Por Fausto Segovia Baus*
Los vientos de la modernidad y posmodernidad modifican los comportamientos de los seres humanos, en los cuatro puntos cardinales del planeta. Las religiones -como expresiones culturales- tienen ahora contrapuntos severos en las tecnologías y sus herramientas, aliadas a procesos de secularización que inciden en la construcción de la civilización del espectáculo.
Las sociedades cambian de paradigmas otrora estables y permanentes, a otros pasajeros y desechables. Se ha instalado en el mundo el relativismo que invoca la precariedad, lo contingente y lo variable, frente a valores tradicionales considerados absolutos centrados en los dogmas.
Estos cambios son cualitativos y se observan en todos los países, con mayor o menor incidencia de las tradiciones, hoy desbordadas por la mediática, el desarrollo de las ciencias, la urbanización, la desintegración de las familias y la crisis de una educación instalada en un sistema que reproduce y no innova.
¡El mundo gira -tambaleante- desde un modelo que formaba feligreses a otro que intenta construir ciudadanos! En las siguientes líneas algunas reflexiones.
La matriz cultural: religión y poder
Si revisamos la historia del Ecuador identificamos, desde el punto de vista sociológico, dos tendencias: 1) la nacida y consolidada a raíz de la llegada de los españoles a estas tierras andinas, con la implantación de un sistema de pensamiento colonial que marcó a la sociedad. 2) En este contexto, el idioma, las leyes monárquicas, la dominación política y las estructuras sociales, económicas y religiosas generaron procesos de hibridación cultural, según Néstor García Canclini, que dieron origen al mestizaje.
La religión y el poder vinieron unidas y se consolidaron con el paso del tiempo, desde la conquista, la colonia, la independencia y la época republicana. Esta “marca” -de dominación y sumisión; de imposición y obediencia; de colonizadores y colonizados-, subsistiría en el ser y modo de ser de los ecuatorianos. Varios estudios apuntan en esa dirección, y no es otra que la matriz cultural que está impregnada en nuestra sangre y en nuestra mentalidad.
La religión vendría a ser el hilo conductor del tejido social que aportó con sus misiones y evangelización a la reproducción del modelo de pensamiento colonial, y también, a degradar, en casos, -duro pero cierto- las culturas nativas, ricas en saberes y organizaciones sociales y políticas prehispánicas.
La libertad religiosa fue una de las principales preocupaciones del Estado liberal que surgió luego de la Revolución Francesa de 1789.
Patronato, Concordato y Laicismo
Una muestra de este connubio entre el poder y la religión fue el denominado Patronato, ley que arrogaba a los reyes españoles, la capacidad de erigir nuevas diócesis, trazar límites; convocar sínodos nacionales y regionales; erigir monasterios; nombrar curas, obispos y canónigos.
Más tarde, en la época republicana, Gabriel García Moreno negoció con el Vaticano un Concordato que concedió privilegios a la Iglesia Católica para designar a sus sacerdotes, y se reservó para el Estado el derecho a oponerse a la “promoción de eclesiásticos indignos o perturbadores”. La denominada “Carta Negra” -Constitución Garciana de 1869- estableció, entre otras disposiciones polémicas, que para ser ciudadano era obligatorio ser católico. El Estado y la Iglesia habían asumido el maridaje del poder.
Y ya en siglo XX, Eloy Alfaro expidió, el 19 de octubre de 1908, el siguiente decreto: “Declárase del Estado todos los bienes raíces de las Comunidades Religiosas establecidas en la República”. “Adjudíquese las rentas de los bienes determinados en el artículo primero, a la beneficencia pública”. La ley de “manos muertas” rigió desde entonces. A esta disposición se unieron otras relacionadas con el divorcio, la educación de las mujeres y el establecimiento del laicismo en el Ecuador.
Corrientes liberales y socialistas
Estos cambios paradigmáticos fueron señales inequívocas del paso progresivo de una sociedad anclada a sistemas de un marcado pensamiento religioso a otro diferente centrado en la libertad de cultos y un modelo Estado enarbolado por el laicismo y nuevas relaciones económicas y políticas, con fuerte influencia de corrientes liberales provenientes de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad y Fraternidad-, y socialistas rubricadas por la Revolución Bolchevique de 1917.
