“Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”, nos decía Paul Nizan en su libro Aden Arabia, en cáustica confesión de un intelectual irredento de la adolescencia. Nunca antes escritor alguno nos había abofeteado la cara para hacernos despertar del idílico sueño de juventud. Ha pasado medio siglo de entonces que ese letargo de confort fue hecho trizas. Desaparecido el sistema y tú mismo te conviertes en un sistema, adiós a los rebeldes y a la aventura, cuando Nizan explica que “todo amenaza a un joven, el amor, las ideas, la entrada al mundo de los adultos y le resulta difícil saber cuál es su lugar en el mundo”. Los principios absolutos se vuelven más relativos, la seguridad de la infancia en arena movediza, la certeza en incertidumbre y la única forma de asumirlo es tomar riesgos, con la propensión a imaginar futuros nefastos, malos finales y desastres.
La amenaza del amor se presenta sin los momentos mágicos y sin los trucos que oculten la desolación, mientras las ideas amenazan con extraviarnos de nuestro lugar en el mundo y la entrada al mundo de los adultos es una invitación a un terreno desconocido regentado por los padres que, según la afirmación de Sartre, lo mejor que deberían hacer es morirse jóvenes. Puesto que, como afirma Nizan, “nuestros maestros y nuestros padres, tristemente acuclillados en los rincones, levantándose a veces para hacer reír a sus patronos, para entregarles un mando de ilusiones, de argumentos o de justificaciones. Bufones, cómplices: oficios del ingenio. De vez en cuando, nos rogaban que fuésemos pacientes: el mundo iba a ser salvado, próximamente”.
Nizan nos advierte acerca de la torpe idealización de una juventud desdichada o, al menos, inconsciente de su desdicha, que hoy obnubilada con las apariencias tecnológicas desprecia el mundo de las ideas y asume su vida con obsesión exitista y mercantil. Mientras que, en el otro extremo, están los desposeídos cuya aspiracional sigue siendo una utopía. Sin duda que las perspectivas en materia de realización personal para ellos se han ensombrecido considerablemente a medida que la crisis se prolonga. Esta situación angustiosa, unida a la impresión de aislamiento, precariedad y ausencia de perspectivas a corto plazo, amenaza la salud mental de los menores de 25 años. En América Latina y el Caribe, más de un cuarto de ellos dice padecer ansiedad y el 15% se siente deprimido, según Unicef.
Quiere eso decir que la denominada «Generación Z”, como se denominaba antes de la crisis, ¿pasará a la historia como la generación sacrificada? No es tan seguro, porque este grupo etario hace gala de una auténtica resiliencia, palabra por demás sospechosa, que nos habla de una adaptación juvenil. Allí están las redes sociales y el Internet que han servido de caja de resonancia a su cólera y su frustración.
Dejando de lado la tentación de preguntarnos por la actualidad o no actualidad de Nizan, se trata de dilucidar a qué juventud va destinada y dirigida la obra del autor y qué lecciones deja, las tareas que deben ocuparnos en estos tiempos de un nuevo orden internacional y una crisis financiera que cuestiona las bases del capitalismo que ha abierto una inmensa barrera entre la realidad económica y la realidad social. Sin duda, a esta juventud que participa en el juego de elegir su futuro o, al menos, las condiciones políticas que enmarcarán su futuro en un país como Ecuador.
No es pertinente entonces preguntar cuánto de urgente y de vigente tiene ese relato ya mítico que narra un pasado que no fue mejor, porque la historia no reconoce buenos o malos tiempos, sino la fijación sin piedad de una realidad concreta en una geografía específica, escrita en este caso en la bitácora de un desesperanzado.
Es de mayor ética preguntarnos cuánta responsabilidad tiene nuestra generación por haber permitido que este mundo girara hasta la presente tragedia. Habrá que preguntar a un muchacho si los veinte años es la edad más feliz de su vida, en este mundo amenazado por los peligros que acechan.
Adén Arabia es un cuaderno autobiográfico y un reconocimiento del estado del mundo, una denuncia del capitalismo, su filosofía y su cultura que permite a su autor cuestionar también la noción de género literario: «Llega un momento en la vida de un escritor en que se siente obligado a hacer explícitos los principios que rigen su creación (…) Esta necesidad de ver claro que todo escritor experimenta, se hace singularmente imperiosa para el autor que no ve la actividad literaria como un ejercicio gratuito».
Amerita volver a preguntarnos qué nos habrá querido decir Nizan. Será acaso la posibilidad de ser feliz, pero al caer en cuenta de que ya no tenemos veinte años, se nos antoja doblemente imposible. Más aun cuando de la relectura de Nizan nos queda un sabor de boca que nos hace degustar una verdad irredargüible: ninguna edad puede ser la más feliz de esta vida, si no estamos decididos a resignificarla.
Las palabras de Nizan van encaminadas a provocar una confesión y un desafío, abandonar el mundo burgués para defender el derecho al sueño, a la libertad, al amor contra todas las alienaciones. Para ello amerita, nada más, desvelar los nuevos mandarines culturales aposentados en la saciedad o en la autocomplacencia.
Cualquiera sea la juventud a la que va dirigida la obra de Paul Nizan, el autor -como señala Sartre en el prólogo- “puede salir de la fila, hablar de la juventud a nuestros jóvenes… Ellos reconocerán su propia voz. Y él puede decir a los unos: os morís de modestia, atreveos a desear, sed insaciables, liberar las fuerzas terribles que dan vueltas bajo vuestra piel, no os avergoncéis de querer la luna: nos hace falta. Y a los otros, dirigid vuestra rabia sobre los que la han provocado, no tratéis de escapar a vuestro mal, buscad sus causas y destruirlas”.



