Vivimos en un mundo donde las cosas no son lo que son, dejó escrito mi amigo Abdón Ubidia, en su preclaro libro Elogio del pensamiento doble. Lúcido y lúdico como es nuestro autor quiteño, me incita a rebelarme contra el discurso de quienes procuran que las cosas no sean como son. Y esto desde ya supone dilucidar entre luces y tinieblas, puesto que ver la realidad a contraluz tiene ventajas y desventuras, permite apreciar su contorno bellamente iluminado con un backlight que perfila su figura con un áurea resplandeciente, y al mismo tiempo ese resplandor obnubila impidiendo ver el mundo donde las cosas son como son.
El discurso siempre será un constructo, como suelen decir los noveleros del lenguaje, un artefacto hecho a medida de quienes pretenden imponer una verdad excluyente de otras, única y solitaria sentencia, predicha. El discurso en sí mismo es totalitario y totalizante, pretende abarcarlo todo sin todo el esfuerzo necesario como quien mucho abarca poco aprieta, como dice la sabiduría popular.
Entre los absolutos -en el fondo, nada más relativo- están las virtualidades del mundo actual, es decir, ese universo vago y simulador que nos quiere pasar gato por liebre tratando de convencernos, es decir, vencernos-con la idea de que lo virtual reemplaza a lo real, como su sustituto perverso, su simulacro. Y el espacio “natural” de lo virtual son las mal llamadas redes sociales -que de sociales poco tienen, y mucho de esquizofrenia individual-, donde la virtualidad que prefiero llamar por su nombre, artificial, osa sustituir al mundo real, haciendo que las cosas no son lo que son.
Lo artificial, por definición propia, es algo hecho por la mano humana, no natural, falso, fingido, postizo, espurio. Aquello artificioso se filtra entre luces y tinieblas y, como una nube que lo envuelve todo, obnubila a ciertos incautos, ilustres desprevenidos o tontos sin lustres, que aceptan que lo in-humano les arrebate el único don propio e irreemplazable del hombre, tanto como de la mujer: la inteligencia general.
Aquella potencialidad real del ser humano de inteligir, es decir, pensar, comprender, correlacionar, tener una idea clara sobre algo o alguien. Ese maravilloso proceso exclusivo del ser humano que tiene lugar en el cerebro, órgano exclusivo y desarrollado en el hombre y en la mujer en capacidad de la dinámica de pensar, gracias a la actividad neuronal y su interconexión cerebral. He allí la Sinapsis, -según los expertos- espacio entre el extremo de una neurona y otra célula donde los impulsos nerviosos se transmiten habitualmente a la célula vecina por medio de sustancias químicas que se llaman neurotransmisores. La neurona libera los neurotransmisores y otra célula del otro lado de la sinapsis los recibe. La célula vecina puede ser otra neurona, una célula muscular o una célula glandular, sin la sinapsis nuestro cerebro estaría “desconectado” y sería imposible el pensamiento inteligente.
Este es un proceso humano, singular y extraordinario, que desde ya echa por tierra una afirmación falsa: que la inteligencia pueda ser artificial, o sus siglas AI. La inteligencia es un proceso natural y humanizado, no artificial ni mecánico. La llamada Inteligencia Artificial (AI) se autodefine como “un conjunto de tecnologías que permite que las computadoras realicen una variedad de funciones avanzadas, incluyendo la capacidad de “ver”, “comprender” y “traducir” lenguaje hablado y escrito y “analizar” datos”.
Diferencias radicales
Los hechos van más allá de las palabras, o mejor, las palabras pretenden rebasar a los hechos. Un claro hecho social, la Educación y sus procesos de enseñanza-aprendizaje dejan al descubierto las limitaciones e imposibilidades de la Inteligencia Artificial, puesto que contradice ese fenómeno cognitivo de aprehender, aprender o apropiarse del saber, hacerlo propio y funcional. Aquella virtud humana de pensar, conocer y tomar decisiones, que la llamada AI pretende hacer mediante máquinas o software que puedan “actuar” como seres humanos.