En ese tráfago, la historia del Ecuador registra acontecimientos donde los escenarios mundiales incidieron en la forma de pensar y vivir de los ciudadanos, tales como la Primera Guerra Mundial, la Gran Recesión, la Segunda Guerra Mundial, la creación de las Naciones Unidas, la Guerra Fría, la posterior caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas -URSS-, y la llegada de la globalización.
El Ecuador -inserto en el escenario internacional- cambió sucesivamente de gobiernos, pero no de mentalidad, porque la matriz cultural se mantuvo y mantiene. Valiosos estudios contribuyen desde diversas miradas a repensar el Ecuador de hoy. “Ecuador, señas particulares”, de Jorge Enrique Adoum; “Las costumbres de los ecuatorianos”, de Oswaldo Hurtado Larrea; “La selva y otros demonios”, de Juan Valdano Morejón; “Entre la ira y la esperanza”, de Agustín Cueva; “Mitos de la ecuatorianidad”, de Erika Silva, entre otros.
La ética laica en la Constitución
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el Art. 18, expresa: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
La vigente Constitución de 2008, en el preámbulo, “invoca el nombre de Dios y reconoce nuestras diversas formas de religiosidad y espiritualidad”.
El Art. 3 establece en el literal 4, entre los deberes primordiales del Estado, “Garantizar la ética laica como sustento del quehacer público y el ordenamiento jurídico”. Y el Art. 28 sostiene que “la educación pública será universal y laica en todos sus niveles, y gratuita hasta el tercer nivel de educación superior, inclusive”.
La Ley Orgánica de Educación Intercultural, Art. 2.- Principios, literal y) “Garantiza la educación pública laica, respeta y mantiene la independencia frente a las religiones, cultos y doctrinas, evitando la imposición de cualquiera de ellos, para garantizar la libertad de conciencia de los miembros de la comunidad educativa”.
Origen del laicismo
Según el DRAE, la palabra laicismo viene del adjetivo laico, procedente del latín laicus, basado en el griego laikos, forma derivada de laos = pueblo, más el sufijo –ico = relativo a. Es una voz que se oponía a klêrikos = clérigo. “El laicismo es una doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, de toda influencia eclesiástica o religiosa”.
Durante mucho tiempo, el laicismo fue anatemizado por la Iglesia Católica por considerarlo una expresión de la masonería, que se sostiene en criterios citerioristas; es decir, por propagar una ética neutral en lo confesional, humanitaria, anti sobrenatural y contrario al clericalismo: influencia del clero en el interior del Estado y en la sociedad.
El laicismo nació en el siglo XVIII con la Revolución Francesa, y tanto los conceptos como las praxis han evolucionado hasta nuestros días. Se identifican tres estadios: el laicismo temprano, de confrontación de los poderes políticos y religiosos; el laicismo medio, que intenta articular las ideas del Estado y la Iglesia; y el laicismo moderno, que afronta contradicciones -con matices- no sólo con los dogmas de origen religioso, sino también con los de carácter ideológico-político que, en el siglo XX, arribaron a expresiones extremas de dogmatismo político, tanto o más dogmáticos que el poder confesional: el nazismo y el socialismo bolchevique.
¿De feligreses a ciudadanos?
En el siglo XXI, pese a observarse ambientes de relativa tolerancia religiosa y política, los fundamentalismos -calificados en algunos países como movimientos terroristas-, constituyen serias amenazas para la humanidad porque confluyen aspectos religiosos, económicos y políticos.
En los ámbitos regionales y locales, el laicismo ha dejado de ser un factor de disgregación o confrontación. Hay varias razones: los feligreses profesan su fe, con independencia del poder político, con plena libertad; y las interferencias del pasado son ahora puentes de colaboración. El Estado y la Iglesia en el Ecuador no compiten por los poderes fácticos, y eso es bueno en un sistema democrático.
La fase superior del laicismo es ahora el pluralismo, cuya expresión más elevada es la tolerancia; es decir, el reconocimiento de la existencia de valores fundamentales: el respeto en la práctica de los derechos humanos con las responsabilidades correlativas; la economía con rostro humano; la educación, la salud y el empleo centrados en la ética civil; y la lucha frontal contra la pobreza y la desigualdad, que no tiene ideologías, colores partidistas ni pendones religiosos.
¡Porque todo el mundo tiene el derecho de pensar, sentir, creer y actuar de acuerdo con su conciencia, y el deber de respetar las diferencias!
*Editorialista, ex ministro de Educación.



