Fue una genuina polifonía lograda entre dos instrumentos disimiles y complementarios, flauta traversa y guitarra acústica,

para lograr una conjunción de sonidos simultáneos en que cada uno expresa su idea musical, pero formando con el otro un todo armónico.

Los ejecutantes, Gustavo Lovato en la flauta, y José Manuel Lezcano en la guitarra, con un pentagrama latinoamericano puesto a consideración de un público también selecto, en Casa Égüez Centro Cultural.
José Manuel, nacido en Cuba migró a los Estados Unidos junto a su familia a los dos años de edad y regresó a su país al cabo de cinco décadas al reencuentro con sus raíces. Génesis cultural que se plasma en su creación musical que acerca lo híbrido en una amalgama de lo popular con lo clásico, definido por lo europeo en la colonización. En gran medida da cuenta de un enfrentamiento, aquello que el otro cubano, Fernando Ortiz, llamara transculturización.

La música de Lezcano encuentra raíces en las resonancias afrocubanas y en el bolero habanero de sonoridades líricas, que José Manuel combina con formas de la música clásica, el rondo, la sonata y fuga de un Bach. Lezcano apuesta en su inspiración por una musicalidad cubana donde encuentra ritmos y estrofas que provienen de los tambores y que el músico traspasa a instrumentos de viento y de cuerda melódicos. El oyente descubre una música nueva con otro impulso, otro color que resulta popular, sin serlo. Sus armonías tienen mucho del jazz, y de la música francesa y europea de inicios del siglo XX, Ravel, Debussy y Stravinsky. Se deja influir por lo barroco en tanto en cuanto adopta el concepto de polifonía y de cierto diseño de la música de Vivaldi. En esa tentativa tonal logra una atmósfera, donde suele haber un clímax.

Gustavo Lovato, en su impronta musical logra codificar el indigenismo, el amor al ritual de los ancestros, con algunos elementos de la música contemporánea como hacedor del patrimonio sonoro del Ecuador y custodio del florilegio musical del país. Músico alegre, Gustavo expresa sus sentimientos a través de la flauta traversa como el flautista eximio que es. Oriundo del barrio América, en el corazón de Quito, Gustavo interpretó sus primeros acordes entre imprentas y los intramuros del Colegio Mejía, donde cursó sus primeros años.

La magia de la flauta lo cautivó por lo dulce de su tesitura y el embrujo de sus resonancias armónicas. Afinado su espíritu en una exquisita sensibilidad, Lovato ingresa al Conservatorio y desde entonces conserva un talento incólume, refinado en sus estudios superiores que le confieren licencia como flautista profesional independiente, compositor, director de orquesta y docente. En su labor investigativa, Lovato va al encuentro con la ancestralidad, reconoce en ella nuestras raíces musicales y las pondera con mirada vanguardista y creativa, alcanzando renovadas texturas musicales. Gestor de polifonías, lo barroco no le es ajeno con tonos vanguardistas que hacen de lo suyo una constante innovación musical.
El pentagrama del recital que ofreció el Dúo Lovato-Lezcano, incluyó temas de Astor Piazzolla, José Luis Merlín, Gerardo Guevara, Gustavo Lovato y José Manuel Lezcano.
De Piazzolla, la interpretación de dos movimientos de la suite para flauta y guitarra, La Historia del Tango, una obra segmentada en cuatro partes. Bordel, el primer movimiento que trata de lo que pudo haber sido un burdel arrabalero bonaerense en 1900, popular y urbano; y Café 1930, el segundo movimiento, una sensual evocación cargada de nostalgia. No en vano, Borges dice que la música argentina nace en los arrabales, en los bajos fondos porteños del barrio La Boca.
En la genialidad de Piazzolla, reconocemos como una improvisación escrita. Lo que hay en común es que el Tango, como el Son cubano, tiene raíces en la africanía, en el Candombe. El compositor argentino logra sintetizar en una obra lo que él llama La historia del Tango, de principio a fin del siglo XX.
Del coterráneo José Luis Merlin, Lovato y Lezcano interpretaron Suite del Recuerdo, una nostálgica Evocación dedicada a la Madres de la Plaza de Mayo en ritmos de Samba, Chacarera, Carnavalito y Joropo.

Y no faltaron los estrenos de Gustavo Lovato, Canto Mayor y Yaku Mama (2025); y de José Manuel Lezcano, En un Jardín Japonés (2022), First Light (2022), Suite Cayo Hueso (2022), Seven-Mile Bridge, Bolero del Atardecer y Duval Street Stomp.
El broche de oro lo constituyó la interpretación del pasillo El Espantapájaros, de Gerardo Guevara, el polifacético músico ecuatoriano recientemente desaparecido. Una obra escrita originalmente para danza, exquisitamente ejecutada por Lovato y Lezcano.

La musicalidad latinoamericana comporta una riqueza enorme. En una cartografía del pentagrama regional de nuestra América morena, hay una vena que se expande por todas partes. La Chacarera y la Samba argentina y el joropo venezolano están en 6/8, el Albazo de Ecuador igual, en México su música está en 6/8, una matriz común que nos une.

El Fandango que nació en nuestra región y se proyectó universalmente, la Habanera cubana también es parte nuestra en diversas variantes, el Son y el Danzón, son aquellos ritmos que conjugamos y con los cuales nos identificamos en polifonías históricamente registradas en primer plano.



