Nunca pensé que iba a sentarme como jubilado en un escaño de la Plaza Grande a dejar pasar el tiempo. A constatar cómo ha transcurrido la historia que el devenir de los años dejó plasmada en monumentos, inscripciones murales y testimonios arquitectónicos. Esta plaza es un referente histórico, pues se trata de la plaza mayor de la capital, epicentro político del país ubicado en el casco antiguo en el Centro Histórico de Quito y vestigio colonial de la ciudad.
El entorno de la plaza se encuentra flanqueado al occidente por el Palacio de Carondelet, en el que “bajo su pórtico solemne los oidores de la Real Audiencia escuchaban al pueblo. Es un palacio construido para escuchar, para hacerse oír; abierto, de dos grandes puertas, con patios y corredores y amplísima azotea (…) entre helénico y andaluz que más tiene de casa y de convento que de castillo o palacio, aunque su título fue el de Palacio Real”, según versión del periodista Anselmo Cantillana, publicada en 1975, en el diario El Tiempo.

Al sur se encuentra la Catedral Metropolitana de Quito, construcción de estilo mudéjar en sus pilares, arcos, alfarjes, y en el artesonado en madera de cedro; y reminiscencias góticas en sus arcos apuntalados, las naves del crucero, y la girola que rodea al presbiterio. Al norte se encuentra el Palacio Arzobispal de Quito y varios edificios, y al oriente, el Palacio Municipal de Quito. De pujos palaciegos, la plaza no admite dudas de que es el centro del poder político y eclesiástico del país.
Fue en los inicios del siglo XVII, en el año 1612, cuando los poderes de la ciudad se trasladaron a los alrededores de la plaza Grande, como decidieron llamarla por ser la de mayor tamaño en aquel entonces. El primer Cabildo de la ciudad reservó para Francisco Pizarro un terreno en la esquina noroccidental de la plaza, en donde su hermano Gonzalo construyó una residencia privada que perdura hasta la actualidad.
Durante varios siglos después de la fundación de Quito, la plaza Grande no se trató de nada más que una gran explanada empedrada con una fuente de agua en el centro, alrededor de la cual se levantaba a veces una improvisada plaza de toros. Por iniciativa del presidente Gabriel García Moreno, a fines del siglo XIX y hasta mediados del XX, la Plaza Grande fue convertida en un jardín de estilo francés, con una verja que la rodeaba y varias portadas en los costados.

Alrededor de 1890 la fuente de agua construida en el siglo XVII fue reemplazada por un monumento a Isabel La Católica. En 1903, el presidente Eloy Alfaro ordenó la construcción de un monumento para conmemorar el centenario del Primer Grito de Independencia del país. El conjunto escultórico se ubicaría en el centro de la plaza y en un acto público celebrado en 1906, el presidente de la república y el alcalde de la ciudad develaron el monumento al que bautizaron como Monumento a la Independencia y cambiaron el nombre colonial de la plaza por el de Plaza de la Independencia.
En la parte superior del monumento se erige la imagen de la Dama de la Independencia, representada por Libertas, diosa romana de la libertad. En la base del pedestal sobre el cual reposa Libertas se aprecian cuatro placas conmemorativas fundidas en acero con relieve. La principal, colocada por el presidente Eloy Alfaro, cuenta la historia del Primer Grito de Independencia. Otra muestra la escena de la firma del Acta de Independencia de Quito, mientras que la tercera placa contiene el texto del Acta. La cuarta placa representa la escena del asesinato de los próceres de la Independencia, sucedido el 2 de agosto de 1810.

Escenario Histórico
La plaza, escenario de trascendentales acontecimientos, es también un museo viviente y relicario arquitectónico de la ciudad. En ella han tenido lugar hechos notables de la vida política del país. En la Plaza de la Independencia, se congregaron los patriotas para llevar a cabo el Primer Grito de Independencia, movimiento que marcaba el inicio de la lucha por la independencia de la Real Audiencia de Quito. El 2 de agosto de 1810, la plaza fue escenario de la masacre de los próceres, quienes fueron asesinados en el Cuartel Real de Lima (en Quito) por órdenes del conde Ruíz de Castilla.
En el flanco suroccidental de la plaza, el presidente Gabriel García Moreno fue asesinado por conspiradores liberales el 6 de agosto de 1875, después de haber dominado la política ecuatoriana desde 1860. Un puñado de manifestantes sorprendió al caudillo en la entrada del Palacio Nacional en Quito, y le propinaron sucesivos golpes de machete y disparos de revólver. Se ponía fin a una dictadura eclesiástica en Ecuador (1861-1875), caracterizada por un régimen opresivo, pero a menudo eficaz en sus fines reformistas, que finalmente le costó la vida a su caudillo conservador. Lo había matado la pluma del influyente intelectual ambateño, Juan Montalvo.
A pocos metros, los balcones del Palacio de Carondelet han sido testigo de celebraciones, procesiones religiosas, y varios episodios de inestabilidad política en la reciente historia de Ecuador. En los interiores de la plaza tuvo lugar el 1 de septiembre de 1975 el asalto de un grupo de militares comandados por el general Raúl González Alvear que se sublevó contra el dictador Guillermo Rodríguez Lara, quien gobernaba el país desde febrero de 1972; y aunque el mandatario no se encontraba en ese momento en Palacio, la guardia presidencial resistió al asalto.
El 5 de febrero de 1997, grandes marchas de protesta llegaron hasta las cercanías del Palacio, durante el golpe de Estado en contra del presidente Abdalá Bucaram. El depuesto presidente fue evacuado del Palacio en una ambulancia por la Guardia Presidencial y enviado al exilio en Panamá. Quienes derrocaron a Bucaram lo acusaron de llevarse consigo varios costales con dinero.
Durante el golpe contra Jamil Mahuad, el 21 de enero de 2000, el Palacio también fue asediado por manifestantes, pero Mahuad no se encontraba en la sede de Gobierno, por lo que se declaró su «abandono del cargo». La Junta que derrocó a Mahuad, presidida por Lucio Gutiérrez, tomó posesión del Palacio de Gobierno para su efímera dictadura de pocas horas.
El 20 de abril de 2005 se produjo otro golpe de Estado, esta vez para derrocar al presidente Lucio Gutierrez. Los manifestantes asediaron el Palacio de Gobierno, y Gutiérrez tuvo que huir a bordo de un helicóptero que aterrizó, en una maniobra inédita, en la terraza de la Residencia Presidencial y lo trasladó al aeropuerto de Quito.
Estos acontecimientos tuvimos la oportunidad de cubrirlos periodísticamente para la televisión ecuatoriana. No sin riesgos, cuando una turba durante el derrocamiento de Bucaram intentaba asaltar la sede de Gobierno y nos aprisionó contra las puertas cerradas del edificio custodiado por los Granaderos de Tarqui, tradicional guardia de palacio cuya oportuna intervención nos salvó de sucumbir aplastados por la muchedumbre que presionaba por ingresar al palacio.