Precisamente en la dinámica educacional del proceso de enseñanza aprendizaje es que las desventajas, por mencionar algunas, de la AI saltan a la vista: desplazamiento de la actividad humana, sesgo algorítmico, falta de empatía, dependencia tecnológica, desafíos éticos, posibilidad de ataque cibernético, menor resolución de problemas inesperados, entre otras.
En contraste, la inteligencia real “es una habilidad cognitiva o capacidad mental que permite a los seres humanos razonar, planificar, resolver problemas, pensar de manera abstracta, comprender ideas complejas, aprender de la experiencia y adaptarse al entorno”. Esta singular cualidad posibilita a los humanos pensar lógica y sistemáticamente, utilizando información disponible en capacidad de comprender conceptos que no son tangibles y aprender de la experiencia práctica. Esta cualidad permite usar el razonamiento para llegar a conclusiones válidas y se basa en la habilidad del lenguaje y la percepción visual.
La AI pretende ser “lógica” imposibilitada de alcanzar el más elevado nivel de pensamiento humano: la dialéctica y su concreto filosófico, el materialismo dialéctico, cuyo valor metodológico para interpretar y transformar la realidad se ha mostrado, hasta este instante, no superado por otras aproximaciones filosóficas de corte idealista.
Y entre otras diferencias entre AI e inteligencia humana, esta última es, según expertos, una inteligencia general o factor G que es una cualidad general que se refleja en diferentes habilidades cognitivas como la capacidad lingüística, razonamiento matemático, situación espacial, sensibilidad musical, entre otras.
También existe a nivel discursivo la llamada Inteligencia Emocional o “capacidad de comprender y gestionar las propias emociones y la de los demás”. Se trata, a nuestro entender, de un atributo de última hora que reclama a la inteligencia humana cierto trasfondo en el que tenga lugar las emociones, pero es como pedir peras al olmo. La inteligencia es un proceso racional, objetivo y previsible, mientras que las emociones provienen del campo de lo subjetivo e imprevisto.
Tal vez las diferencias más radicales entre AI e inteligencia humana es que la primera resulta absolutamente insensible a la emotividad, en tanto que la inteligencia del ser humano sí puede orientar a sus emociones -bajo ciertas condiciones- y canalizarlas en sus expresiones prácticas.
El amor, la más alta emoción positiva de los humanos, pone en jaque a la AI. El hombre y la mujer inteligentes aman -se aman- y adjuntan a sus sentimientos un factor lúdico en el siempre mágico juego del amor.
Y surge otra diferencia radical, el hombre y la mujer pueden, a partir de su inteligencia y emotividad, poetizar la realidad, construir metáforas, alegorías, hacer comparaciones analógicas. Así surge la Poesía, la más alta expresión de la literatura en capacidad de recrear la realidad.
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche/ Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan azules los astros a los lejos / El viento de la noche gira en el cielo y canta” (Neruda). Estas son afirmaciones poéticas que jamás podrá crear la AI. Como aquella frase memorable de Walt Withman: “Mantén siempre tu rostro hacia el sol y las sombras caerán detrás de ti”.
Del mismo modo que la AI nunca podrá leer sensitivamente estos versos, puesto que como afirmó Roberto Bolaño: “Leer es como pensar, rezar, como hablar con un amigo, como exponer tus ideas, como escuchar las ideas de los otros, como escuchar música, como contemplar un paisaje, como salir a dar un paseo por la playa”.
¿Qué será más duro de soportar, la audacia del ignorante o la ignorancia del audaz? Me rebelo y declaro insurrecto ante estas posibilidades que la AI jamás responderá: ¿Se puede pensar sin sentir o sentir sin pensar? No hay más, seguir incorregibles: pensar recio y sentir recio.
Bien dijo nuestro dilecto amigo Abdón, “cuando un discurso se agota sobreviene la locura, se puede observar en cualquier politico o analista”, a quienes solo queda la debilidad intelectual que buscan reemplazar con AI. Aquel discurso que colinda con el límite de su propia pretensión de suplantar lo humano.
Así como la inteligencia es la torpeza invertida, toda ignorancia supone otro saber, pero la AI no lo sabe. La AI está impedida de conjugar los dos verbos más vitales para que los seres vivos vivan el mundo: amar e inteligir, que sin ellos la travesía humana sería fatua.
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