Por: Julio Peña y Lillo E.
“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante” Marx y Engels (1979:50).
El advenimiento del neofascismo en la política y la vida cotidiana de un país suele manifestarse de forma progresiva, con la paulatina afectación a las instituciones democráticas y con la posterior concentración del poder en la máxima autoridad, para debilitar o eliminar el principio de la división e independencia de poderes.
Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo (1951)”, nos recuerda que los regímenes totalitarios nacen del desprecio a la ley y a las instituciones, a las cuales pretenden socavar, a través de figuras creada ad hoc con un fin determinado. Así, en el caso ecuatoriano, tenemos la destitución inconstitucional de la Vicepresidenta, la designación de sus tres reemplazos a dedo, el incumplimiento del proceso establecido de pedir licencia como Presidente para ser candidato, etc., etc. (La Pizarra, 2025).
El neofascismo aprueba las prácticas atentatorias del Estado de Derecho, justificándolas como un medio legítimo para alcanzar los fines políticos que se propone, presentándolos como necesarios para garantizar el orden, así esto implique pisotear el Estado de Derecho.
Un Estado neofascista se sostiene a través del uso del miedo, la represión y la manipulación, denostando los derechos humanos y políticos. En Ecuador esto se ha podido apreciar con la proscripción de la carrera electoral de Jan Topic -mayor rival de Daniel Noboa-, con la declaración de los múltiples Estados de Excepción, incluso el último, a pocas horas del día de la elección, o con la prohibición del CNE del uso de dispositivos móviles a los electores durante el acto del sufragio en las Juntas Receptoras del Voto (La Pizarra, 2025).
Frente a todos estos atropellos la Misión de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) ha manifestado su preocupación por los claros indicios del uso de recursos públicos y del aparato estatal con fines proselitistas durante la campaña (Ecuavisa, 2025).
Las instituciones avocadas a defender la democracia, aplican las reglas con doble estándar. Lo que vivimos en las elecciones del 2025 salta a los ojos. La analista Paulina Mogrovejo (2025) nos recuerda, que tuvimos actos oficiales transmitidos en campaña, promoción de la figura presidencial, uso de recursos públicos disfrazados de gestión, entregas de cocinas de inducción, electrodomésticos y kits de alimentos en zonas empobrecidas, bonos económicos, como mecanismos para influir en el voto mediante dadivas, en pleno calendario electoral.
Por otro lado, a otros candidatos o figuras públicas se los examina con lupa, se les sanciona, a pesar de que las infracciones más evidentes, cuando vienen desde el poder central, se les ignora. Esta desigualdad institucional no es un problema técnico, es una manipulación jurídica que permite que lleguen al poder personas, que, en condiciones normales, no habrían podido ser si quiera candidatos (por cuentas en paraísos fiscales Lasso y Noboa).
No podemos hablar de Democracia, cuando las reglas no se aplican por igual, cuando el acceso al poder depende de la billetera. Sin instituciones imparciales, con un verdadero compromiso con los derechos de la gente, la democracia se convierte en mera fachada. Cuando la irregularidad es la norma, cuando las leyes se doblan para unos y se endurecen para otros, no es democracia, son las dinámicas propias al neofascismo.
Hoy no ganan elecciones las mejores propuestas, ni quien respeta la Ley, gana, quien puede financiar campañas millonarias, con las cuales se vulnera las leyes y la institucionalidad a su antojo. Al neofascismo no le interesa el pluralismo de ideas o de posiciones políticas diversas, se asienta en la exclusión o persecución de grupos considerados como “otros” o como amenazas: opositores políticos, minorías étnicas, inmigrantes (demonización de los extranjeros, como el claro ejemplo de los EEUU con Trump), etc. (Franklin Ramírez, Radio Pichincha, mayo 2025).
