Corrían los años sesenta y nosotros los de entonces vivíamos el privilegio de la juventud rebelde y mientras junto a Paul Nizan estábamos convencidos de que los veinte años no eran la edad más hermosa de esta vida y Sartre nos instaba la parricida celebración de la prematura muerte de nuestros padres, había un latinoamericano nacido en Arequipa, Perú, que despuntaba al tenor del boom literario de la región.
Como el adolescente que creció leyendo Conversaciones en la Catedral , y latinoamericano con vocación progresista, la muerte de Mario Vargas Llosa nos inspira sentimientos encontrados ante la estatura del escritor que acompañó buena parte de nuestra juventud y luego, como el intelectual orgánico de la derecha que hizo política activamente y desencantó a sus seguidores literarios borrando con la siniestra lo que había escrito con su inspirada extremidad diestra.
Cómo no admirar al escritor que declarara ufano: “El mundo de la literatura, el mundo del arte, es el mundo de la perfección, es el mundo de la belleza”. En la década de 1960 novelas como La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral, iluminaron nuestra juventud. El tiempo empañó la admiración por el autor que en su adolescencia, luego de simpatizar con el socialismo, participó en la política universitaria a través de Cahuide, nombre con el que se mantenía vivo el Partido Comunista Peruano, entonces perseguido por el gobierno de Manuel Odría, entre los años 1948 y 1956, contra el que Vargas Llosa se opuso a través de los órganos universitarios y en protestas callejeras.
En 1962, visita Cuba como corresponsal durante la crisis de los misiles y expresa simpatía por la Revolución Cubana, a la que consideraba de carácter libertario. Su cercanía con el proceso revolucionario lo lleva a participar como jurado del premio de novela de la Casa de las Américas en 1965. No obstante, en 1967, tras el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, rompe con el régimen de Fidel Castro, marcando un giro en su postura política.
Como presidente del PEN Internacional, organización mundial de escritores, en octubre de 1976 envía una carta al dictador argentino Jorge Rafael Videla denunciando que fuerzas oficiales y comandos armados vestidos de civil han perseguido intelectuales. Durante el régimen militar peruano Juan Velasco Alvarado apoya las reformas del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, como la entrega de tierra a los campesinos, participación de los trabajadores en la gestión y propiedad de las empresas, el rescate de recursos naturales y la política nacionalista independiente.
La segunda muerte
No hay peor destino que el de un renegado. La crónica de su actividad política posterior señala que a partir de la década de 1980 se adscribió al liberalismo. Vargas Llosa en 2011 fue nombrado primer marqués de Vargas Llosa por el rey Juan Carlos I de España, y continuó su carrera política fundando el movimiento Libertad.
Atrás quedaría el escritor comprometido con el cambio social que un dia expresara: “Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Refugio de tristes, nostálgicos y soñadores”. Había fenecido en primera muerte el autor del compromiso con las más encomiables causas de los pueblos.
Qué difícil resulta separar al autor de su obra y quizás no tiene caso, puesto que en Vargas Llosa es inoficioso, no existe quien considere que no ha sido un gran escritor. Pero en la cruda realidad no es verdad que solo ha hecho literatura, cuando es el activista de las más reaccionarias causas. Su obra es a la vez literaria y política y esa ambivalencia, precisamente, genera sentimientos opuestos, dos emociones contradictorias como la admiración y el rechazo.
Es muy probable que el propio escritor instara hoy a sus seguidores a recordarlo como defensor ardiente de lo que preservó durante los últimos años de su vida, su convicción en ideas políticas neoliberales que reflejan el declive de los valores democráticos a escala mundial cuando los pueblos deciden el derrotero de la justicia social.
Que no hay muerto malo dice el refrán, pero de lo que se trata es de establecer qué tan bueno fue el muerto en vida. Mario Vargas Llosa, reiteramos, fue un gran escritor en sus años mozos para trocar en la defección ideológica y la decrepitud de sus años posteriores. El Premio Nobel de Literatura 2010 jugó el sospechoso papel de legitimación de ciertos personajes descalificados como Fujimori y su hija Keiko, bajo la presunción de “salvar al Perú del totalitarismo”. El escritor que se hizo reconocido por su obra luego desempeñó el rol de propagandista de valores reñidos con el espíritu y cuerpo de su obra literaria que lo hizo célebre en el boom latinoamericano.
Vargas Llosa fue un defensor del proyecto de la Internacional reaccionaria, apoyando a los políticos conservadores José Antonio Katz en Chile, y a Bolsonaro en Brasil. Es un eximio representante de la pléyade de intelectuales orgánicos que aúpan a personajes a contravía de la historia.
El día menos pensado se convirtió en un vocero de las más recalcitrantes posturas ultraderechistas desde una atalaya académica que camufla y justifica el neoliberalismo político de sus actores. El escritor peruano militó en esa academia eurocéntrica y racista y fue el representante de un perverso clasismo encausado contra sus propios paisanos indígenas peruanos.
Vargas Llosa fue de aquellos que usó la palabra democracia en forma figurativa y llamó a “practicarla bien”; no es difícil colegir qué significado tienen esas palabras en sus labios. Hacer bien la democracia sin duda es hacer que los salvajes, los postergados que Vargas Llosa despreció con una prístina convicción de clase, voten hacia la derecha señalando que las comunidades analfabetas del Perú, tal vez no deberían votar porque lo harán mal.
No hay muerto malo, pero sí vivos menos buenos que, ante su muerte, hacer memoria no significa denostar su vida. La memoria revive su legado tal cual fue y recupera la verdad tal cual es. El trascendental escritor, autor de maravillosas novelas también tiene aquello que lo trasciende, el rol político que jugó como paladín ultra reaccionario en el momento en que en el mundo el fascismo intenta su restauración conservadora, en tanto la región latinoamericana que lo vio nacer requiere de intelectuales más comprometidos con la justicia social y menos desarraigados y desterrados de sus raíces.
Mario Vargas Llosa, a sus 89 años, ha muerto en segundas muertes. Nos quedamos con su obra literaria que lo trasciende, pero sin temor ni favor, repudiamos su activismo político antipopular.