Sentado en un escaño
Hoy la historia es un pálido reflejo del pasado en la memoria. Caminando por la Plaza de la Independencia este 23 de mayo, vísperas del aniversario de la Batalla de Pichincha, veo llegar las delegaciones internacionales al Palacio de Gobierno, invitados a la ascensión del mando presidencial del mandatario reelecto.
El lugar permanece cercado por vallas metálicas resguardadas por militares y policías vestidos con ropa de combate, chalecos antibalas y pertrechados con armas de gruesos calibres en un ambiente tenso, ajeno al pueblo que observa a distancia detrás de las vallas. El escenario es el de una dictadura militar por la presencia castrense que rodea la Catedral y vigila en las afueras del Palacio de Gobierno, junto a efectivos armados y agentes de los servicios secretos de seguridad, hombres y mujeres, rigurosamente vestidos con traje negro, intercomunicadores con audífonos y armas que sobresalen sus vestimentas sobre las que lucen credenciales plastificadas colgando del pecho. Sus movimientos son mecánicos, evidentes, previamente estudiados escoltando a sus jefes que descienden de vehículos blindados. Se escuchan himnos castrenses interpretados por bandas uniformadas que se funden a las órdenes de los superiores a la tropa. Los espectadores esgrimen sonrisas irónicas, alguien grita algo que llama la atención de los vigilantes que regresan a ver al manifestante. Los agentes reaccionan instintivamente tratando de localizar el origen del grito popular, en ese instante quedan al descubierto quiénes cumplen qué labor en ese lugar. Los protocolos son demasiado obvios, apenas una caricatura de aquellas fugaces apariciones públicas que solía hacer Pinochet en Santiago de Chile, rodeado por sus guardaespaldas y agentes secretos.

¿Qué hace un presidente elegido por votación popular cercado en el palacio del poder? ¿Qué teme el mandatario que se aísla de esa manera del pueblo que lo eligió?
Las delegaciones continúan arribando en vehículos con placas diplomáticas en un desfile de automóviles de alta gama. Hay sonrisas forzadas, gestos exacerbados de los encargados de la parafernalia protocolar. Algunos agentes hablan al celular moviéndose aparatosamente de un lado al otro, no se sabe quién imparte y quién recibe órdenes. Visto a la distancia desde algunos metros, la escena parece una película, con escasos actores principales y muchos extras. De no ser porque es la nonfiction de la realidad actual del país.

Atrás quedaron los días cuando la plaza era un recinto de libre acceso popular y los viejos se sentaban en los escaños a evocar añejas glorias. Las muchachas se tomaban fotos con sus enamorados delante de la cámara del fotógrafo de la plaza. Los niños se trepaban a los leones del monumento independentista central del lugar. Una viejecita vendía caramelos y chicles, otro muchacho coreaba unos helados de crema, otro señor mayor vendía unos pitos con forma de pájaros de cerámica con agua en su interior que reproducían el trinar de las aves. Un lustrabotas afanosamente sacaba brillo a los zapatos de un transeúnte. Un predicador, a voz en cuello, repetía salmos del evangelio. Un gringo, en pantalones cortos, dejaba golpear su cámara Canon en su voluminosa barriga.
Hoy todo aquello parece reproducirse igual, pero entre la vida cotidiana del pueblo llano y sus mandatarios hay una distancia insalvable, separados por vallas metálicas, tropas de combate, policías amnistiados previamente antes de hacer “uso progresivo de la fuerza”, agentes secretos de evidente identificación y escoltas oficiales.
Agobiado por un sol que ahora caldea la plaza, me siento en un escaño de la plaza a dejar pasar el tiempo, a constatar como transcurre la vida. Una vida que no se vive a plenitud en la plaza de la ciudad ajena de un país que ya no nos pertenece.



