca de 550 millones de niños o niñas (aproximadamente 1 de cada 4) viven en un hogar donde la madre ha sido víctima de actos de violencia causados por su compañero sentimental, señala otro dato de UNICEF.
Se estima que 210 millones de menores de edad, de 146 países, requerirán de algún tipo de ayuda humanitaria, con el agravante de que dicha asistencia es imposible de lograr a nivel mundial. Este panorama desolador tiene lugar cuando este 1 de junio se conmemora el Día Internacional de la Infancia, una infancia sin duda robada por la negligencia de los poderes fácticos en el contexto del capitalismo salvaje que proclama la perversa “libertad económica”, paradigma neoliberal de muchos gobiernos, organismos nacionales e internacionales, personajes públicos y el mundo político e incluso entidades responsables de la infancia y la adolescencia.
En este mundo de infancias robadas las más funestas estadísticas corresponden a los países atrasados con desorden institucional -como Ecuador- en zonas populosas y rurales de América Latina y África. Son los enclaves del mundo que exhiben los peores indicadores sobre la niñez y la adolescencia, con falta de acceso a salud, educación y seguridad.
Capítulo especial requiere la situación de la infancia en Gaza, con infantes víctimas de la agresión del sionismo del Estado y ejército de Israel donde han sido asesinados 322 niñas y niños, más de 660 fueron heridos y 50 mil menores de edad palestinos están desnutridos y 14 mil bebes están en peligro de muerte por falta de alimentos, nutrientes y medicinas.
En el Día Internacional de niños y niñas, la infancia robada a la que denunció en su poesía maternal Gabriela Mistral, después de un siglo en el oprobio social continúa siendo un estigma de vergüenza mundial.



