En la sociedad ecuatoriana se han sacralizado términos intocables, o mejor, inalterables como dolarización, democracia, libertad o justicia que forman parte de una mitología del poder, esgrimida como argumento del país democrático que todos dicen construir.
La dolarización, por ejemplo, es un sistema monetario adoptado cuando nuestra moneda sucumbió desvalorizada ante la especulación con la divisa norteamericana en manos de banqueros y traficantes. Lo que fue un síntoma de corrupción económica con un dólar de compra, uno de venta y otro de mercado negro, se convirtió como por arte de magia en una moneda impuesta a un cambio conveniente a los tenedores de dólares en ese aciago momento de nuestra economía criolla. Así, el dólar que era el instrumento de especulación en manos inescrupulosas resultó ser el sepulturero de nuestra divisa nacional, el sucre. Y como ya no hubo con qué especular, se decidió la dolarización como solución a un problema de corrupción e inflación descontrolada. Hoy no hay vuelta atrás.
De igual modo, la democracia es una forma de vida a la que se atribuye cualidades inexistentes. Con razón se dice que las mayorías no siempre tienen la razón, se equivocan e incurren en no pocas e irreflexivas elecciones políticas; sin embargo, celebramos todas sus decisiones bajo la convicción de que votar es libertad, sin sopesar la responsabilidad que implica.
Por lo general en un país con apariencia democrática se elige por rechazo, por mensajes repetitivos en redes sociales y luego nos sorprendemos de que asuman el poder aquellos que actúan en forma pragmática, no quienes mejor piensan o lo hacen reflexivamente, y terminan gobernando improvisados con alto parlante, mediocres con eslogan, sirvientes del poder con rostro populista que regentan un país hipotecado.
Uno de los mayores eufemismos de la política es atribuir a las elecciones el carácter de una fiesta democrática, cuando no hay nada que festejar, cuando el resentimiento decide más que la razón, cuando la ignorancia que soslaya las propuestas electorales es un factor de decisión. No importa si la convicción por quien gritó más alto es la única razón que nos hizo elegirlo y lo elegimos desde el descontento, la ignorancia o el resentimiento.
Nos han vendido la democracia como garantía de justicia, pero nunca nos dijeron que el voto no pesa por reflexivo sino por abultamiento, por carga montón en una sociedad idiotizada por las campañas del terror, fragmentada por el odio, saturada de sinsentido y carente de contenido. Lejos de ser una victoria democrática es una lotería disfrazada de derecho.
Nunca nos enseñaron a sufragar preguntándonos por quién estamos votando y por qué, la respuesta suele ser dramática, votamos por odio, votamos para eliminarlos a todos, votamos sin creer en nadie no por quien tiene los mejores argumentos, porque la política se volvió una comparsa y vota el pueblo que no está formado ni informado de un proyecto común. Hoy, a la hora de votar, pocos piensan en colectivo; se vota por intereses particulares, por el provecho inmediato, por la promesa vacía, por la amenaza desenfadada. Y el resultado es un títere de los poderes fácticos, un payaso de la política visible en el poder. Y la razón es porque a la elección le faltó razón, argumento reflexivo, racionalidad y se impuso la baja pasión, lo instintivo y viral.
Los políticos de viejo y nuevo cuño lo saben, por eso ya no pretenden convencer sino distraer con candidatos improvisados de apariencia atractiva, de evidente juventud a pesar de su inexperiencia, aquel que posa mejor como salvador de la Patria, pero obedece como esbirro a poderes foráneos.
Esto que es un fenómeno cultural de nuestra sociedad tercermundista, es el fruto de haber reemplazado educación política por marketing electoral, filosofía por libros de autoayuda, pensamiento por consumo. Una sociedad que no cultiva el pensamiento crítico y analítico no debe sorprenderse de que los sujetos pensantes jamás lleguen al poder. ¿Cuáles son los motivos de celebración? La aglomeración de votos, la ilusión de haber decidido quienes nos gobiernen, la apariencia de haber tenido voz y voto. Bien lo expresa Jacques Maritain, para la autoridad el poder es absolutamente necesario, pues con el poder la autoridad logra, a través de la fuerza, la obediencia que necesita para imponerse.
Hay realidades y palabras llenas de vaciedad como las mencionadas al comienzo de este artículo: dolarización, cuando el dólar comienza a perder terreno firme frente a otras monedas de cambio; democracia que no garantiza justicia y solo avala lo que ocurre sin importar qué; libertad que se convierte en un simulacro de la voluntad de elegir, o política cuando deja de ser el poder del pueblo y es el desastre.
Lo más dramático no son estos deslices del poder, sino la carencia de memoria, la reiteración de los eufemismos cada día lo mismo. La facilidad de olvidar que el poder solo cambia de rostro en las mismas manos. La democracia no es la suma de las partes cuando la ignorancia se expresa en mayoría y el poder que se reelige no se disputa, se resigna.



