Que un presidente de la República haga de la austeridad su forma de vida es una rareza en medio de la política contaminada por la ambición desmedida de los ricachones que llegan al poder para seguir enriqueciéndose. Esa excepción fue el ex presidente uruguayo, José Mujica, recientemente fallecido de un cáncer terminal. Su muerte ha puesto de relieve al ciudadano, al luchador social y al mandatario que destacó por su filosofía de vida consagrada a lograr la justicia social y la solidaridad, contra la opulencia insolente del poder que pretende hacer de nuestros países un emporio de la miseria.
Pepe Mujica, como fue conocido, era un ser humano que hizo de su vida un acto de lucha contra los poderosos de su país y del continente. Que sumó la esperanza a su bagaje de vida junto a la dignidad y la consecuencia con sus principios y fines. Que hizo suya la bondad como una forma de ser hombre austero, no hombre pobre -como quieren verlo algunos-, porque despreció la pobreza en la vida ajena como un acto de injusticia, y enriqueció la propia con la grandeza de nobles principios. Mujica creía en la justicia, la solidaridad, la lealtad y la verdad. Valores que practicó como ciudadano, combatiente y mandatario.
Había nacido en Montevideo en mayo de 1935, tuvo una infancia privada de lujos y acaso de lo necesario para vivir en su hogar en el campo, donde la carencia de recursos solía ser parte de la vida cotidiana. Trabajó vendiendo flores para ayudar a su madre que enviudó cuando Pepe tenía siete años de vida. Sus padres trabajaban como campesinos y la adolescencia del muchacho junto a trabajadores agrícolas encendió su sensibilidad social, lo que influiría en su visión ideológica. A los trece años desarrolló una gran afición por el ciclismo y ese deporte contribuyó a forjar su disciplina y persistencia.
Militancia Política
Su actividad política comenzó en al Partido Nacional del que fue dirigente juvenil, pero se retiró para crear la Unión Popular junto a sectores socialistas de su país. Militó en el Movimiento de Liberación Tupamaros entre los años sesenta y setenta participando de la actividad clandestina, de la cual Mujica refería que “más que guerrilleros, somos un movimiento en su origen de políticos con armas”, en respuesta a una época turbulenta y una crisis que golpeaba a las clases trabajadoras con gobiernos que imponían la represión contra estudiantes y sindicatos. En un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad Mujica recibió seis disparos, episodio que casi le cuesta la vida. Actividad que le valió la cárcel desde 1972, durante 15 años, en diversas unidades militares como parte del grupo llamado de los “rehenes”, Mujica evocaba así esos dias: “Nos sacaron y nos distribuyeron en unidades militares por años, sin trato humano en condiciones realmente difíciles”. El aislamiento y la represión forjaron en él un pensamiento reflexivo que lo llevaría a renunciar a los métodos armados como herramienta de transformación social.
Luego de obtener la libertad por una amnistía en 1985, José Mujica crea el Movimiento de Participación Popular, dentro del Frente Amplio, y es elegido diputado en 1994 y senador en 1999. En las elecciones presidenciales el 2009 José Mujica participa y obtiene el 52% de los votos convirtiéndose en el presidente de Uruguay. Por su forma de vivir austera durante su mandato fue conocido como el presidente más pobre del mundo.
En su gestión impulsó reformas que posicionaron a Uruguay como un referente en materia de derechos humanos, entre otras, la legalización del matrimonio igualitario como una cuestión de justicia y respeto a la dignidad humana, regulación del cannabis que legalizó la producción, distribución y consumo de marihuana bajo control estatal, reduciendo significativamente el narcotráfico; lucha contra pobreza y desigualdad, fomento rural y creación de nuevas fuentes de energía, creación del Plan Juntos para el desarrollo de la mujer, creación de políticas de Estado en los ejes de seguridad, educación, energía y medio ambiente, impulso a la Educación y a la universidad tecnológica y fortalecimiento de la innovación; en política internacional fomentó la soberanía y la no intervención extranjera. Durante su presidencia mostró una política que se distanciaba de la imposición, el boato y el lujo, y marcó una pauta diferente al apoyar la igualdad de derechos.
Mujica incomodaba a los poderosos que lo convirtieron en su enemigo aun después de la muerte. Bien dijo un ciudadano en redes sociales: “Mujica no fue un político. Fue una herejía. Un error del sistema. Un tipo que sobrevivió a la tortura sin llenarse de odio, que gobernó sin llenarse de soberbia, que se despidió sin llenarse de gloria”.
No obstante, no faltan sus enemigos que no son meros enemigos sino detractores, miserables bravucones encendidos por el odio irracional de la política, incapaces de respetar la memoria de un muerto como si ellos fueran inmortales. No vale la pena aludir a estos odiadores sino para señalar hasta dónde puede llegar la degradación humana.
Mujica encarna un símbolo de la izquierda latinoamericana por su compromiso con los trabajadores y su austeridad en el poder. El legado de José Mujica trasciende lo local, su influencia en la sociedad continental es relevante como político dialogante y anti dogmático, señalando que “la libertad es un tesoro demasiado valioso para arriesgarlo en manos de cualquier dictador”.
La historia de José Mujica, es la historia de quien nunca dejó de creer en la posibilidad de un mundo mejor, menos aun cuando la violencia y el odio parecían condenarlo a la oscuridad. Su vida es una confirmación de que la política, con sus miserias y virtudes, puede ser un acto de servicio y dignidad humana y que nunca se es demasiado pequeño o demasiado grande para luchar por un ideal.



