Más allá del triunfalismo de quién ganó o perdió el debate, la confrontación televisiva entre Luisa González y Daniel Noboa deja claro que ahora hay que ganar las elecciones.
El debate, sin ser una confrontación académica, se reveló como una herramienta de comunicación política, vista por 10.7 millones de televidentes, según el CNE. En tal sentido debió permitir al electorado identificar quién de los debatientes ofrece mejores condiciones de gobernanza y gobernabilidad al país, es decir, quién reúne positivas cualidades para conducir un proceso de toma de decisiones y la capacidad del Gobierno central para atender las demandas de la sociedad.
En ausencia de exquisitez académica lo que hubo fue empoderamiento político. La oportunidad no fue desaprovechada por Luisa González y Daniel Noboa para hacer cumplir una de las características esenciales de un debate: desmitificar al otro, volverlo real a los ojos ciudadanos. En ese afán se vieron enfrentados en una trama de acusaciones relacionadas con eventuales vínculos con el narcotráfico y la corrupción, pasando a un segundo plano las ofertas electorales. Y aquello era previsible puesto que un debate por su formato no genera condiciones para fijar promesas de campaña como se pudiera esperar, por los cortos tiempos en las exposiciones, por las interpelaciones que hay que responder, por la incapacidad de síntesis, etc.
El debate en tal sentido cumplió lo que todo debate supone: ser un medio de agitación emocional más que un espacio de reflexión política. Quienes esperaban y exigían propuestas piden peras al olmo, quienes esperaban mesura reclaman imposibles, puesto que el debate es confrontación a momentos acalorada, no exposición de frías ideas.
Quien haya hecho un mejor uso de aquellos recursos, puede decir que salió ganador en la percepción del votante. Quien haya logrado reposicionar la imagen del contendor en la mente del elector en función de sus intereses y movilizarlo hacia el voto propio, es quien gana el debate, pero otra cosa distinta es ganar las elecciones. Aun así, más importante que el debate mismo interesa el postdebate, lo que ocurre después en la lectura que se haga en la interpretación y en el impacto mediático de la confrontación.
En tal sentido, haber programado el debate con tres semanas de antelación al día de la votación (13 de abril) no es casual, es estratégicamente programado por el CNE en supuesta concordancia con el gobierno. Amparamos esta afirmación en el hecho de que la candidatura oficial se supone conoce qué está pasando en las encuestas con la intención de voto por el candidato oficial, al cual no iban a arriesgar en un debate faltando pocas horas para asistir a sufragar.
En primer lugar, el Gobierno evaluó el resultado del debate como un “empate” de su candidato Daniel Noboa con la opositora Luisa González, en ningún momento se atribuyó el triunfo oficial.
En segundo lugar, los medios televisivos y de prensa buscaron minimizar el impacto que provocó la presentación de la candidata de RC5, posicionándola como “agresiva” y “evasiva” en las repuestas.
Sin embargo, encuestas postdebate señalan como ganadora a Luisa González con un 70% de aprobación contra un 30% de Daniel Noboa. De ser ciertas estas circunstancias se explican en tanto Luisa González exhibió manejo de cifras con datos reales y argumentos técnico políticos en el contenido de sus intervenciones, mientras que en las formas mostró un tono seguro, solvente y a ratos tomando la iniciativa en la interpelación a su contendor. Noboa no se decidía a usar una actitud serena o beligerante, dejando la iniciativa a su interlocutora. Finalmente, optó por el ataque con calificativos e insinuaciones acusatorias como aquello del mote de “rana rene” atribuido a González. La candidata rechazó la burla ofensiva del presidente hacia una mujer, y le exigió respeto calificándolo de “majadero” y miembro del «cartel de los sapos».
Las muletillas reiterativas del presidente Noboa en temas como desdolarización, salvoconducto a Glass, reconocimiento al gobierno “dictatorial” de Maduro, colusión con la delincuencia por parte del correismo pudieron haber hecho mella en la imagen de la candidatura de González, puesto que al día siguiente del debate ya circulan memes de los troles oficiales enfatizando esas supuestas circunstancias.
No obstante, Gonzalez -y en eso radicaría su ganancia en el debate- logró reposicionar al candidato oficial como mentiroso, misógino, incapaz, preocupado de los negocios familiares, vinculado con el narcotráfico y miembro de una familia que debe 90 millones de dólares en impuestos al Servicio de Rentas Internas y que no está dispuesto a cobrárselos. Un presidente que gobierna un país con «más de 72.000 niños y jóvenes que abandonaron el sistema educativo en este último año, y 120.000 niños y jóvenes que no se matricularon”, mientras que a los padres de familia se les está pidiendo dinero para arreglar las escuelas y colegios del país, ya que el “90 % de la infraestructura educativa está totalmente deteriorada». Esta desmitificación del régimen que busca incrementar la votación de González, estaba dirigida al medio millón de votos de Leonidas Iza en disputa, asumiendo Luisa González la representación de los indignados que enfrentan al poder, pero además busca reforzar su voto duro ya mostrado en la primera vuelta.
Habíamos insinuado que “los ecuatorianos debemos evaluar en los debatientes la coherencia de sus afirmaciones, la honestidad en sus convicciones y la factibilidad en su realización. Debemos rechazar la mentira, la demagogia, el insulto, y por último, la estupidez del prejuicio. Sopesar en los aspirantes al poder su capacidad de ejercerlo, medir en su proyecto de vida nacional su interés de lograrlo”. Precisamente, Gonzalez consiguió desmitificar a Noboa y a su gobierno posicionándolo como incapaz para gobernar, incumplido en su palabra y con vínculos de su partido ADN con la narcodelincuencia, incluso como eventual consumidor al invitarlo a un antidoping.
Este efecto político acaso deba ser reforzado por la candidatura de González en el tramo de tres semanas hasta el día de las elecciones para impedir que se diluya en el complejo escenario de una campaña de segunda vuelta que recién comienza y que reforzará la polarización del país.
Una conclusión emanada del debate es que González se posiciona como una líder con autonomía respecto del liderazgo histórico de su movimiento político, con ideas propias y decisión de gobernar el país con independencia de criterios.
El periodo de postdebate hasta el día de las elecciones será una etapa crucial. Luisa González deberá mantener latente en la mente del elector el reposicionamiento que hizo de Noboa y su gobierno. En tanto al mandatario se le suma una desventaja, tener que decidir en el día a día, y estar en campaña permanente como un mandatario proselitista que no oculta la intención de quedarse en el cargo. Adicionalmente tiene como ventaja el acceso a los recursos estatales, apoyo de la prensa pautada, y un alternado comportamiento como presidente y como candidato que le permite ofrecer promesas desde el poder, como becas estudiantiles, créditos productivos, entre otras ofertas.
Esto pasa factura porque el Estado que administra Noboa para la mayoría de los ecuatorianos no funciona, es un Estado que demuestra muchas falencias y genera mucha insatisfacción en la gente. Precisamente eso es lo que González buscó evidenciar en el imaginario colectivo. El diagnóstico de la situación nacional supone que esta crisis permanente obedece a un régimen político oligárquico en el cual existe un grupo económico poderoso que ha logrado capturar el Estado. En esa captura hay una crisis institucional grave porque no hay un respeto democrático sino un debilitamiento estatal constante y eso genera incertidumbre, dudas y ausencia de política social.