Estas dinámicas poco democráticas son las que en la vida cotidiana empujan a la polarización de la sociedad, puesto que anulan toda posibilidad de abrir espacio a la deliberación, al reconocimiento de las otras posturas políticas, incrementando la hostilidad entre los diferentes grupos de la sociedad. El neofascismo busca acallar las diferentes postura y expresiones para favorecer la obediencia y el pensamiento binario (del nosotros vs. ellos).
Aquí podemos recordar lo sucedido con el cuadro titulado: «El nuevo Ecuador ha resolvido«, del artista Lars Obrist Olate, que fue retirado de la exposición del Salón Luis A. Martínez de Ambato (El Universo, 2025).
En el caso ecuatoriano, el neofascismo no es simplemente capitalismo autoritario, sino a su vez, narco-capitalismo. El actual presidente de Ecuador, Daniel Noboa, es dueño de la empresa que es socia mayoritaria de una de las grandes exportadoras involucradas en escándalos de tráfico de cocaína hacia Europa (Publica.org, 2025). Junto al record que posee Ecuador de exportaciones de coca -hacia Europa- en el año 2024, en este año, el país ha registrado otro record histórico, con 2.361 homicidios, haciendo de Ecuador el país más peligroso de la Región (El País, 2025).
Robert Paxton, en “La anatomía del fascismo” (2004), nos recuerda que este régimen busca “movilizar sin empoderar”, es decir, da voz a las masas, pero sin democratizar el poder, las instituciones, la redistribución de la economía y las oportunidades. Es aquí donde se puede apreciar el vínculo entre régimen fascista y anticorreísmo.
El anticorreísmo
El neofascismo que vemos posicionarse paulatinamente en Ecuador, de la mano del ala política considerada anticorreísta, se caracteriza por no destinar recursos a los sectores de: salud, educación, infraestructuras o servicios públicos. Apuesta por posicionar, como elemento indispensable para el “desarrollo” del país, el mantenimiento del ajuste y los recortes sociales, afectando directamente la calidad de vida de las grandes mayorías.
Al debilitarse los mecanismos de redistribución la brecha entre ricos y pobres se profundiza, incrementa la desigualdad y los ciudadanos quedan sin sistemas eficientes de protección. Al fulminar las políticas de solidaridad, se abre la puerta a la delincuencia, al crimen y la violencia que se han quintuplicado en lo últimos 8 años. La afectación de lo público impacta inmediatamente en la vulneración de derechos.
Podemos decir que, en Ecuador, retomando a David Chávez (en: “Las élites temen a un Estado que no puedan controlar por sus negocios», Otro relato, 2025), el hábitat natural de las derechas se traduce en nuestros días, en un odio anticorreísta, o un rechazo a los sectores populares, a los cuales los llamados intelectuales de derecha –en una lógica maniquea (buenos Vs malos)- han llegado a tildar de delincuentes.
El anticorreísmo no es una identidad política intelectualizada. La derecha no está preocupada por el uso de la racionalidad en el análisis de los resultados de una buena gestión pública, en donde se preocupe por el impacto de la reducción de la pobreza, de la desigualdad, o de un crecimiento económico con mayor redistribución, incremento de los servicios públicos de calidad, etc. No les preocupa quién es más eficiente, más capaz, quién puede ejecutar mejor los recursos del Estado o quien tiene una mejor visión de planificación.
El anticorreísmo se ha posicionado como una identidad política ligada estrictamente al odio y al rechazo a cualquier expresión política de izquierda y particularmente a las propuestas políticas de la Revolución Ciudadana (Chávez, 2025).
En el neofascismo, las pasiones se anteponen a las razones, porque para este tipo de ideología es necesario apelar a las emociones más intensas como el miedo (“vamos a ser Venezuela”), la rabia o el odio, para poder generar cohesión social y preservar o consolidar el poder. En el caso ecuatoriano, nos dice Chávez, (2025), en la derecha se puede identificar dos grandes tipos de anticorreísmo el Ingenuo y el Fanático.
El Anticorreísmo Ingenuo: se caracteriza por aquellos que quieren convencerse, con “Fe” ciega -cueste lo que cueste- que Moreno, Lasso o Noboa sí “han hecho cosas”, no se sabe muy bien qué, pero algo habrán hecho.
