Cuando las corrientes de opinión marcan una clara intención de voto que ubican a Luisa González y a Daniel Noboa como los dos candidatos más opcionados a terciar en una segunda vuelta electoral, y un 60% de los encuestados manifiestan indecisión frente a su preferencia electoral, el análisis se debe centrar en qué tanto el debate presidencial hizo variar estas tendencias.
Habría que decir que el debate fue escuchado por dos públicos que representan la conducta del electorado, aquellos que expresan un voto duro por un candidato de su preferencia, y los que no cuentan con información suficiente para decidir. Esto, por tanto, determina a dos tipos de debatientes, unos debidamente posicionados en la memoria ciudadana y otros ilustres desconocidos, situación congruente con las tendencias actuales: González y Noboa están en el grupo de los reconocidos, mientras que el resto de 14 candidatos purga por un puesto notable en la recordación del elector.
En el conjunto de los candidatos debatientes, dos factores debieron contribuir a mejorar su imagen y conocimiento público: la certidumbre de sus propuestas de campaña y su actitud en la forma de exponerlas y debatir con sus contrincantes. El debate en su formato no contribuyó a esta exigencia comunicacional, puesto que el escaso tiempo de exposición no colaboró a la serenidad de los exponentes, obligándolos a discursos de tono atropellado con frases clisés y eslóganes de campaña ya manidos.
Se esperaba que, según la lógica política, Noboa y González fueran los más interpelados por un conglomerado de debatientes esforzados por lograr notoriedad, pero cada cual obtuvo lo suyo por separado.
Daniel Noboa, que comenzó su intervención con un tono pausado tratando de contrastar con el estresante tono de sus contrincantes, se fue descomponiendo a medida que recibía las criticas por acciones de su gobierno como los apagones y la falta de respuesta a la crisis energética, carencia de empleo, inseguridad social, el crimen de Estado a cuatro menores en Guayaquil, la aplicación de nuevos impuestos, el incumplimiento de promesas, etc. En la primera franja los candidatos no lograron poner contra la pared al presidente-candidato, como se pensó podía ocurrir y éste salió indemne. En esos términos, Noboa no fue golpeado tanto por sus contrincantes, sino por sus propias gestiones en la presidencia. Faltó cuestionarlo con elementos concretos teniendo la oportunidad de interpelarlo ahí en el mismo espacio. Noboa no perdió ni ganó, según los observadores.
A Luisa González se la vio deslucida y temerosa, indecisa entre adoptar un tono proselitista y otro coloquial, lo que le hizo perder espontaneidad. Planteó bien ciertas promesas de campaña, pero distraía su tiempo de intervención en la forma perifrástica de exponer sus ideas. González enfrentó acusaciones referidas al gobierno de Rafael Correa que son ya conocidas, como el tema corrupción, vínculos con sectores ilegales, entre otras situaciones que fueron manejadas con serenidad por la interpelada.
Rabascall, quien expuso temas interesantes, se mostró informado, analítico, por tanto, convincente, haciendo buen uso de su experiencia como comunicador.
El primer bloque difirió del segundo por tener temas más centrados en la apertura de mercado con un enfoque más de derecha o neoliberal en el manejo del Estado. En esta línea destacó Cucalón, Kronfle y Tillería. Henry Kronfle no heredó los atributos de polemista de sus antecesores socialcristianos, León y Nebot.
Andrea González, hizo esfuerzos por destacar cuestionando a Luisa González por acciones del gobierno de la Revolución Ciudadana, y en opinión de los analistas lo consiguió. Luis Felipe Tillería y Juan Iván Cueva, transcendieron un poco más que los otros candidatos por ciertas frases que resultaron virales. Jimmy Jairala, se mostró acartonado, formal, poco coloquial, por tanto. menos convincente. Pedro Granja hizo gala de su anticorreísmo desde la izquierda socialista, con ataques a Luisa González que no tuvieron mayor efecto. Jorge Escala de la Unidad Popular, mostró aplomo y atinado manejo de argumentos contra el actual gobierno.
En definitiva, el efecto de un debate trivial, demasiado extenso y sin sorpresas, no se espera que cambie las actuales tendencias. Esa posibilidad se va a diluir a tres semanas de las elecciones, y las variantes que experimente la intención de voto podrían responder a otros factores que definan el resultado.



