Afirmar que con el gobierno de Donald Trump en los Estados Unidos se ha reinaugurado una época terrorista, no es un eufemismo ni una metáfora política, no. Es una afirmación literal posible de confirmar en los hechos en un corto plazo histórico. Las decisiones del régimen del millonario norteamericano indican, sin lugar a dudas, que para diversos pueblos del mundo se ha vuelto al terrorismo de Estado desde la potencia del norte. En esa línea de acción, los anuncios de Trump provocan reproduccion e impacto mediático mundial.
Trump anunció esta semana la decisión de que Estados Unidos ocupe y se apropie militarmente, en forma indefinida del territorio de la Franja de Gaza y expulse a dos millones de palestinos hacia otros países que deberían recibirlos. La insólita determinación, propia de la más tajante intervención imperialista, responde a una desproporcionada manera de tratar de imponer el poder estadounidense en el mundo bajo una inédita visión geopolítica.
La decisión de Trump no solo desconoce el derecho internacional que establece que Naciones Unidas (ONU) haya otorgado ese territorio al pueblo palestino para que construya un Estado soberano, sino que además implica un acto de usurpación territorial sin precedentes en los tiempos modernos. Existe un buen número de resoluciones de la ONU que otorgan el territorio de Gaza a los palestinos que son una nación que aspiran a ser un Estado, y que hace 17 años en elección popular eligió a Hamas como sus gobernantes legítimos.
Trump ha dicho, en su acostumbrado tono de prepotencia, que Estados Unidos va a ser el dueño de la franja de Gaza, despreciando la percepción y el derecho de dos millones de palestinos que consideran que la franja de Gaza les pertenece, que esa es su tierra y por tanto su hogar. Dos millones de gazatíes que no se han ido de ese territorio ni bajo la acción de las bombas israelíes y que tampoco lo harán bajo amenaza estadounidense, sin desatar un drama humano de insospechadas proporciones.
La provocación de Trump supone, según sus declaraciones, que Gaza sea convertida por los Estados Unidos en un “paraíso turístico habitado por gente de todo el mundo”, sin los palestinos que deben ser recibidos por países vecinos a cambio de “una pequeña cantidad de dinero” que ha ofrecido Trump a Egipto y Jordania, países que se han negado a aceptarlo puesto que no están dispuestos a recibir a ningún palestino.
La idea de Trump es un disparate por donde se la mire, es un completo disparate ya que tendrá que sacar por la fuerza a dos millones de personas que permanecen en Gaza entre escombros de la guerra. La invasión norteamericana a Gaza anunciada por Trump está fuera de lugar en los actuales tiempos. Se trata de una acción bajo la imposición de un derramamiento de sangre sin precedentes, para convertir a Gaza “en la Riviera del Medio Oriente”. Estados Unidos quiere ser el dueño de ese territorio sin que ninguna autoridad legal le otorgue el derecho de conquistar, invadir y administrar ese territorio. Queda claro que, como Trump es un empresario inmobiliario, estará pensando en que sus propias empresas reconstruyan Gaza con hoteles de lujo, mansiones y destinos turísticos en sus hermosas playas para sus amigos millonarios norteamericanos.
Lo notable es que la utopía de Trump cuenta con la anuencia de Netanyahu, el dirigente sionista de Israel que no ve con malos ojos la expulsión masiva de todos los palestinos de la Franja de Gaza. Trump, en su afiebrado propósito, ha dicho que anhela una franja de Gaza “étnicamente purificada sin palestinos”, un territorio soñado al estilo del sueño americano, donde viva “gente internacional”, suponemos miembros del “jet set judío”, ricachones sionistas dispuestos a comprar apartamentos en las “torres residenciales Trump”, que el magnate gringo estaría dispuesto a construir y venderles en Gaza. El pretencioso ricachón quiere convertir a la Franja de Gaza en un club de Golf, en un hotel cinco estrellas, con torres residenciales con vista al mar, después de remover los edificios demolidos, las bombas bajo los hospitales destruidos, los túneles y los cadáveres que permanecen entre los escombros. El desmesurado proyecto imperialista tiene la aprobación de su amigo Benjamin Netanyahu, socio suyo como grandes conspiradores en el afán de dominar el mundo por la fuerza y pretender reconstruirlo como si no hubiese pasado nada, luego de usurpar los territorios a sus legítimos dueños.
No debería sorprendernos la pretensión de Trump de convertir a Gaza en un club privado, con la misma desfachatez que quiere arrebatarles Groenlandia a los daneses, a los panameños el Canal de Panamá y a los canadienses el país entero para convertirlo en un nuevo Estado de la unión norteamericana. Renovados pujos bajo el imperio de una nueva era de terrorismo de Estado que ha condenado a miles de latinoamericanos deportados a la tragedia de no tener patria y pretender encarcelarlos en el campo de concentración gringo, en la base de Guantánamo, como vulgares delincuentes.
Más allá de la amenaza de Trump, convertida en grosera agresión imperialista, el mundo espera la reacción del pueblo palestino, dispuesto a combatir y resistir con toda su fuerza militar a los invasores norteamericanos, y la respuesta de los países árabes en rechazo a tan inverosímil intención de dominio imperial estadounidense en Gaza.
La anunciada invasión norteamericana a Gaza nos invita a pensar acerca de la capacidad reflexiva del pueblo norteamericano que elige a un mandatario con tales propósitos desenmascarados una vez en el poder. ¿Acaso no conocían al magnate en su papel de tratante de blancas de Miss Universo, o al anchor televisivo que condujo un programa que hacía apología a los abusos patronales con despedidos intempestivos? O es que se hizo necesario que el escritor británico, Nate White, les dijera quién es Donald Trump, cuya personalidad “pone de relieve de manera vergonzosa las limitaciones del mandatario gringo”. Presidente cuya prepotencia “rompe las reglas de decencia básica, que golpea hacia abajo –algo que un caballero no debería, no querría, no podría hacer jamás– y cada golpe que lanza es por debajo del cinturón. Le gusta especialmente dar patadas a los vulnerables o a los que no tienen voz –y los patea cuando están en el suelo (…) Trump es un matón. Esto es, excepto cuando está entre matones (…) siempre ha habido gente estúpida en el mundo, y también mucha gente mala. Pero pocas veces la estupidez ha sido tan mala, ni la maldad tan estúpida”.
Habituado Trump a los efectos mediáticos, por lo pronto, las palabras tienen más impacto que los hechos.



