A Pedro Restrepo y Luz Elena Arismendi
Trate de zafarme, alcance a golpear con mi rodilla la pierna de uno de ellos. Sentí un golpe en la cabeza…
Es la personificación en primera persona del protagonista del cuento de Modesto Ponce, Los hombres sin rostro, que recrea la espesa vida de los protagonistas de un drama familiar del que este 8 de enero se cumplen 36 años.
Es la voz del joven Santiago Restrepo Arismendi de tan solo 17 años, que se hace cuerpo presente desde la eternidad. Su hermano Andrés, de 14 años, desde el silencio solloza en brazos de su hermano mayor recuperándose de los golpes, luego de ser devuelto agónico a la celda policial.
Es el 8 de enero de 1988, Santiago y Andrés Restrepo Arismendi permanecen en los calabozos del SIC 10, dependencia policial en Quito, habilitada para la detención y tortura de los disidentes del régimen de León Febres Cordero. Santiago y Andrés han sido detenidos horas antes en un operativo policial de tránsito y al encontrarse sin documentos de conducir el vehículo en que viajaban hacia la casa de un amigo en Quito, fueron detenidos por la policía sin mediar otra razón. En el calabozo policial se enfrentan a la muerte en manos de los efectivos de la Policía Nacional.
Oí los mismos pasos, papá, cuando se llevaron a Andrés… Y no sucedió nada hasta la madrugada. No sucedió nada en todo el día. Era un día gris, papá, pero eran lentos, y yo sentía que llovía mucho y la sombra de un extraño silencio, el presentimiento de un silencio cómplice…
El silencio de la noche que se impone, no obstante, impide escuchar sus voces.
Los vecinos, desde esos dias, desde esa noche, sueñan en lamentos de niños que nadie escucha, sueñan con seres sin cara que viven ocultos en las quebradas, bajo las calles de la ciudad…
La hora fatal en esa ciudad se cumple inexorable. Se lo llevan forzado, condenado a un final inevitable.
Trate de zafarme, alcance a golpear con mi rodilla la pierna de uno de ellos. Sentí un golpe en la cabeza…Dos hombres seguían sosteniéndome de los brazos. Estaba en los sótanos, entre los muros levantados bajo tierra para ahogar los temblores, los terrores y los gritos. Los muros –lo comprendí de inmediato, papá- olían a muerte…Al sentir que algo se me iba de la cabeza, me pareció que el eco de un trueno que salió de mis oídos se alejaba. No llegaste a tiempo, papá, te falto tiempo…
Sin tiempo para el padre, sin tiempo para que un país asimile en una época de terror bajo un régimen policiaco, lo sucedido aquel 8 de enero de 1988.
Un padre que no buscó la muerte emprende el viaje eterno, acaso en otra dimensión los hallará indemnes como si no hubiesen sido maltratados hasta la muerte en la propia tierra que los vio nacer. La madre de los niños, Luz Elena Arismendi, fallecida tiempo antes en un accidente de tránsito, acaso se vuelva a reencontrar con Pedro que dejó esta vida para reunirse en algún lugar en familia. La posibilidad de reencuentro con sus hijos se convierte en una esperanza. Pedro estrecha la mano de su hija María Fernanda y sonríe, con un rictus de serenidad en el rostro que lo acompaña a la hora de partir.
En el silencio, que antecede al deceso, el eco de la voz filial revela la verdad de un crimen de Estado frente al que todo un país aún reclama justicia.
A la madrugada, con Andrés, levemente desciendo mientras veo que el reflejo del sol, retenido en la superficie del agua, se aleja. Húmedos y cubiertos de algas nos tomamos de las manos y entramos en la oscuridad de una laguna…
Desde aquel instante, Pedro con el corazón en Yambo, denuncia, acusa, exige justicia, y un coro fúnebre de voces en el silencio repite, incesante: ¿Dónde están? Un padre acude al llamado del amor por su descendencia, sin odio ni venganza contra sus asesinos, buscó la justicia y consagró su vida a esa causa impostergable. Por nuestros niños hasta la vida, hasta la muerte.
Pedro, nos lo dice su hija María Fernanda, “murió alegre, con una sonrisa en lo mejor de su ánimo, dentro de todo su dolor (…) y hasta el final luchó, no paró un instante por sus hijos, porque él decía: el día que no haga algo por mis hijos, no puedo dormir”.
Pedro ahora está más cerca de su hijo Santiago, que lo recibe junto a su hermano Andrés, en un espacio infinito de eternidad.
Después pienso en un lapso no vivido y ni siquiera soñado, un espacio en el cual el tiempo y la eternidad se mezclaron. ¿Me explicarás algún día, papá?
https://www.youtube.com/watch?v=f9Q-j4TiJZE
https://www.youtube.com/watch?v=mskRb-KVcEU



