A propósito de una reflexión de mi amigo, el editorialista Fausto Segovia B., que da cuenta de cuando fracasan las palabras, constatando que el lenguaje humano se expresa en palabras, y el diccionario registra nuevos vocablos, porque nuestra maravillosa lengua, el español, es un ser vivo (…) También existen palabras moribundas, que no mueren porque quedan en nuestros recuerdos (…) Algunas palabras fracasan no por el contenido -el fondo del discurso- sino por el continente o la forma como es emitido, según las audiencias.
Contrastamos esta idea con la noción de J.P. Sartre, quien sólo piensa en ser grande, estar en el Parnaso, aupándose para ello en la literatura, en las palabras que lee y, sobre todo, en las palabras que ya empieza a escribir, porque «las palabras eran la quintaesencia de las cosas».
¿Qué sería de los sueños sin la palabra, qué de la lucha y el amor? El amor no tiene ideologías, –dice Segovia-, pero tiene utopías, replicamos. El amor convertido en lucha por la justicia, la solidaridad, que se dice es la ternura de los pueblos, encuentran en la palabra poética su más excelsa expresión.
He ahí voces de quienes valorizan la palabra, para quienes el vocablo adquiere su real valor simbólico, denotativo, connotativo y literal, a través de la expresión poética, aquella manifestación de sentimientos, emociones y reflexiones, que puede expresar el ser humano en torno a la belleza, el amor, la vida, la muerte por medio de palabras.
En la poesía a cada palabra corresponde un silencio, su contrario, pero no su muerte en la resonancia de la expresión poética. Cuando ya no basta con el silencio Nos queda la palabra, de Blas de Otero.
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
¿Qué es sino la palabra poética, un arma que abre paso a la rebeldía, como nos sugiere Gabriel Celaya?
La poesía es un arma cargada de futuro.
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / más se palpita y se sigue más acá de la conciencia, / fieramente existiendo, ciegamente afirmando, / como un pulso que golpea las tinieblas, / cuando se miran de frente / los vertiginosos ojos claros de la muerte, / se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades. / Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día, / como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica. / Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo. / Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse. / Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren / y canto respirando. / Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas / personales, me ensancho. /Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, / y calculo por eso con técnica, qué puedo. / Me siento un ingeniero del verso y un obrero que trabaja con otros a España en sus aceros.
El valor agregado utilitario de la palabra quiere ser expresado en nuestro balbuceo poético:
Las palabras
La palabra entonces no sirve / La palabra débil que vacila la palabra /Turbia que ensombrece la palabra / Vieja que predica la palabra /Muerta que sucumbe /La palabra oscura que silencia la palabra / Negra que asesina la palabra / Firme que trabaja / La palabra grande que construye la palabra / Roja que combate / La palabra abierta que esclarece la palabra / Nueva que inaugura entonces / La palabra es un arma