El Anticorreísmo Fanático: caracteriza a aquellos electores que, estando completamente conscientes de que estos tres representes de la derecha (Moreno, Lasso y Noboa) han sido pésimos gobiernos, sostienen la tesis de que hay que combatir e incluso de ser posible, aniquilar al correísmo, porque supuestamente para ellos, es una amenaza para el país y la sociedad.
Para este sector del anticorreísmo, no importa si como país tenemos que sufrir, padecer, retroceder, desmantelarlo todo, no importa si Moreno era un traidor a la patria, Lasso un incompetente, o si Noboa es un cínico mentiroso que no ha hecho y no hará nada más que beneficiar sus intereses privados y corporativos; este sector apela a que los votantes ecuatorianos sigan apoyando a estas figuras, a pesar de condenar al país a un retroceso sin precedente.
Las élites y este sector de la sociedad ecuatoriana con este tipo de proceder antidemocrático, revelan un pánico absoluto al posible retorno de un Estado que no puedan controlar, o poner totalmente al servicio de sus intereses. Por ello empujan y sostienen a estas dos grandes vertientes anticorreístas, que se niegan a volver a perder el control del Estado, incluso, a sabiendas de que se tratan de pésimos gobiernos. El anticorreísmo neofascista vende y promueve soluciones simples pero falsas: “eliminemos a tal grupo y todo irá bien”.
Reproduciendo de esta manera lo que tenemos en América latina y en Ecuador por siglos, el reino de los regímenes oligárquicos y plutocráticos, que manejan el Estado como una hacienda, propio de las Repúblicas Bananeras.
Y estas son las posiciones que configuran el sentido común o el framing instalado por los medios de comunicación en todo el Ecuador.
El framing de los grupos de poder y medios de comunicación
El framing (o “encuadre”), es un término que proviene de la psicología cognitiva, especialmente del trabajo de George Lakoff y de Daniel Kahneman, quienes explican que los marcos mentales afectan la forma en que interpretamos los datos, lo cual influye en cómo las personas lo perciben, entienden y reaccionan ante él.
El framing mediático en Ecuador, controlado por los medios de comunicación privados, vulneran y amenazan la democracia, puesto que su agenda tiene el poder de decidir qué temas se destacan (“vamos a combatir al correísmo”), y cuáles se ignoran (no hablaremos de incremento de la pobreza, de la desigualdad, de falta de inversión pública, etc.).
El sector privado al controlar los medios de comunicación, como nos recuerda Noam Chomsky en «Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media» (1988), puede priorizar y anteponer historias que benefician sus intereses comerciales o políticos, dejando de lado cuestiones críticas para la sociedad, influyendo directamente en la percepción pública y limitando las posibilidades del debate democrático.
Es así como en el caso ecuatoriano, hemos podido ver cómo los medios utilizan técnicas de framing para manipular la manera de cómo se perciben ciertos grupos, eventos o políticas. Por ejemplo, recordemos los levantamientos indígenas del 2019 o 2023, en donde se manifestaban en movilización permanente por la defensa de sus territorios y de sus demandas históricas como pueblos y nacionalidades. Los medios de comunicación enmarcaban estas acciones como la expresión de un movimiento social “violento”, “radical”, deslegitimando sus reivindicaciones, sus necesidades y sus causas, afectando así la capacidad de poder influir en un cambio político.
Los regímenes autoritarios como los vividos con Moreno, Lasso y Noboa se han servido del framing para construir enemigos comunes, como son el movimiento indígena y el correísmo, con el fin de legitimar una mirada o percepción negativa hacia estos sectores, y generar una cohesión interna que blinde cualquier posibilidad de alterar o modificar el orden, o el statu quo.
Por otro lado, los actos violentos del régimen como invadir un Embajada, pueden presentarse como “defensa nacional” o “sacrificio necesario”, anteponiendo un framing emocional, en lugar del procesamiento racional y el respeto al Derecho Internacional y al debido proceso.
