Si la fe es inexplicable e indestructible por la vía de la razón, ¿será entonces que la sinrazón la destruye? ¿Cuánta sinrazón se necesita para minar la fe de un creyente?
¿En tiempos de cónclaves y elecciones papales el incuestionable poder de la iglesia, gracias al auge del movimiento fundamentalista católico del Opus Dei, será suficiente para conservar la fe como misticismo religioso más allá del fetichismo y la superstición? En Ecuador la pregunta peca por obvia aun cuando todo el mundo apela a Dios en momentos de apremio, más aun en la sierra región que por su topografía, se supone, está más cerca del cielo.
La fe en el país se expresa preferentemente en procesiones y peregrinaciones masivas en las que no faltan los suplicios, las autoflagelaciones y los azotes con una cruz al hombro emulando a Jesús en una de las sinrazones de la fe.
Entre los fervientes de la fe se encuentran moralistas que fungen de opinólogos en editoriales de los periódicos que censuran conductas condenatorias bajo presunción pecaminosa, sobre todo vinculadas con la sexualidad como la condena a las prostitutas, el rechazo al aborto, la condena a la pornografía, entre otras singulares acciones inmorales. Como toda moralina estas posturas ponen más énfasis en las presunciones pecaminosas reñidas con lo divino, que en los actos de injusticia humana.
Estos días de elección pontificia es posible que poco importe si el nuevo Papa resulta ser un hombre justo o un prelado reaccionario que vuelve los ojos a Dios mientras da la espalda a los hombres. El mencionado cónclave deberá dilucidar el perfil del nuevo jefe de la iglesia y al mismo tiempo deberá definir el rol de la institución católica en un mundo que se aleja de la fe.
La fe que resta no será suficiente si nada más se expresa en la veneración a figuras religiosas ornamentales de templos y capillas evocando santos de todos los pelajes en el país más reverente del mundo -más que el propio Vaticano-, que enfatiza el temor por sobre el amor a Dios.
Dicho temor explica el martirio en las procesiones, mientras la sinrazón de la fe da cuenta de la existencia de presuntos milagros que habrían tenido lugar en la historia, como es el caso de vírgenes que han hecho su aparición o su manifestación milagrosa como la Dolorosa que habría llorado en presencia de unos adolescentes, o la Virgen del Cajas, en el sur del país, que hablaba por boca de una feligresa mientras ésta caía en trance.
En Ecuador no existen carnavales religiosos, pero sí peregrinaciones con cristos especializados en alguna mesiánica labor como el Jesús del Gran Poder y el del Carmelo. No existen santos consagrados, pero si vírgenes regionales, la Virgen del Cisne en Loja, y en Pichincha, la Dolorosa y la Virgen del Quinche.
La fe en el país tiene sus parcelas. Si bien el Ecuador se declara mayoritariamente católico, existen los evangélicos o protestantes que niegan la intermediación de los curas ante Dios evitando la burocracia eclesiástica en su relación con la deidad. Los mormones, en cambio, participan de una suerte de agencia de empleo en sus templos promoviendo cofradías cerradas, fundamentalistas y excluyentes.
En Ecuador no hay ateos confesos, hasta el más escéptico comunista se convierte en el lecho de muerte. Lo cual confirma que si bien la razón no explica ni destruye la fe, es la sinrazón motivo de la llamada crisis de fe. Esta crisis de credibilidad es vista en el país como una tendencia a no asistir a las iglesias, es decir, como un alejamiento de Dios, y poco importa si esa crisis mantiene la fe en la justicia divina en beneficio del hombre. Esto confirma que importa más la dedicación que el hombre presta a Dios que la dedicación que el creyente recibe de la divinidad.
No es de extrañar, entonces, que no se de mayor importancia entre los fieles si el Papa resulta justiciero o un enajenado cura ajeno al sufrimiento humano. Ecuador exhibe un fundamentalismo religioso poco humanista con escasas excepciones de notables representantes de la iglesia que destacan por su acercamiento a los pobres o a los indígenas, como los sectores más vulnerables de la sociedad. En términos generales, la iglesia católica ecuatoriana ha estado históricamente junto al poder.
Ahora, de cara al legado del Papa Francisco la iglesia habrá de redefinir su postura, no sin el riesgo de sismas internos, presiones políticas externas, manipulación de la fe entre sus adeptos buscando alinear la posición institucional con los nuevos tiempos.
En otras expresiones de fe en el país no existen demonios públicos, en cambio se habla de ciertos duendes conocidos como “chuzalongos” o “chiros”, no necesariamente diabólicos que habitan bosques y montañas en las peñas de los Andes. También son importantes los chamanes como objetos de fe entre los indígenas, en tanto guías espirituales, sanadores y líderes comunitarios. La creencia en hechos no confirmados es otra manifestación de fe, como la existencia de tesoros escondidos, el tesoro de los Llanganates es un ejemplo histórico atribuido al inca Atahualpa.
Todas las formas en que los habitantes del país expresan su fe en algo o alguien, por lo general refiere a lo sobrenatural, sin embargo, el ecuatoriano difícilmente expresa fe en sí mismo y sus potencialidades humanas frente a cuestiones más terrenales. Por eso el aspecto humano del Papa importa menos y se privilegia como expectativa su mística religiosa.
Y si bien la fe es inexplicable e indestructible por la vía de la razón, la crisis de fe se manifiesta en la duda que no alcanza a ser cuestionamiento racional. Pienso luego existo, no existe en la mente humana, creo luego sobrevivo es su reemplazo. Cuestión de fe.



