Corren buenos tiempos para días de infortunio entre los pueblos hispanoamericanos, considerados el patio trasero del imperio del norte, nuevamente en manos del más desaforado de los mandatarios norteamericanos, Donald Trump.
Desafuero acertadamente definido por un conservador como Mauricio Gándara, como el gran garrote. La expresión deriva de la frase “habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos”, big stick diplomacy que el presidente Theodore Roosevelt afirmaba para describir las posiciones de política exterior en su administración, consistente en «el ejercicio de previsión inteligente y de acción decisiva con suficiente antelación a cualquier crisis probable». Forma de diplomacia que suponía poseer una capacidad militar que obligara al adversario a prestar atención, una armada que permitiera actuar con justicia hacia las demás naciones, nunca fanfarronear, actuar sólo cuando se está preparado para atacar con fuerza y estar dispuesto a permitir que el adversario salve las apariencias en la derrota.
T. Roosevelt utilizó la fuerza militar varias veces a lo largo de sus dos mandatos para complementar sus políticas diplomáticas y hacer cumplir la Doctrina Monroe a lo largo de múltiples intervenciones en América Latina. La Doctrina Monroe anunciada en 1823, fue una política exterior de los Estados Unidos que estableció que no se permitirían las intervenciones europeas en el hemisferio occidental y se basó en los principios de no crear nuevas colonias en las Américas, no intervenir en los asuntos internos de los países americanos, no intervenir en los conflictos relacionados con los países europeos, y considerar cualquier intervención europea en los países americanos como un ataque a Estados Unidos. Esta doctrina se utilizó para justificar las intervenciones estadounidenses en América Latina y el Caribe durante el siglo XX.
Como su antecesor, Trump se muestra dispuesto a reeditar la política de el gran garrote hacia países aledaños y en la región latinoamericana. El nuevo presidente norteamericano anuncia que retomará el control del Canal de Panamá, que había sido entregado a ese país por Carter en 1977. El anunció de Trump de recuperar el Canal, si es necesario por la fuerza, debe preocupar al Ecuador porque por esa vía cruzan la mayor parte de sus exportaciones al Atlántico, a Europa occidental, a Rusia y otros destinos, y buena parte de sus importaciones. La medida de Trump afecta a Ecuador que perdería la libre navegabilidad del Canal que es vital para el comercio internacional de nuestro país.
Lo del canal, y la expulsión masiva de migrantes, son los más importantes asuntos con los que el nuevo Destino Manifiesto del presidente Trump nos afecta directamente. Entre las medidas de Trump está la deportación de millones de migrantes latinos del territorio estadounidense, muchos de los cuales serían encarcelados en la Base Militar de Guantánamo, ubicada en territorio cubano ilegalmente ocupado por los EE. UU en la isla. Al momento, según datos de la Agencia de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos y Fox News, hay 31.252 migrantes ecuatorianos que enfrentan órdenes de deportación.
Como la doctrina Monroe, la política exterior de Donald Trump hacia América Latina supone un desmedido endurecimiento de medidas represivas y excluyentes, como el cierre de las vías de asilo en la frontera entre Estados Unidos y México, hasta la suspensión por 90 días de programas clave de asistencia internacional. La orden ejecutiva de Trump ha suspendido la entrada de personas indocumentadas a Estados Unidos bajo cualquier circunstancia, justificándose bajo el argumento de una “invasión”. Otra orden presidencial implica directamente a las fuerzas armadas norteamericanas, que encarga al Comando Norte de Estados Unidos, organismo responsable de las actividades militares en Estados Unidos, Canadá, México y las Bahamas, “la misión de sellar las fronteras y mantener la soberanía, la integridad territorial y la seguridad de Estados Unidos repeliendo las formas de invasión, incluida la migración masiva ilegal, el narcotráfico, la trata de personas y otras actividades delictivas”.
Lo que se aprecia por la información internacional, es que la política migratoria del presidente Donald Trump está causándole serios problemas internos: falta de mano de obra, desabastecimiento en restaurantes y en el campo. La deportación masiva podría costar al presupuesto de EE.UU unos 88.000 millones de dólares al año, una cifra que podría elevar la inflación al tiempo que contrae la economía de ese país. Las deportaciones masivas podrían llevar a las economías latinoamericanas a una recesión. Otra de las órdenes ejecutivas de Trump establece un sistema de discriminación institucional contra las personas trans y con diversidad de género al afirmar que la política estadounidense dividirá a partir de ahora a todas las personas en sólo dos categorías: hombre y mujer.
Estas medidas aumentan y fomentan la discriminación contra poblaciones que ya se enfrentan a la marginación, el estigma y la violencia. Las repercusiones se sentirán en América Latina, donde los países copiarán estas ideas y harán que la región en general sea más intolerante. Otra orden de Trump es congelar toda la ayuda internacional estadounidense hacia la región durante 90 días, mientras el Departamento de Estado y la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca revisan los programas con América Latina.
Garrote en mano, Donald Trump se propone imponer nuevas condiciones a las relaciones entre los Estados Unidos y nuestra región. Solo la unidad latinoamericana podrá rechazar estas políticas del gran garrote y equilibrar las relaciones internacionales con mayor justicia en un mundo cada vez más multipolar en el que el imperio del norte deja de ser el amo del planeta.