El control del sector privado sobre los medios, también les permite levantar campañas de desinformación o de Fake News, con la propagación de noticias falsas que tienen como objeto confundir a los ciudadanos y erosionar la confianza en los adversarios políticos.
Aquí podemos citar como ejemplo, la campaña realizada con mucha fuerza desde el gobierno central, en la que señalaban que el correísmo busca desdolarizar la economía, cuando sabemos que, en realidad, fueron los partidos políticos ADN del presidente Noboa, PSC, Construye e independientes, los que no apoyaron la creación en la Asamblea Nacional de una comisión para tratar la enmienda que permita reconocer al dólar como moneda oficial (La Hora, 2025).
Cuando los medios no reflejan la realidad, sino que la alteran a su conveniencia, se genera una desconexión entre los ciudadanos y los representantes políticos, en detrimento del análisis crítico que requiere una democracia (Jürgen Habermass, en «The Structural Transformation of the Public Sphere, 1962).
Estas prácticas comunicativas de los grupos de poder, afectan la democracia, limitan el acceso a información objetiva, diversa y distorsiona el debate público para favorecer los intereses particulares sobre el bien común.
Este framing es el que va a configurar el mainstream neofascista y anticorreísta, que como vemos no es algo neutral ni espontáneo, sino todo lo contrario, se trata de la modelación de una cultura política profundamente influida por las relaciones de poder.
El mainstream
El término «mainstream» hace referencia a las ideas, creencias, actitudes, o prácticas que la mayoría de la gente acepta como “normales” o “de sentido común”. Gramsci en los “Cuadernos de la Cárcel”, nos recuerda que las clases dominantes gobiernan, porque logran una hegemonía al conquistar el consentimiento activo de las clases subordinadas, a través de las ideas, de la cultura, y de las instituciones.
De esta manera, logran que sus valores sean aceptados como universales o “naturales”, legitimando incluso un orden económico desigual o unas posiciones neofascistas, como las vividas en Ecuador, con el anticorreísmo. Cuando este mainstream se vuelve dominante, los derechos y el bienestar social pasan a ser sacrificados, impactando negativamente en la calidad de vida de amplias capas de la población.
En Ecuador, el mainstream imperante en los últimos 8 años ha erosionado los derechos, la protección y servicios sociales, posicionando una cultura política que opera en detrimento de los intereses de la mayoría de la población y de los principios democráticos. Esto crea un ciclo de desigualdades sociales que se perpetúan en ámbito político, limitando así la posibilidad de hacer efectivas otras salidas, o alternativas de representación política.
Como podemos ver en Ecuador, un gobierno como el de Noboa, con una economía mafiosa, concediendo favores fiscales a los grandes sectores económicos, con una violencia superior a la de Haití, con un quemeimportismo absoluto hacia el Derecho Internacional, con cárceles convertidas en carnicerías humanas, sin crecimiento económico, con zonas en guerra como Duran, con un sistema eléctrico que pende de un hilo, en definitiva, sin ningún mérito; ha resultado electo, se debe en gran parte, a una erosión permanente de la democracia, que permite que las élites económicas moldeen el framing o la agenda política y cultural con la cual configuran un mainstream a su favor.
La tarea que le queda entonces, a ese otro sector de la sociedad que no comparte los designios de esa hegemonía neo fascista-anticorreísta, es la de disputar y alterar ese sentido común predominante, es la de mantenerse organizados y activos en todos los espacios, en torno a un proyecto que priorice el bien común. Y ese trabajo debe darse, sobre todo, en los campos de la cultura, la política, la economía y las Redes Sociales.
Es imperativo abrir los espacios para articular las demandas y reivindicaciones de las diversas clases y fuerzas sociales, organizaciones indígenas, campesinas, obreras, feministas, populares, para poder reconstruir los valores comunitarios, solidarios de una urgente agenda postneoliberal.
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