Tomar una cámara y recorrer las calles quiteñas en busca de testimonios visuales durante tres décadas en el siglo XX, era sin duda un ejercicio contra el silencio y el olvido. Luis Mejía, fotoperiodista ecuatoriano, sin palabras y con imágenes testimoniales fue narrando un relato nutrido de hechos -unos cotidianos y otros “oficiales”-, reconstruyendo así la historia nacional en la memoria colectiva del país. De fotógrafo testimonial Mejía llegó a convertirse en Fotógrafo Patrimonial del Ecuador, como lo denominara el Ministerio de Cultura en el 2009.

Una retrospectiva de su obra se expone en el Centro Cultural Metropolitano en Quito denominada Pasando Revista, la exposición montada con la colaboración de su hijo Iván Mejía vuelve la mirada a tres décadas del Quito convulso de los años 1962 a 1992. Periodo en el cual la cámara de Mejía registra para diarios nacionales, revistas y agencias internacionales personajes, rostros y acontecimientos que se amalgaman con la vida consuetudinaria de la ciudad de Quito.

Desde una mujer betunera, adulta mayor, que lustra los zapatos a otra, hasta una inesperada imagen del presidente chileno Salvador Allende degustando un choclo ecuatoriano durante su visita al país en 1972.

O la imagen simbólica de una mujer anciana que camina delante de una banda municipal “pasando revista”, de cuya imagen la exposición toma su nombre.

Fotógrafo autodidacta
Luis Mejía había nacido en la localidad de Guamote, Chimborazo, el 26 de julio de 1938, se traslada con su familia a la capital al término de los años cincuenta. De adolescente, a sus 16 años de edad, descubre la posibilidad de registrar su entorno con una cámara de fotos que llegó a sus manos, tratando de hacer imágenes como las que veía en revistas famosas de la época y así se convierte en fotógrafo autodidacta y desde entonces la fotografía fue su forma de ser, hasta su fallecimiento en 2024.

En cinco ocasiones recibe el premio al Mejor Reportaje Gráfico otorgado por la Unión Nacional de Periodistas. En 1992, se hizo acreedor al prestigioso Premio OEA por su fotografía sobre los acuerdos de paz entre los presidentes Borja y Fujimori. En 1989 una de sus obras fue seleccionada para el festival Fotofest. En Europa recibió un diploma en reconocimiento a su destacada trayectoria profesional.
El hijo del fotógrafo -Iván Mejía- refiere sobre su padre que “fue un hombre sencillo, sensible y muy seguro de su talento, fue un autodidacta analizando la revista Life de la cual aprendió sobre autores y nuevos enfoques fotográficos. Las fotografías de mi padre son muy conmovedoras, porque, como el mismo dijo: las hacía con la misma pasión a todas, sin importarle a qué o a quién fotografiara”.

Con similar pasión Mejía registra con su lente un traslado funerario de la época, la imagen del primer barril de petróleo que se extrajo en el país y es conducido por las calles de Quito sobre un tanque militar, o la imagen del ex mandatario Galo Plaza acariciando el ganado en su hacienda serrana. También están las imágenes de niños humildes de la calle y una regata de botes en la laguna del Parque Alameda, eventos deportivos, fiestas populares, desfiles militares, balaceras en la Plaza Grande y retratos de personajes históricos, como el malogrado presidente Jaime Roldós.

Son registros hechos con la sensibilidad de un fotógrafo acucioso en la observación fotográfica del mundo. Dicha valoración es ratificada por el fotógrafo y pintor, Hugo Cifuentes: “Luis Mejía vive en su obra la solidaridad con la vida de los demás que es en la historia de los ecuatorianos. Sin valerse de artificios ni efectos pasajeros, sino armado de sus intimas convicciones, va mirando la calle como un libro vivo que se escribe sin palabras. Se nutre en él para luego devolvernos como el pan, pero ya amasado con sus propias lastimaduras de hombre”.
¿Significa entonces que puedan juzgarse las imágenes de Mejía desde una perspectiva ética?
En busca de una respuesta apelamos a la ensayista estadounidense, Susan Sontag, quien nos muestra que la fotografía no es simplemente un objeto de apreciación, sino que en nuestras sociedades modernas puede considerarse incluso como una actitud: el pensar la realidad encuadrada para una fotografía y, por lo tanto, aceptar la realidad –aunque a medias, lo que implica una interpretación de la realidad por parte del fotógrafo cuya obra se asocia a proyectos de denuncia política, injusticias sociales o situaciones de minorías marginadas.

Mejía, testimonial y patrimonial, es fotógrafo que provoca emociones más allá del ejercicio de la memoria que prohíbe olvidar. En ello se vale de narrativas evocadoras creando un relato a través de las miradas fuera de la cámara que transmite sentimientos en gestos y miradas, en los paisajes inhóspitos y los interiores paupérrimos con una fotografía que documenta la realidad sin artificios, con sinceridad.
Las fotografías de Luis Mejía a ratos enseñan la realidad que no nos gusta mirar. No obstante, están allí para ser vistas con los ojos bien abiertos, no de reojo, con la frontalidad de quien no se avergüenza del país que nos muestran en un afán por ejercer un nuevo fotoperiodismo y documentalismo ecuatoriano, bajo una mirada que no acentúa la crudeza ni suaviza la realidad, actitud de la que Luis Mejía deja constancia en su obra.



