Por Lucrecia Maldonado
No creo que una mujer deba votar por una mujer per se. Ese tal vez es un criterio demasiado simplista y sin mayor sustento. Conocidas mujeres de la historia fueron grandes tiranas y representantes del pensamiento neoliberal a ultranza, como Margaret Tatcher, o incluso rayaron en la psicopatía y el asesinato serial como la condesa Elisabet Bathory, de Europa del Este. También hemos visto a otras ponerse de alfombras del Imperio sin que les importara perjudicar a sus países, tales son los casos de Janine Añez o Dina Boluarte. Y las hay quienes mezclan dos o más de estos atributos, como la inefable y corrupta María Paula Romo.
Pero, así como el hecho de, siendo mujer, votar por una candidata solamente porque es mujer puede resultar altamente cuestionable, también puede ser cuestionable negar el voto a una mujer desde la perspectiva de otra mujer que no valora a la gente perteneciente a su género y por lo tanto comparte las mismas angustias y sufrimiento que otras mujeres.
En todo el mundo, y quizá más en América Latina por diversas circunstancias que sería muy largo comentar aquí, las mujeres llevamos enormes responsabilidades y cargas. El machismo, el sexismo, la opresión, las guerras, los desastres naturales y el imperialismo se han cebado sobre la población en general, en ocasiones, y sabido es que cuando alguna desgracia o desastre, o incluso un simple problema ataca a una población, las mujeres sufren un impacto mayor, muchas veces multiplicado exponencialmente. Son ellas quienes llevan el peso de la familia en todos sus aspectos cuando falta una figura masculina o paterna con quien repartir las responsabilidades. Son ellas, junto con las niñas y niños, quienes reciben el maltrato y la violencia intrafamiliar en mayor escala y dimensión que los hombres (aunque en ocasiones a ellos les toque también algo de esa triste condición).
Por otro lado, en muchas circunstancias, y debido quizá a la experiencia vital, así como a la condición de tener un cuerpo predispuesto a la maternidad, con frecuencia las mujeres pueden ser más sensibles no solo con las necesidades de los niños u otras personas vulnerables del entorno familiar, sino percibir mejor precisamente esa condición de vulnerabilidad y tener propuestas de solución y contención más efectivas y potentes.
Siempre he sostenido que mujeres y hombres no somos, no deberíamos ser adversarios ya que navegamos en el mismo barco, sobre todo cuando atravesamos las turbulentas aguas de la inequidad, enturbiadas por la codicia de otros hombres y mujeres a quienes no les preocupa la solidaridad. El machismo y cualquier otra variante del sexismo también suelen pervertirse a partir de relaciones de dominio y abusos de poder.
Entonces, a partir de todas estas consideraciones, la candidatura de una mujer como representante del pensamiento progresista produce una interesante combinación de cualidades de género y también parte de una visión política amplia y sensible.
Por lo mismo resultaría extraño, por decir lo menos, que otras mujeres miraran a la candidata Luisa González con sospecha o que se resistieran a darle una oportunidad para dirigir el país desde su sensibilidad y desde su experiencia de madre sola que ha sacado adelante a sus hijos y de mujer preparada y fogueada en la administración pública.
Tal vez sea el momento de cerrarles la puerta a los prejuicios no solo de clase, sino también de género que, siendo sinceras, también a veces de instalan en cierto pensamiento femenino. Una mujer a mando de un país devastado por la codicia de sus élites, como es hoy por hoy el Ecuador, tal vez represente la única oportunidad de retomar un cauce saludable hacia la justicia y la equidad, y es tiempo de que todos nos demos cuenta, pero sobre todo las mujeres que hemos vivido esta experiencia desde el seno de nuestras familias.
Ilustración Pavel Égüez



